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miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Los desquites de Elías

Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.

Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.  

El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".

Lo bajaron del taxi.

Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita.  Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.

Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".

La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el de vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.

Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”

Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".

Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.

Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?

Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.

"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".

Uno no puede perder todas en la vida.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Crónica de un encuestador fracasado (1980)


Por cuenta de una feria de arte en las calles bogotanas, el autor de las Amilcaradas fue interceptado por dos jóvenes, estudiantes, él y ella, quienes le hicieron par preguntas acerca del tema. Luego de responder alguna barbaridad,  el sujeto evocó la poco exitosa experiencia que tuvo en su lejana juventud cuando le asignaron un ejercicio similar con fines académicos. Abajo, la crónica escrita en su momento.

Esto de ser estudiante de periodismo es algo de locos. Nos metemos a una carrera que no es rentable, donde nos presionan constantemente y fuera de eso nos toca salir a hacer el ridículo. Pero vamos por partes. Mi profesora de redacción es una mujer muy simpática a la que le fascina ponerlo a sufrir a uno. Por ejemplo, cuando le dio por enviarnos a hacer una encuesta. El día era maravilloso. El Sol brillaba y los buses pitaban (en Bogotá los pájaros no cantan). 

Acabábamos de llegar cuando mi maestra (con una curiosa sonrisa) nos ordenó dividirnos por equipos “Busquen un tema de actualidad, preparen una encuesta y aplíquensela a 20 personas”. Deseosos de lograr la máxima originalidad posible escogimos el tema de las elecciones. Hasta ese momento todo iba bien. Lo único fue que (tal vez por telepatía) todos los demás tuvieron la misma idea. Íbamos a poner una demanda por plagio cuando descubrimos el pequeño detalle: cinco grupos habían tenido la idea antes que nosotros. 

Frente a los hechos, nos quedaban dos posibilidades: cambiar el tema o buscar un enfoque original. La cara de apúrenle o se rajan de mi profesora nos hizo optar por la segunda. De manera que pensamos “bueno, no les preguntemos por quién sino por qué”. Mi maestra se nos acercó, escuchó, (siempre con esa sonrisa) y nos dijo “muy bien, público femenino, 20 por cabeza”. En ese momento yo me sentía digno de reemplazar al jefe del DANE. Salí y con tono grandilocuente y casi que despectivo le dije a mis compañeros: “Bueno, de aquí en adelante cada uno verá cómo se defiende”.

El primer sitio adonde entré fue a una agencia de servicio doméstico (*). Cuando asomé vi un grupo de mujeres sentadas con cara de yo no contesto encuestas, pero aun así opté por la más cercana. Era una señora de muchos años y no pocos kilos la cual reaccionó con sorpresa cuando hice la consabida introducción:

“Soy estudiante etc, etc, etc.., ¿podría contestarme unas preguntas?” “Yo no me meto en eso”, respondió, y me miró de tal manera que consideré prudente retirarme. Como la originalidad siempre ha sido mi obsesión, traté de meterme por calles donde no hubiera más encuestadores. Calles donde, por cierto, tampoco había gente. Opté por entrar a los almacenes y en el primero una niña muy simpática manifestó tanto su disposición como su imposibilidad de atenderme.

Al fin abordé a dos señoras, las cuales escucharon y respondieron muy bien. Animado por estos nuevos ánimos me sentí futuro ganador de premios de periodismo y me dirigí sonriente hacia una dama de pelo rubio. Ni siquiera pude saludarla, porque salió corriendo al verme.

Deduje que debía alejarme de ese lugar, ya que al parecer había exceso de encuestadores y encaminé mis pasos hacia otra calle. Encontré dos tipos de mujeres: quienes no tenían tiempo y quienes me vieron cara de hampón. Comencé a pensar seriamente en estudiar agronomía cuando vi venir par damas de aspecto muy educado. Y era verdad. Muy educadamente respondieron que estaban de afán. En ese momento mi cara asemejaba la de un esqueleto con dientes, debido a su gran alegría. Entonces decidí declararme derrotado y volver (con 3 encuestas) a enfrentar la triste realidad.

Yo pensaba que mis compañeros estaban en las mismas, pero pronto noté que por lo menos en eso iba a ser original. Cuando después de pensarlo 247 veces entre al salón y narré mi experiencia vi una conocida sonrisa retratada en la cara de mi maestra y, por primera vez, la entendí.

Traductor intergeneracional

(*)  En aquellos tiempos, las agencias de empleo especializadas en servicio doméstico funcionaban en vivo y en directo. Las aspirantes llegaban  a una casa u oficina y se sentaban a esperar. Las amas de casa y futuras patronas también iban al mismo sitio, escogían de acuerdo con sus intereses particulares, supongo que pagaban alguna tarifa y salían con la nueva empleada para la casa.


miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Sueños de Gordito


Nota de la Redacción. Retomo un texto escrito en 1996. Tiempos donde los celulares solo servían para hablar por teléfono (o de repente ni siquiera existían, no me acuerdo), las cámaras fotográficas eran artefactos completamente autónomos, manipular una foto era posible, pero muy complicado y Maradona era ya una leyenda del fútbol, aunque algunos de sus logros con el balón estuvieron acompañados de un ligero sobrepeso. 

El Gordito es divertido, y hasta simpático. Pero eso no le quita lo Gordito. Por eso siempre hay un límite entre él y los triunfadores. Él se puede vestir igual, hablar igual, actuar igual. No importa. Su karma es ser el Gordito. El casi, pero no. Y eso, a él le duele.

Él tiene nombre aunque eso solo le interese a la Registraduría y a la Administración de Impuestos. Ni siquiera a su esposa, quien prácticamente solo lo llamó Eduardo el día en que se conocieron. De resto, su comunicación siempre giró alrededor de la palabra Gordito con múltiples variaciones. (Gordis, mi Gordo, Dogor, Gordon).

Al Gordito lo invitan a las fiestas, pero si no va, nadie se entera. Al Gordito las chicas siempre le han dicho que no cuando están cansadas, cuando no quieren bailar, o cuando aspiran a algo mejor. Y no sienten remordimiento. Al Gordito le dan la palabra en las reuniones de trabajo, pero aunque todos le oyen, pocos, o ninguno, lo escuchan. Y eso,  a él le duele.

En casa, la Chiqui saluda de beso a su papá. y se ríe cuando le hace cosquillas. Pero si tiene problemas con las tareas, le pregunta a mamá. Y si tiene problemas con la vida, le pregunta a las amigas.

El Gordito vive así su vida. Pero todas las noches, cuando su esposa y la Chiqui ya se durmieron, abre su álbum personal y mira esa foto que simboliza lo más importante que ha hecho en toda su vida.

Fue alguna vez que la Selección Argentina vino a Colombia, y él trabajaba como botones en el hotel donde esta se alojó. También fue una absoluta coincidencia, que justo a él le haya tocado llevarle las maletas a Maradona y que llegando a la habitación se hayan encontrado con un fotógrafo, colado al décimo piso, pese a las estrictas medidas de seguridad.

Pero el tipo alcanzó a disparar su cámara varias veces antes de que lo sacaran a patadas, y en una de esas quedaron, en la misma placa, el Gordito y Maradona.

Cuando él averiguó quien era el fotógrafo fue a pedirle una copia. Viéndola se imaginó, como lo hacía todas las noches, el siguiente cuadro.

Hay un montón de periodistas y gente importante observando las fotos. Están decidiendo que harán con ellas.  Las miran detalladamente preguntando con insistencia.

—¿Y que hacemos para quitar al gordito?

— ¿Pero quién es el gordito?

— Buena foto compañero, lástima el gordito.

Una especie de jefe, que aún no ha visto las fotos, no se aguanta la curiosidad y  pregunta.

— ¿De cuál gordito están hablando?

Todos se quedan en silencio y él fotógrafo responde.

— De ese que está al lado de Eduardo.

miércoles, 16 de octubre de 2024

No se identifique, por favor

Estas cosas ya no pasan pero hubo un cuando durante el cual eran rutinarias. Grupos de soldados recorrían las calles solicitando al personal masculino su libreta militar. Los que poseían el documento seguían su camino, los que no lo tenían sí tenían… un problema. Eran transportados en camión al cuartel. Allí, si cumplían requisitos de edad, salud y carencia de obligaciones familiares, serían alojados, alimentados, vestidos y entrenados durante 12, 18 o 24 meses. Todo por cortesía de las Fuerzas Militares.

Cuando el Ciclonauta cogió cara y cuerpo de potencial soldado, se volvió blanco permanente en esas “batidas”. Tuvo uno que otro problema pero finalmente salía indemne a punta de carnet estudiantil y tarjeta de identidad. Por eso se afanó en solucionar su situación militar al llegar a la edad reglamentaria. 

Acababa de recibir la libreta el día en que se encontró con otro operativo. Procedió a sacar la billetera, dispuesto a mostrar el documento que… había dejado en casa. No valieron argumentos ni ruegos.  La cara de remiso (así llaman a los evasores del servicio militar) pudo más. “Disfrutó” de la hospitalidad de las Fuerzas Militares hasta que logró llamar. Muchas horas después una comisión familiar, libreta en mano, lo rescató. 

De ahí en adelante el Ciclonauta anda siempre debidamente apertrechado con cualquier papel susceptible de ser solicitado por autoridad competente. Cédula, libreta, carnet de vacunación, identificación laboral, tarjeta de biblioteca, pase, lo que sea que le pidan está a la mano. De hecho, la situación evolucionó de precaución a exhibición. El tipo no solo muestra los papeles. Se enorgullece de hacerlo.

A medida que perdió la cara de remiso pero fue cogiendo la de viejo, los requerimientos callejeros de libreta militar desaparecieron. Muchos años después cierto alcalde se inventó un registro para las bicicletas, con la advertencia de que, en cualquier momento, las autoridades podrían solicitarlo. Como nuestro protagonista pedalea a diario por las vías citadinas, hizo el trámite en línea. Imprimió una copia que dobló e introdujo cuidadosamente en su billetera, debidamente protegida en funda de plástico. Solo faltaba el requerimiento de alguna autoridad para demostrar su cumplimiento, legalidad y civismo.

Pasó un año largo... y de aquello nada.  Por ahí supo de una campaña pedagógica para concientizar a los biciusuarios de la necesidad del registro. Se demoró unos días pero finalmente, mientras pedaleaba, se encontró con una combinación de uniformados deteniendo ciclistas y explicándoles algo. Algo cuyo detalle nunca conoció, porque si bien desaceleró, nadie le hizo caso. Vivió la situación un par de veces más hasta que optó por no variar la velocidad a menos que le hicieran alguna señal, señal que todavía está esperando. 

Transcurrían los meses y el registro seguía inamovible en su funda de plástico. De los operativos pedagógicos se pasó a otros, a cargo de la Policía Nacional.  No solo paraban a los pedalistas, sino que verificaban el número de serie del marco y lo cruzaban con alguna base de datos. El Ciclonauta ignora si la estrategia permitió recuperar algún vehículo robado. Tampoco sabe si ha servido para promover más documentos. Lo único que puede decir de las actividades de registro y control es que en todas las que se ha encontrado durante su diario rodar por calles, carreras y ciclorrutas, ha sido olímpicamente ignorado.

El tipo, de verdad, quiere chicanear con su registro pero es invisible ante los ojos de la autoridad. Lo ha intentado todo. Desacelerar, parar, hacerle alguna pregunta al agente de turno, poner cara de sospechoso, bajarse de la bicicleta, fingir algún ajuste mecánico pero nada. Ni su vehículo ni su aspecto generan interés. Su mayor logro es un “por favor circule señor” de algún agente que ni siquiera lo miró a la cara.

El desaire oficial ha llegado a tal punto que el Ciclonauta añora otros tiempos, cuando tenía cara de remiso.

miércoles, 31 de julio de 2024

Que ese papel quede en verde

La líder del grupo del ala norte rendía cuentas mediante una plantilla en línea con un montón de variables. Se aplicaba un complejo algoritmo para, finalmente, reflejar en puntaje el índice de desempeño por indicadores, tipo semáforo (rojo, verde, amarillo) que se revisaba en el comité directivo mensual.

Al ala norte no le iba mal. Los resultados cumplían las expectativas. Lo poco satisfactorio era que comparada con ala sur, ala centro, grupo de apoyo y externos siempre ocupaba un incómodo tercer o cuarto lugar de los cinco posibles. Incluso aquella vez que quedó de segunda, no pudo lograr su principal objetivo. Ganarle, aunque fuera una vez, al gomelo prepotente que lideraba el ala sur.

Sin hablar, el sujeto ponía esa insoportable (especialmente para la líder del ala norte) cara de superioridad. Ella había alcanzado su posición tras años de trabajo y sacrificios. En cambio ese tipo, recién llegado a la empresa, se saltó la fila a punta de hoja de vida con sobredosis de maestrías y doctorado en ciernes. 

Durante aquel comité. en particular, la diferencia tomó cara de goleada, pues el grupo del estudioso quedó de primero y el de la trabajadora de cuarto. Nuestra líder retornó a la oficina con cara de aburrida y convocó a su equipo. La pregunta era solo una. ¿Cómo mejoramos nuestros indicadores de desempeño?

La idea vino de ese oficinista conocido por proactivo y un poco por lambón. El formulario incluía variables relacionadas directamente con el objetivo de la empresa. En eso les iba bien. Pero también había apartes de responsabilidad social, seguridad industrial y gestión ambiental susceptibles de mejorar. Por ejemplo, el ahorro de papel. La organización había entrado en la onda de cuidar el planeta y monitoreaba el uso de las impresoras. Los resultados en ese punto para el ala norte eran de regular para abajo.

Hay que decir que entre las funciones del ala norte estaba la entrega de soportes físicos a clientes y proveedores, el etiquetado físico de ciertos pedidos, la administración del archivo físico y otras asignaciones que hacían físicamente imposible conjugar el verbo ahorrar en subproductos de la celulosa.

Pero la líder se emocionó con el tema e instruyó a su equipo para, a partir de ese día, reducir el uso de las impresoras. Incluso disminuyó los pedidos de papel. Y cuando los subalternos hicieron reclamos  plenamente argumentados los instó, de manera firme pero educada, a buscar soluciones creativas.

Y sí, el consumo bajó, lo cual incidió en los indicadores. Un seguimiento detallado mostró una razonable posibilidad de superar al ala sur. Y de carambola se le hizo un pequeño favor al planeta, que, se supone,  iba a reflejarse en la supervivencia de árboles ubicados en tierras lejanas o cercanas. Pero días antes del cierre la líder del ala norte fue asignada para dirigir la capacitación de una nueva y lejana sucursal, a la que había que llevar gran cantidad de material didáctico… impreso. Todo el esfuerzo parecía destinado a fracasar así que reunió de nuevo a su gente en busca de opciones.

Ahí fue cuando se enteró de que una parte de las impresiones se estaba haciendo en lugares diferentes de la misma empresa, otras dependían de un proveedor externo que cobraba por servicios generales sin especificar, un grupo se financiaba con gastos varios de caja menor en la papelería de la esquina e incluso —aunque muy excepcionalmente— hubo quienes imprimieron en sus propias casas algunos documentos clave.

Ese era el “ahorro” de papel y el “aporte” para el planeta.

Eso sí, el indicador estaba en verde. 

miércoles, 10 de julio de 2024

¿Estrenando?


Los 16 años de Paolita coincidieron con su grado de bachiller. Ella y su parentela despidieron con bombos y platillos el último año de colegio (preprom, prom, excursión, grado, fiesta en el club, etc.). El futuro se veía brillante para la pequeña de puntaje sobresaliente en los exámenes de Estado y cupo asegurado en cualquiera de las tres universidades adonde se había presentado.

Fue entonces cuando el padre le reveló una desagradable realidad. La familia no era inmune a la situación económica del país. Los malos resultados de los negocios habían reducido considerablemente la liquidez, capacidad de endeudamiento y patrimonio del clan. A duras penas habían logrado financiar el grado y sus gastos adicionales, porque en su círculo social era importante eso de guardar mínimas apariencias. Traducción: plata sí tenían, pero en lo justo para solventar lo básico. 

Paolita se tomó la situación con sorprendente calma y madurez. Accedió a ingresar a la universidad oficial, donde la matrícula era lo de menos. Aun así en el hogar se aplicó un ajuste presupuestal, que hubiera envidiado el Fondo Monetario, con el fin de disponer de los fondos necesarios para otros costos derivados del proceso educativo.

Pero la naturaleza se coló mediante una jugada inesperada. Paolita era una chica pequeña y simpática. Entre noviembre, diciembre y enero, la tiroides decidió justificar su existencia y la niña sufrió lo que los médicos describen como crecimiento rápido y las abuelas llamaban “el estirón”. El resultado no le quitó simpatía, pero agregó una inusual cantidad de centímetros en la anatomía. Paolita, en tiempo récord, cogió pinta de Paola. 

El problema fue que la ropa no creció al mismo ritmo de la joven y que el presupuesto familiar no estaba preparado para renovarle el clóset a nadie. Solo había una alternativa. Heredar.

De nada sirvieron llantos, pataletas, encierros, portazos, huelgas de hambre a la hora de la cena y mala cara permanente. El usado guardarropa de sus hermanas mayores (ay), su mamá (huuy) y sus tías (horror), se convirtió en la dotación de emergencia, por lo menos para el primer semestre. 

Entre todas las prendas que conformaron la herencia destacaban cuatro atemporales e indescriptibles blusas blancas, bordadas con flores, que aullaban en la distancia. Paolita odió desde el primer momento a esos pedazos de tela, e inteligentemente se libró de ellas, vendiéndolas en un local de ropa usada entre la casa de sus tías y su propia residencia. Lo que le dieron apenas alcanzó para escala técnica en la panadería: un café y su respectiva dosis de carbohidratos. 

A punta de creatividad, logró armar un ropero aceptable. Y seleccionando lo menos anacrónico, lo menos dañado, y sobre todo, lo menos usado, se preparó para el primer día de clase.

Enfundada en zapatos de hermana, blu yin de otra hermana, buzo de mamá y chaqueta de tía; Paolita llegó a la universidad en busca de nuevas amigas.

Desde ese día, no volvió a quejarse.

Sobre todo cuando reconoció, en cuatro de sus compañeras, sendas blusas blancas bordadas en flores.

miércoles, 14 de junio de 2023

Sabiduría en pausa

 


Al fin llegó el momento de la pausa laboral, de disfrutar la más que justificada jubilación y, sobre todo, de socializar las experiencias y conocimientos acumulados a lo largo de la vida. El señor Salgado está listo y dispuesto a compartir su sabiduría con aquellos interesados en escucharlo.

El problema es que, de momento (y el momento ya se cuenta en años) nadie parece interesado.

Y no es por falta de oportunidades. Se entiende mejor con ejemplos. Cuando la hija del primo cercano tuvo la crisis del vestido de los 15 –ella quería un diseño moderno, sus padres el clásico– Salgado simplemente esperó la llamada. Él estaba listo para ejercer en plan conciliador, justo en ese punto medio entre la tradición y la vanguardia.

La fiesta de 15 fue el año pasado y no lo han llamado todavía.

Tipo práctico y con mucho tiempo libre, el hombre entendió la necesidad de evidenciar más su disposición orientadora. Al conocer las intenciones de adquirir vivienda de otro pariente, se le ocurrió que una visita oportuna le permitiría compartir su experiencia en el mercado inmobiliario.  La visita fue oportuna, pero por otra razón. Llegó justo cuando tocaba sacar al perro y todos estaban ocupados. ¿Resultado? Salgado tiene otra experiencia para compartir: recomendaciones prácticas para impedir que un gran danés arrastre por el piso a un paseador improvisado.

Los familiares compraron su casa sin conocer la altamente informada opinión de Salgado, a quien, por cierto, también descartaron por incompetente a la hora de solicitar servicios de paseador de perros. 

Este y otros fracasos indujeron al desperdiciado consejero a incrementar la agresividad de sus técnicas. Enterado de un problema que involucra movilidad, menciona –en voz alta– su experiencia en desplazamientos y medios de transporte; recomienda, cuando puede, restaurantes, espectáculos y centros recreativos; introduce –a las patadas– anécdotas en la conversación relativas a los problemas de las nuevas generaciones, cuando las nuevas generaciones, justo en ese momento, hablan con él.

La nueva estrategia generó un interesante proceso de aprendizaje. El potencial consejero ha aprendido varias cosas: cualquier sistema de GPS es considerado mejor –mejor que Salgado– guía para efectos de ir de un lugar a otro; los lugares recomendados por él se dividen en dos: a los que todo el mundo ya fue, y a los que nadie está interesado en ir; y las nuevas generaciones son muy buenas ignorando anécdotas de viejas generaciones.

Curiosamente, la oportunidad llegó del punto más inesperado. La sobrina de la familia perfecta, sin ningún problema económico, con envidiable éxito profesional y un equilibrio impecable entre vida personal y laboral se le acercó un día. En tono confidencial vino la pregunta que llevaba años esperando: “¿Tío, será que le puedo consultar una cosa?”

Haciendo esfuerzos heroicos por parecer indiferente pero receptivo, Salgado alistó todo su arsenal de sabiduría al responder. “¡Claro que sí, cuénteme!”

“Hay una tía de mi marido que es pensionada como usted. La queremos mucho pero…”

Y antes de que Salgado disparara el primer consejo, vino la ráfaga de realidad.

“…creemos que le falta distraerse. Será que usted la puede llevar a algún lado. Yo pago”.

martes, 12 de septiembre de 2017

El insulto perfecto

Es un hecho. Esa era la palabra. Esa es "la" palabra.

Se trata del sonido. Suena exactamente a “eso”.

Quien la escucha siente claramente la intención ofensiva de parte de la persona que la pronuncia, así el asunto no sea con él (el oyente).

Alguien, en alguna parte, tiene el mérito y los derechos de autor.

La idea tal vez no es original. Utilizar el nombre de una enfermedad para insultar.

Hay variantes clásicas. “ese tipo es un cáncer", por ejemplo.

Pero seamos honestos, cáncer es una ofensa elitista. Y hasta filosófica. Demanda una breve reflexión antes de sentirse injuriado.

Otras dolencias, más allá de su gravedad, definitivamente no tienen la sonoridad para clasificar como insulto.

O que tal interpelar a alguien con “usted es mucha hepatitis”.

O “usted es mucha fractura”.

O “grandísimo diabetes no se meta conmigo”.

Tampoco funciona en automático con las ETS (enfermedades de transmisión sexual).

“Venga y me lo dice en la cara, sífilis”… no convence.

Incluso la más temible de todas requiere contexto. Si a alguien le gritan ¡Sida! ¿Se sentirá injuriado? Talvez si le dicen “Acaba más que un sida”, o “es más dañino que el sida”.

Y ni hablar de la denominación científica y políticamente correcta de VIH. Imaginemos esto “¡No sea tan VIH!”.

En cambio, el nombre de esa enfermedad en particular es perfecto para efectos ofensivos.

Es más, combina con otros términos tradicionalmente utilizados con ese fin, incluyendo aquel aclamado universalmente como “la grande”.

Nos referimos, como no, a aquella cuya sigla corresponde en el mundo de la física a la potencia medida en caballos de fuerza.

Al unirla con la palabra que nos convoca, el resultado es casi musical. Tal vez musical al estilo de un rock pesado y discordante, pero musical, al fin y al cabo. 

No tengo idea de qué se necesita para ser Académico de la Lengua. Pero si es por aportes al lenguaje, postulo al que tuvo la idea.

O mejor, al que lo hizo por primera vez, porque existe una razonable posibilidad de que no haya sido un proceso, sino el resultado de un momento de efervescencia y calor.

Especulo que en un ambiente agresivo, movido por la rabia del momento, nuestro académico por méritos simplemente lo hizo.

Convirtió en insulto la que hasta ese día era solo una enfermedad contagiosa de origen bacteriano, que se transmite por vía sexual y se caracteriza por un flujo purulento de la vagina o de la uretra.

El insulto perfecto, sonoro, ofensivo, poderoso.

Esa era la palabra. Esa es la palabra.

O quien no se va a sentir injuriado cuando le dicen “gonorrea”.

martes, 18 de abril de 2017

Rotos estrato 6

Como no tengo idea de cuánto vale un yin, hice lo que todos hacen cuando no tienen idea de algo y quieren posar de conocedores. Sí, busqué en la Internet. No mucho, alcancé a ver que hay unos que valen más de 300 mil pesos y otros que valen 45.

Le dejo a los expertos en mercadeo la profunda reflexión acerca de las diferencias de precios entre lo que a simple vista se ve como un pantalón azul en ambos casos. Claro que sí hay una diferencia y es que en algunos casos está roto. Deshilachado, con huecos, con tiras que le cuelgan, costuras que se ven, evidentes señales de uso.

Como es de esperarse y completamente lógico, el yin roto es de los más… caros. Y ese aspecto viejo, ajado y harapiento que dan los años viene de un proceso industrial cuyo resultado es un viejo recién envejecido. Vaya usted a saber cuál es la lógica de esto.

La última novedad es un pantalón que sí parece sacado del guardarropa de un reciclador que lo heredó de otro reciclador, con todo el respeto que me merecen quienes se dedican a esta noble profesión.

Aclaro que la referencia se debe a que el contacto constante con desperdicios genera un acelerado daño en las prendas de vestir. Es decir que se ven feos, desteñidos, rotos, gaminosos,

Referencia histórica. Gamín hoy en día evoca un tipo guache, malhablado y grosero. Hace unos años evocaba niños que además de las condiciones anteriores, vivían en la calle y se vestían con lo que podían, es decir harapos sucios, es decir pantalones como los que le dieron material a esta nota. Y tampoco eran de su talla. Porque me faltaba un requisito adicional de los gaminosos de última generación: que le queden grandes al usuario o usuaria de turno.

Ya suena bastante irracional que vendan prendas de vestir en esas condiciones, y suena mucho más irracional que haya gente que los compre. Y cuando uno cree que la estupidez humana llegó a su punto más alto entonces empieza a encontrar en la misma Internet instructivos (sí, en plural), escritos, con fotos paso a paso y en videos, sobre “cómo hacer tus propios bluyines rotos”.

Seré bruto, pero no entiendo cuál es el misterio de romper un bluyín, Cuando yo era niño rompí un montón, –y agréguele sacos, camisas, calzoncillos, camisetas y corbatas– sin ver ningún video o de conocer los 10 (sí, 10) pasos que anuncian en otro lado para obtener los pantalones de marras, que por cierto tienen un poco de nombres rebuscados los cuales, por respeto al idioma y pereza me abstengo de citar.

Algo no cuadra en un mundo donde es mucho lo elegante y lo fino deshilachar un pedazo de tela para mostrar pedazos de pierna –incluyendo versiones peludas, generalmente de caballeros– mientras que en determinados lugares o ambientes miran feo al que lleva un remiendo –ese sí legítimo tapahueco– o no lo dejan entrar basados exclusivamente en su forma de vestir.

Porque hemos llegado al extremo de estratificar los rotos. De ponerle clase social a los hilos deshilachados De volver fashion y trendy (palabras raras que creo significan moda) lo que hacen quienes no tienen opción. Pero sin meterle equidad al asunto. Quiero ver la discoteca, restaurante, gimnasio o bar de moda donde le den el mismo tratamiento a los pantalones rotos de una modelo y a los de un mendigo.

En alguna parte leí que hay dos cosas sin límíte, el Universo y la estupidez humana. Historias como esta de los yines me generan una duda ¿Será que el Universo tiene límites?

martes, 4 de abril de 2017

Recuerdos de los tiempos bárbaros

Por ahí he visto un comercial muy simpático, donde muestran la evolución del hombre, así, en masculino. Tres fases de cazadores y guerreros, la cuarta de un millenial… tomándose una selfie. Para no hacer publicidad gratis no doy detalles, aunque dejó el enlace.

El tema viene a la costumbre, en quienes superamos cierta edad, de evocar un pasado salvaje. No se trata de la prehistoria, la Edad Media o los tiempos del ruido. Son nuestros inicios profesionales.

Aunque supongo que existe un discurso equivalente para todos los oficios, me voy por uno que conozco: el magisterio. Entonces pongo cara de circunstancia y hablo de cuando “que marcadores ni que ocho cuartos, eso era con tiza de colores y tablero verde, tragando polvo y sacudiendo borradores”.

A medida que la conversación avanza a uno se le alborota la testosterona. “¡Cuál Power Point” !Eso era a punta de carteleras. Y solo para cosas muy excepcionales, con acetatos y retroproyector. ¿Que qué era eso? Unas hojas de plástico transparente donde se dibujaba o se montaban los textos con letra set. ¿Impresoras? ¡Cuáles impresoras! ¿Retroqué? Retroproyector. Una máquina que los proyectaba mientras se cambiaban, a mano limpia”.

De alguna manera el tono se va poniendo dramático. “Los mapas no estaban en pantallas, sino enrollados en el salón y teníamos que levantarlos colgarlos y desenrrollarlos. Y cuando se usaban había que enrollarlos de nuevo. Así aprendía la gente, sin tanta…"

(En ese momento ya está uno tan emocionado que empieza a utilizar palabras de esas que figuran en el diccionario pero no se recomiendan en determinados contextos. Por ejemplo en este blog. Además hoy son políticamente incorrectas. Así que vamos a utilizar expresiones explicativas para no herir susceptibilidades. Y lo acepto, nadie habla así.)

…así aprendía la gente, sin tanta ‘ayuda pedagógica perteneciente a un género tradicionalmente considerado más débil que otro’. Hoy en día no pueden hacer nada sin tener un aparato repleto de ‘artilugios y servicios descritos con una alusión a tendencias de género estereotipadas en amaneramiento’. Nosotros improvisábamos sin tanta ‘alusión al hijo una mujer poco amiga del aseo o que ejerce un oficio del que se dice es el más antiguo del mundo. Se puede eliminar la alusión al hijo’ tecnología”.

El discurso inevitablemente cierra con una oración despectiva hacia las generaciones actuales, Puede ser del tipo anecdótico “yo no vine a conocer un computador sino cuando llevaba 20 años de ejercicio profesional”; descriptivo-despectivo “ahora la gente ha perdido toda la recursividad”; de afirmación generacional “nosotros hicimos mucho con poco”; o regaño frontal “yo no sé de qué se queja la gente ahora”.

Y ahí es cuando el comentario del joven interlocutor de turno nos devuelve a nuestra anacrónica realidad

 “Que tiempos tan aburridos”.

jueves, 23 de marzo de 2017

Amor en consulta

Patricia se había propuesto encontrarle pareja a su mejor amiga. Sandra. Sandra y Patricia eran psicólogas, compañeras de universidad, de aventuras y de anécdotas. Pero mientras la primera había formado hogar, Sandra seguía sola.

Y no era por falta de méritos. Más bien por exceso. Sandra era hermosa -ojo, no bonita, hermosa-, inteligente, bien organizada económicamente y con una clara visión de sus objetivos y metas en la vida. Es decir, el tipo de mujer que asusta al hombre promedio.

Para ella se necesitaba un personaje excepcional. Y Patricia tenía entre sus prioridades particulares encontrarlo. Una noche Patricia y su esposo recibieron la inesperada visita de Parmenio, un ingeniero de petróleos, amigo de infancia del cónyugue.

Tras años de permanencia en el extranjero había sido trasladado a Colombia. Y era -y aquí Patricia se empezó a interesar- soltero.

En la búsqueda de pareja para su amiga, e influenciada por su formación profesional, Patricia había diseñado un test de compatibilidad, que aplicaba de manera muy sutil a todos los potenciales aspirantes.

El resultado de Parmenio fue de 93 sobre 100. No cabía duda. Ese era.

Así que el paso siguiente fue organizar un encuentro “casual”. Las cosas transcurrieron positivamente. Sandra y Parmenio entablaron una animada conversación. Había química. Al final, lo previsible, Parmenio le pidió el teléfono a la sicóloga.

Dos días después, Patricia habló con su amiga, como quien no quería la cosa, para verificar el resultado de su trabajo como Cupido.

 - ¿Y te llamó Parmenio?

Un tono sospechosamente desconsolador acompañó el “sí” que sonó al otro lado de la línea.

- ¿Y se van a volver a ver?

- Sí, en mi consultorio.

 - ¿Cómo?

 - Quiere que sea su psicóloga, para que lo asesore en la búsqueda de su pareja ideal.

jueves, 2 de marzo de 2017

Jóvenes estafables y viejos de los otros

Uno de esos videos que circulan por las redes muestra un billete de 10 o 20 mil, ya no me acuerdo, que se supone es falso. El joven narrador en off –la voz permite inferir la edad– da una explicación sobre por qué el papel moneda será papel pero no es moneda, advierte sobre el número de serie, y todo iba bien hasta que remató con la siguiente perla. Algo así como “tengan cuidado que no vayan a estafar a nuestros papás o a  nuestros abuelos”.

Por aquello de la solidaridad –de años – acudo al expediente de la carta abierta, que es un desahogo público sin destino específico, (al que le caiga…). Básicamente se le señala de la manera más cordial y delicada al autor del video que es un, digo que se puede ir a, digo que tiene, digo que se pifió...

Porque que yo sepa, no son los padres los que le ponen una foto en línea y traje de Adán o Eva a un escritor invisible al otro lado de la línea solo porque se los solicitó con palabras bonitas. No son ellos los que transmiten en vivo y en directo cada instante de su vida y revelan sus secretos íntimos a través de un medio con 6000 millones de usuarios potenciales, lo que viene a ser un manjar para cualquier delincuente desprogramado, de esos que con unos pocos datos montan su operativo de tumbar incautos.

No recuerdo haber visto madres y abuelas entre ese grupo de modelos que dejaron sus pertenencias en manos de un grupo de tipos que habían visto por primera vez, y que no han vuelto a ver, porque se esfumaron con todo el material que les confiaron. Tampoco eran del siglo pasado las niñas –y esas si eran niñas – que cayeron en la trampa de un video viral cuando un conocido en línea y desconocido en persona les puso una cita, donde la sorpresa era que sus padres las estaban esperando.

A menos que hayan sido absolutamente precoces, no tienen hijos ni mucho menos nietos quienes se creen el cuento de algún encantador de futbolistas y terminan alojado en algún rincón de mala muerte en Argentina, esperando una oportunidad que jamás llegará para mostrar su talento con el balón. Claro que, justo es reconocerlo, en ese caso la credibilidad necesita del patrocinio de un adulto, cuando no de su apoyo entusiasta.

A mi poco popular productor de videos sobre falsificación de moneda lo invito a poner un mensaje poco claro con la palabra gratis a ver quién llama más, padres, abuelos o hijos. A ofrecer en las calles oportunidades maravillosamente sospechosas y verificar la edad de quienes no desconfían. Verá que la mayoría son futuros usuarios de cédula o por lo menos aún andan con su primera contraseña.

Reivindico el respeto que merecemos los adultos y viejos a que no nos traten de ingenuos. A nosotros no nos estafan tan fácil porque…ya nos estafaron. Decía el maestro José A Morales, “Yo también tuve 20 años”. No es lo que sabemos, es lo que ya nos pasó.

martes, 17 de enero de 2017

Trampas al ego

Hace 35 mil años, el jefe de un clan de neandertales partió de madrugada con los machos adultos de su grupo en busca de comida. Finalmente divisaron un mamut. Aplicando la experiencia acumulada por él, por sus padres y por sus abuelos, ordenó a sus acompañantes que hicieran lo que había que hacer. 

Resulta que uno de los cazadores estaba interesado en aparearse con las hijas del jefe. Este cavernícola no era particularmente apto para la lucha con otros aspirantes a la misma hembra, método de conquista en boga por aquellos tiempos. Sabía que la única forma de evitar la pelea era que el padre lo escogiera directamente.  Eso lo motivó a decirle “uga, magagaga, gun”.

Traduce algo así como “buena forma de cazar mamut”. Ignoramos lo que pasó después. No sabemos si el comunicativo neandertal pudo reubicarse en la cueva junto con la familia del jefe y si alguno de los que andan –andamos– hoy por ahí descendemos de la hija del líder y este inventor. Sí. Inventor. El inventor de las trampas al ego.

Corresponde al individuo en mención la patente de una estrategia que se mantenido hasta nuestros días. Se trata de soltarle a alguien, en momento y lugar oportuno, una frase o expresión destinada a hacerle sentir más. Más inteligente, más sabio, más sagaz, más productivo, más competente y, lo más importante, más dispuesto a colaborar cuando sea necesario.

Las aplicaciones modernas abarcan cualquier actividad. El entrevistado que le dice al periodista “muy interesante su pregunta”. El empresario que le suelta a un subalterno de cuya existencia se enteró cinco minutos atrás un “su trabajo es muy importante para esta empresa”. El vendedor que incluye en su discurso frente al cliente potencial un “este producto es solo para gente como usted, no para todos”. El estudiante que le “reconoce” a su profesor que “con usted sí aprendo”. Las alternativas son múltiples. Es más, ni siquiera requieren hablar. A veces basta con un gesto de aprobación o una humhumneada para que el interlocutor sienta que acaba de decir algo histórico.

Aplican algunas reglas. El elogio debe ser aparentemente gratuito. No sirve si se hace en un escenario de evaluación. Es tan importante que parezca espontáneo como que no lo sea. No es un reconocimiento sincero. Es un aplauso interesado. Y fríamente calculado

Esto saca de la lista al lambón instintivo, ese que se arrodilla frente a la autoridad y se deshace en elogios frente a cualquiera que tenga más poder que él. Entre otras razones porque se trata de un personaje fácilmente detectable y hasta incómodo. Pero el elogiador profesional es estratégico, sabe exactamente cuándo y cómo soltar su piropo intelectual.

Y, seamos honestos, todos caemos. El departamento de egos del ser humano es uno de los más fácilmente manipulables. Básicamente porque lo que dicen es aquello que cada uno de nosotros tiene como una verdad absoluta en alguna parte de su personalidad. Que somos mejores en algo, y que no hay nada malo en que alguien lo reconozca de vez en cuando.

El elogiador lo sabe. Sabe que se trata de sembrar simpatías en el destinatario con el fin de cosechar algún día. ¿Cosechar qué? Lista larga que va desde tratamientos benignos  hasta algún favor particular. O impresionar a un tercero. O ganar tiempo. O preferencia a la hora de escoger un compañero para la hija en versión neandertal. Ahora que lo pienso, creo que sí funcionó.

martes, 15 de noviembre de 2016

Ofrécese analista oficios varios

El tipo era lo que llaman una voz autorizada. Por su experiencia, su conocimiento y sus antecedentes. Pero de autoridad pasó a hazmerreír. Quienes lo admiraban lo miran feo y le aplican ese tratamiento destinado al pariente enfermo, al mendigo y al perro cojeante. El “pobrecito” en el mejor de los  casos.

Al tipo, de hecho, le tocó reinventarse, como dicen ahora. Y no es solo desarrollar competencias en otro oficio, sino asimilar conceptos nuevos. La humildad, por ejemplo. Aceptar los fracasos. Perder. 3 a 0, para ser precisos. 

Comenzó con los ingleses, beneficiarios directos de la Unión Europea.  Un país de gente inteligente que no iba a comerle cuento a un grupo de populistas. Por  ejemplo a los que dijeron que había que salirse la Unión Europea porque… Bueno, nunca se supo exactamente por qué, pero era algo así como que todo lo malo que le estaba pasando a los británicos era por culpa de este tratado que los integraba con el resto del continente.

Luego vinieron los colombianos, donde el susodicho jugaba de local. Esta era más fácil todavía. Se trataba de poner en la balanza la posibilidad de acabar con medio siglo de guerra interna frente a una sucesión de afirmaciones que podía dividirse entre las que no tenían nada que ver, las que surgían de intereses personales y las que, aunque válidas, eran demasiado complejas para que influenciaran al hombre común.

Y por supuesto, el gringo con cara de mal genio, una especie de comadreja en el cabello y su inacabable sucesión de bestialidades verbales. Ese que carecía de cualquier opción como político. Nadie iba a votar por semejante payaso quien, además, cada vez que hablaba se indisponía con grupos específicos e influyentes de su país.

En los tres casos el tipo no desaprovechó momento para dar a conocer sus opiniones. Concluyentes. 

1.- No había oportunidad de que los compatriotas de Shakespeare y los Beatles le dieran la espalda a Europa. 

2.-  Ninguna nación en el mundo iba a desperdiciar la alternativa histórica de poner fin a un conflicto interno que la había desangrado durante años. La mayoría acudiría a ratificar ese acuerdo, bendecido por la comunidad internacional. 

3.- Solo era cuestión de tiempo para que el payaso gringo se ahogara en su propio discurso. Aunque lograra un par de victorias, la derrota era parte de su esencia.

Adicionalmente, contaba con el respaldo de los oráculos del siglo XXI: las encuestas. No solo era lo que él pensaba, era la opinión de la gente, medida científicamente. 

Sabemos lo que pasó. El brexit ganó y a los ingleses les toca salirse de la Unión Europea. En Colombia ganó el no y estamos en la fase de maromas a ver qué se puede hacer. El payaso gringo tendrá un trabajo nuevo a partir del otro año: presidente de los Estados Unidos.

Dice la teoría que las posiciones políticas de la gente maduran hasta generar manifestaciones como marchas callejeras, las cuales obligan al poder a convocar elecciones. Pues bien, aquí sí se han dado las marchas, pero después de las elecciones. Claro que el tipo ya no se preocupa por detalles como ese. Él revisó su currículo y empezó a promocionarse con el siguiente texto: “Pongo a su consideración mi capacidad profesional y laboral para desempeñar cualquier actividad que considere conveniente. Favor no tener en cuenta mi experiencia reciente y formación”. 

Versión corta: “Ofrécese analista político para oficios varios”.

martes, 11 de octubre de 2016

La magia de los nombres

A todos nos pasa. En diferentes ámbitos de la vida. Aquí nos ubicamos en el laboral. A veces hay que dar malas noticias.

“Lo siento señor Pérez, pero no ha salido su OPS”. “Que pena señora Rodríguez, pero no podemos renovarle su contrato”. “Doctor Pérez, su cargo desapareció”. “Señorita  Rodríguez, no le puedo dar ese permiso porque el contrato no me deja”.  “Entienda doctor Pérez, ese beneficio es solo para los empleados directos, no para los contratistas”. “Si no trae la constancia de seguridad social no podemos posesionarla, doctora”. “Señores, la empresa contratista es libre de escoger sus colaboradores”.

Parece que hubo una época en la que el mundo laboral tenía dos actores. Empresas y trabajadores. Si se quería ser un poco más específico los empleadores se dividían en Estado y privados. Y por supuesto, también existían los independientes, entonces empresarios del rebusque.

Hoy el ambiente se complicó. Los del rebusque se llaman emprendedores y tienen múltiples opciones, desde crear aplicaciones de alta tecnología hasta microempresas para vender maní en los buses. Y los trabajadores asalariados sufren múltiples formas de vinculación sin vincularse a las empresas, estatales o privadas. Contrato de prestación de servicio, orden de prestación de servicios (OPS), outsourcing, subcontratación, tercerización. Lo de sufren es descriptivo. Decir gozan sería un despropósito.

Los economistas y gerentes tienen una explicación perfectamente lógica y coherente para esto que involucra mercado, globalización y eficiencia. Allá ellos. Lo cierto es que se trata de esquemas donde la gente -a excepción de los economistas y gerentes- normalmente gana menos y trabaja más. Donde la inestabilidad es regla general para muchas profesiones y oficios. Donde en un mismo espacio laboral se da una curiosa convivencia de castas. Unos favorecidos en salario, prestaciones y permanencia -generalmente empleados directos- y otros con regímenes menos favorables.

Ahora, estos no se quejan. Saben que viven en el mundo que les tocó. Se adaptan a los retos que les va planteando la vida y luchan diariamente por un futuro mejor para sus hijos. Por supuesto, aspiran a mejores cosas. A la estabilidad laboral, a mejores ingresos, al reconocimiento de su valor como personas y trabajadores. Como todos.

Un alcalde colombiano ha dado lo que el considera un paso trascendental en este sentido. A través de un decreto determinó que, a partir de la fecha, ciertos apelativos y nominaciones desaparecen. Por lo que he oído, a la gente ya no se le dirá doctor, doctora, señor o señora, sino que se le llamará por su nombre. Y hay una explicación rimbombante, psicológica, social y políticamente correcta encaminada a demostrar que la vida de los interpelados mejorará sustancialmente con la medida.

Pues sí. A partir de la fecha se escucharán en la jurisdicción del funcionario mencionado expresiones como estas: “Lo siento Juan, pero no ha salido su OPS”. “Que pena María, pero no podemos renovarle su contrato”. “Juan, su cargo desapareció”. “María, no le puedo dar ese permiso porque el contrato no me deja”.  “Entienda Juan, ese beneficio es solo para los empleados directos, no para los contratistas”. “Si no trae la constancia de seguridad social no podemos posesionarla, María”. “Juan, María, la empresa contratista es libre de escoger sus colaboradores”.

Tremendo cambio, señor alcalde.

martes, 4 de octubre de 2016

El bueno, el malo y el otro

Algunas personas juzgan el cine de acuerdo con los protagonistas. Más allá del argumento, la historia, el director, la técnica, lo que importa de un filme son los actores. Y ese actor o actriz determina si se ve o no la película, y, lo más importante, si es buena o mala.

Por aquí pasa algo parecido,  pero con una pequeña diferencia, No es cuestión de  película, si no de vida real. La bondad o maldad de un hecho depende de su protagonista. Es decir que cuando mi amigo, conocido, pariente o ídolo hace algo, es bueno; pero cuando mi enemigo, desconocido, rival o el que me cae mal hace exactamente lo mismo, es malo.

Usted y yo tenemos a múltiples historias donde nos indignamos, enfurecimos y molestamos porque ese personaje que tenemos en tan poca estima asumió esa conducta… ¿cuál conducta? Carece de importancia.  Es simplemente inaceptable. 

Eso contrasta con nuestra actitud, comprensiva, tolerante, condescendiente y generosa y hasta elogiosa ante el comportamiento de nuestro pariente, amigo o conocido… comportamiento que es exactamente igual a la inaceptable conducta del otro.

Para efectos de quedar bien, acudimos al lenguaje. Entonces los grafiteros son vándalos, pero el que conocemos es un artista. Quien intenta sobornar un funcionario público es un corruptor que merece la cárcel, aunque si algún conocido hace lo mismo con el policía de tránsito se justifica porque de todas formas se iban a robar esa plata. Los hijos de los demás son malos estudiantes, a nuestro hijo el profesor lo odia. Ese tipo que no hace fila es un abusivo, ese amigo que tampoco hace fila es recursivo. Esa canción de moda es horrible, su letra es estúpida y el cantante es un tarado; hasta el día en que el sobrino con inclinaciones musicales la incluye en su repertorio. El  vecino que nos cae  mal es un grosero que no saluda, y el que nos cae bien estaba despistado ese día que no nos saludó.

En todos estos casos y en otros tenemos dos niveles. Los que asumen la actitud mencionada en forma discreta, e incluso ejercen el sagrado derecho a retirar las posaderas cuando el problema se pone complejo. Es decir los que se retiran de grupos en las redes sociales; evaden conversaciones, abandonan tertulias familiares, se alejan de reuniones de oficina y de encuentros sociales; y se cambian de puesto en el bus o se bajan cuando las circunstancias los obligan a justificar su difícilmente justificable incoherencia.

Los personajes mencionados pasan agachados. Los que realmente tienen problemas son quienes se pasan la vida gritándole al mundo entero como piensan (ellos), como actúan (ellos), quien es el bueno (ellos), quien es el malo (otros) y por qué ellos siempre tienen la razón, nunca se equivocan y son el futuro del país.

Los que jamás perdonan el más mínimo error a su larga lista de contradictores, ni pierden ocasión para señalar públicamente que nunca, jamás, en la vida y de ningún modo apoyarían ese nefasto personaje que representa todo lo malo que ocurrió, ocurre o ocurrirá en este país. Son quienes deben acudir a todo tipo de acrobacias verbales y pirotecnias intelectuales para justificar cuando, por cualquier razón, se ven obligados a coincidir con el que toda la vida fue el malo de la película.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Manual para sobrevivirle al jefe

Barragán fue un hombre feliz durante muchos años, hasta que empezó a trabajar en lo que le tocaba, no en lo que quería. Lo raro es que el hombre se las había ingeniado para hacer lo contrario durante años. Paso largo tiempo saltando de ubicación en ubicación laboral, respaldado por una inexplicable buena suerte y conocidos ubicados en algún punto entre solidarios, comprensivos y alcahuetas.

Pero un día la suerte se acabó, los conocidos desaparecieron o cambiaron de actitud y el hombre tuvo su aterrizaje forzoso en el mundo real. Así como fue una especie de pionero en ese mundo feliz de quien solo hace lo que desea (milenials, dicen ahora), y le pagan, también le tocó ser el proyecto piloto de lo que posiblemente pase dentro de algunos años (¿milenials viejos?). Cuando la vida le muestre a los innovadores incomprendidos de hoy que son buenos, pero no tanto. Cuando la empresa de turno haga cuentas y empiece a recortar. Como recortaron a Barragán que, en un par de años, evolucionó, de desempleado con aspiraciones, a desempleado de esos que se le miden a lo que sea, por el sueldo que sea.

No le fue tan mal. Consiguió un trabajo relacionado con su profesión. La paga era mala y demorada, las instalaciones inadecuadas, los horarios irracionales y las políticas empresariales incomprensibles. Situaciones que en otros tiempos hubieran generado renuncias en automático. Bien dicho, eran otros tiempos. Ahora solo quedaba lo que los expertos llaman resiliencia y todos los demás aguantarse.

Sorpresivamente, no resultó tan difícil.  Uno a uno todos los factores negativos pasaron a ser una rutina con la que se podría convivir. Bueno, casi todos, porque había un inaguantable. Y a cargo. El jefe directo. El que daba órdenes irracionales, incoherentes e inoportunas. El que tenía una idea por la mañana, otra por la tarde y otra por la noche. El que pedía imposibles de beneficios discutibles y no aceptaba argumentos. Él pedía los imposibles y a los subalternos les tocaba lo más difícil: hacerlos.

Lo poco que le quedaba de espíritu libre a Barragán llevaba del bulto. El viejo chiste pasó a ser la amarga realidad del día a día. Hay tres formas de hacer las cosas, la correcta, la incorrecta y la que diga el jefe. El consuelo fue descubrir que él no era el único aburrido, traumatizado, estresado y poseedor de demás síntomas de felicidad laboral. Pero lo extraño fue encontrar una minoría, esa sí, realmente feliz. Barragán detectó un reducido grupo de lo que ahora llaman colaboradores  -antes eran subalternos y empleados – que pese a laborar en la misma empresa, tener el mismo jefe y compartir rutinas,  no parecían afectados por la actitud dictatorial del superior inmediato.

Tuvo que observarlos durante varias semanas para aprender el truco.  Era ridículamente sencillo. El jefe tenía tantas ideas que olvidaba el 90 por ciento de las que proponía. Pero existía una forma de garantizar lo contrario. Consistía en criticar, cuestionar o simplemente preguntar. Si el subalterno actuaba de esa manera, automáticamente la petición pasaba a obsesión personal del líder.

Así que cada vez que recibe una instrucción de esas que son imposibles de llevar a cabo, que carecen de lógica, que van en contravía de órdenes anteriores, cuya utilidad real no se ve por ninguna parte, Barragán dice que sí. Pero no hace nada a menos que la autoridad insista, lo que ocurre más o menos una vez por cada 10. A veces. 

Desde que empezó a vivir así, Barragán volvió a ser un hombre feliz.  Resiliencia, dirían los expertos.

jueves, 21 de julio de 2016

De cabellos, peluqueadas, trasquiladas y otros asuntos laborales que no son de estilistas


El pecado capital de Ariza es la vanidad. Vanidad localizada. Dotado por la naturaleza de una generosa mata de cabello, le brinda especial atención desde que tiene memoria (al cabello, no a la naturaleza). Atención retribuida, porque en vez de caer –como le ha sucedido a casi todos sus contemporáneos- se volvió plateada con el paso de los años.

La más poderosa de las testas coronadas no tiene opción frente a la poderosa cabellera, que cada día gana cuerpo, firmeza y otros adjetivos de comercial de champú. El mérito no es solo genético. Durante años, el corte, aseo y demás actividades relacionadas con la melena ha estado en manos de reputados y costosos expertos. Muy costosos.

Mientras la vida le sonrió a Ariza, laboralmente hablando, esta situación no tuvo problema. Pero un día le dieron las gracias y le desearon buena suerte mientras que su patrón pasó a ser expatrón.  Como suele pasar, solo cuando la fuente habitual de ingresos desapareció, Ariza se concientizó de lo desproporcionadamente alta que era la inversión destinada al cuidado de su cabello. Una concienzuda inteligencia de mercado le permitió conocer múltiples productos que hacían lo mismo, estaban hechos de lo mismo y no costaban la mismo. Eran mucho más baratos. 

Pero aún quedaba el pendiente más complejo. El corte. Por supuesto que había peluquerías, muchas peluquerías, pero Ariza sabía –o pensaba– que algo iba de un peluquero a un estilista. O a un artista del cabello, como se autodenominaba su proveedor tradicional. Los días pasaban, la mata de pelo crecía, los saldos bancarios bajaban y el hombre era consciente de que no podía gastarse lo de la comida del mes en una sesión de tijera, máquina, cepillo, peine y cuchilla.

Y una noche de  martes llegó la esperada llamada para una entrevista de trabajo con razonable posibilidad de éxito. Lo esperaban el miércoles a primera hora. Tiempo suficiente para prepararse. Ropa de pedir puesto, lista. Conocimientos, listos. Papeles, listos. Afeitada, posible. Cabello… a menos que necesitaran un guitarrista de rock o un doble de Tarzán (ambos envejecidos) el corte era indispensable.

Así que Ariza salió a buscar una peluquería adecuada a su estrato actual que estuviera trabajando después de las 9 p.m. cuando el destino se le atravesó en forma de academia nocturna. Academia de peluquería. Y 4 palabras mágicas “Corte de cabello gratis”.

Esa noche, Ariza puso su cabeza en manos de un nervioso aprendiz de estilista que le enseñó de manera gráfica el significado del verbo trasquilar. Varios intentos fallidos hicieron desaparecer sucesivamente capas y capas capilares, con resultados cada vez más desastrosos para la estética de su cabeza. El profesor sencillamente le puso una mala  nota a su estudiante y ofreció al de la silla (Ariza)  una alternativa. La número uno.  Raparlo completamente porque si algún merito tenía el aprendiz, era su facilidad para generar problemas insolubles en la testa de sus víctimas.

Al día siguiente, mientras compartía sala de espera al acecho de una decisión final en compañía de los demás aspirantes, recibió la noticia de una manera que jamás hubiera soñado, por parte de un poco prudente encargado con mala memoria para los nombres.

“Ya escogimos, la persona que trabajará con nosotros es…usted.”  Y al caer en cuenta que no había señalado a nadie en particular, aclaró “el calvo se queda”.