Mostrando entradas con la etiqueta juego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juego. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de septiembre de 2026

El duelo

La rivalidad entre los dos deportistas se fue colando en la conversación hasta acaparar la atención nacional. Una larga lista de influenciadores, periodistas, promotores, publicistas y hasta políticos reclamaron la paternidad del descubrimiento, pero ninguno pudo demostrar haber sido el primero en hablar de lo que pasó de tema de conversación a tópico viral a obsesión de un país.

En la disciplina que practicaban ambos eran buenos. Muy buenos. Una primera verificación seria de sus antecedentes confirmó que estaban invictos hasta ese momento. Que habían hecho un recorrido similar el cual comenzó con enfrentamientos internos de clubes y siguió en la representación de los mismos a través de escenarios primero locales, luego regionales y finalmente nacionales con proyección internacional.

Las similitudes terminaban ahí.  Su estilo de juego, tácticas, y forma de abordar a los rivales de turno no podían ser más diferentes. El clásico (como lo llamaremos a partir de ahora) era una enciclopedia ambulante de cómo se había jugado, cómo se jugaba y cómo se jugaría. Reconocía cada acción de sus oponentes y aplicaba la estrategia de manual para neutralizarla. 

En cambio el creativo (a quien identificaremos así) era un genio para la improvisación. Generaba constantemente jugadas inesperadas, novedosas, sorprendentes, pero efectivas. Quienes lo enfrentaban siempre terminaban desconcertados en algún momento, normalmente antes de recibir el golpe definitivo. 

Si la forma de competir era dispar, en su personalidad también eran muy distintos. Clásico era hablador, extrovertido, algo prepotente, siempre con algún apunte dicharachero. Creativo, por fuera del campo de juego, se comportaba reservado, introvertido, poco amigo de hablar más allá de lo estrictamente necesario.

El uno prefería un vestuario tradicional, el otro exhibía un guardarropa definido por las tendencias de la moda. Clásico asumió gustosamente su papel de nueva estrella mediática y de redes sociales, mientras Creativo mantuvo —dentro de lo posible— perfil bajo y pocas apariciones públicas.

Sobra decir que los dos nunca se habían enfrentado. También sobra decir que cuando fueron escalando en logros deportivos y fama personal, la batalla deportiva entre los dos se volvió expectativa popular.

Curiosamente fue Creativo, el discreto, quien encendió la chispa. En una de sus escasas entrevistas dijo algo respecto a como algunos jugadores habían robotizado el deporte.  No dio nombres, no amplió la idea,  pero la oportunidad fue bien aprovechada por el ecosistema virtual y analógico. En pocas horas ya alguien le había dado cuerda a Clásico para que respondiera. Este no desilusionó a su público con algo así como es mejor ser robot que payaso. A partir de ese momento, el ambiente se calentó. 

Vainazo va y vainazo viene, debidamente amplificados por redes y comentaristas, finalmente llegó el día del esperado partido. Ambos arribaron acompañados de sus respectivos equipos de apoyo, tomaron sus posiciones y esperaron la señal del árbitro. Y entonces pasó… 

Todavía se discute quien dio el golpe inicial o qué fue lo que desencadenó la pelea. Lo cierto es que la partida terminó convertida en una batalla campal, donde primero los rivales y luego sus respectivos grupos de apoyo se trenzaron en un fenomenal intercambio de puños y patadas, televisado en vivo y en directo, hasta que alguien superó la estupefacción y ordenó cortar la señal.

Al fin y al cabo, nadie esperaba que una partida de ajedrez desembocara en algo como eso. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Recreacionistas

Finalizado ese proyecto estresante y agotador Rojas pudo, por fin, tomarse las altamente aplazadas vacaciones. Buscó un hotel lejano en un pueblo ídem. El escenario perfecto para desconectarse del mundo y gozar de paz y tranquilidad sin el acelere y el ruido del siglo XXI. Llegó, se registró, ingresó a la habitación y se recostó para disfrutar de aquella siesta que llevaba varias semanas embolatada.  

Justo en ese momento comenzó la bulla. Música bailable a todo volumen. A Rojas solo le llegaban los bajos y parte de la percusión. Vibraciones que se sentían como algo que venía del interior de su propio cuerpo. De camino a la recepción a hacer el reclamo, descubrió la fuente del sonido. Un poco de adultos mayores improvisaban pasos en un salón del alojamiento. Y dirigiendo la coreografía, como no, un recreacionista.

A lo largo de su vida, Rojas se ha encontrado con una curiosa cofradía especializada en sabotear sus descansos. Lo obligan a participar en actividades que no le interesan. Convierten escenarios vacacionales, laborales y sociales en rutinas difíciles, tan intrascendentes como irracionales. 

Comenzó en su infancia, durante algún paseo familiar a centro recreacional. El pequeño solo quería chapotear en la piscina todo el día. Hasta que el o la joven de turno convocaba, a gritos, a todos los niños. 

Porque siempre gritan. Y si tienen micrófono y parlante, también. Pero ese es solo el principio.

Rojas (entonces Rojitas) terminaba involucrado en un juego de lleva acuático donde nunca lograba tocar a nadie; o intentando esquivar golpes de un balón que siempre le pegaba, o en una versión del anterior donde él le pegaba (con el balón) justo al llorón o a la llorona.  O tragando agua mientras intentaba recuperar un objeto brillante e inútil del fondo de la piscina. Siempre reclutado, a la brava, para alguna dinámica.

Dinámica, esa palabra lo perseguiría durante la adolescencia, juventud y adultez. Primero en escenarios de ocio, donde el gritón o la gritona de ocasión se las ingeniaba para convertir ese ocio en actividades cada vez más complicadas. Así, tuvo que revelar intimidades frente a personas que acababa de conocer. Construir enrevesadas manualidades con papel, cinta pegante y límite de tiempo. Realizar complejos movimientos (des) coordinados en grupo cogidos de la mano, agarrados de una cuerda o amarrados a la misma.

En todos los casos, Rojas hubiera preferido ver televisión, leer, procrastinar, o socializar con alguna contemporánea en la cual estaba particularmente interesado. Ella, por cierto, siempre terminaba en el equipo contrario si la dinámica implicaba algún tipo de competencia. Y cuando en medio del movimiento el hombre golpeaba a alguien involuntariamente, ese alguien era, por supuesto, ella.

Rojas finalmente alcanzó la edad donde podía decidir libremente si participaba o no en las dinámicas. Eso creía él. El mundo laboral llegó con las jornadas de integración,  promovidas por el empleador del momento.  Por fuera de la oficina, pero en días hábiles. De asistencia voluntaria, pero altamente recomendable para efectos de supervivencia laboral. También incluían gritones, vergonzosas revelaciones públicas, y actividades físicas tan inútiles como intrincadas. Recorrer una distancia mínima de la manera más difícil posible sorteando obstáculos imaginarios. Transportar un huevo en una cuchara... en la boca. Y, si había presupuesto, emular concursos de televisión tipo Castillo de Taskeshi, Telematch o algo parecido.

Y esta vez, sin escapatoria posible.

Nuestro protagonista no es rencoroso. Evita el conflicto o busca soluciones civilizadas. Pero si existe alguien que pueda catalogar como enemigo, está seguro de una cosa. Debe ser un recreacionista.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Pequeño mundo, gran historia

Acaban de conocerse y ya son amigas de esas que pueden tener la más cercana de las relaciones o el más profundo de los rencores. Y en los siguientes minutos pasarán por toda la escala de amistad y enemistad incluyendo insultos, lágrimas, arrepentimiento, disculpas, remordimiento e interacciones donde cualquier cosa puede ocurrir, porque para los momentos mágicos la imaginación es el límite.

Todo pasa en el mismo lugar pero al mismo tiempo se desarrolla en un país lejano de aventuras, princesas y piratas, en una nave espacial, en un vehículo que recorre paisajes legendarios y en una casa maravillosa con sala, comedor, cocina, patio, habitaciones y baños.

Y ellas son hijas pero también son mamás. Son búhos pero también dinosaurios. Tienen un unicornio de mascota y poderes inconmensurables. Dominan el clima, escogen cuando hay sol y cuando hay lluvia. Construyen en segundos muebles, edificios, montañas, mares y llanuras. Acampan en medio de la selva, el desierto y el ártico, mientras ocupan sofisticados hogares con todos los servicios que existen y algunos que todavía no se han inventado.

Un momento son la dueña del castillo y al siguiente corren por parajes maravillosos en busca de tesoros imponderables. Se metamorfosean constantemente y la que hace un rato era la madre sabia ahora es el bebé necesitado de cariños y cuidados. La que fue dejada de lado e insultada retorna desde su rincón de ignominia como nueva protagonista de la historia. Esa que nunca finaliza porque siempre está comenzando.

Intercambian una interminable sucesión  de ofensas, piropos y argumentos. No queremos contigo, le dicen a la recién llegada. Yo voy a a hacerlo sola, responde aquella mientras escoge una ubicación donde al mismo tiempo se aísla pero queda lista para integrarse en caso de ser llamada. Lo que va a pasar porque en algún momento van a necesitar un piloto, una cazadora, una superheroína, más hijos, más invitadas a la fiesta que se armó en cuestión de segundos.

Y así como el conflicto aparece por las razones más insignificantes, desaparece en medio de tan inesperados como sucesivos actos de reconciliación. Una cara triste invita a pedir perdón. Un intercambio de sonrisas integra los bandos radicalmente separados por pocos minutos. La que estaba a punto de llorar ahora ahora ríe a carcajadas.

Llegaron acompañadas de sus respectivas mamás a una biblioteca pública para participar de alguna actividad programada y organizada por profesionales que no ha empezado, ya terminó, se canceló. No importa. Ellas escogieron, invadieron y se tomaron un espacio que convirtieron en su realidad del momento, en su escenario, en su tierra de aventuras, en su pequeño mundo gigante.

Los adultos que están en el sitio intentan seguir con lo suyo. Consultan sus teléfonos, trabajan en sus portátiles, hojean libros. Ponen cara seria sumergidos en su mundo. Mientras, a su alrededor, las sillas vacías pasan a ser las habitaciones de una casa gigante, los cojines se reubican para convertirse en puertas, la patineta de juguete es ahora el vehículo último modelo.

Así todo lo que está a la mano se integra a la jornada de ese grupo de niñas que vive como se vive a los cinco años, en un juego interminable donde no hay fronteras entre la realidad y la fantasía.

El testigo ocasional de vez en cuando levanta la mirada y sonríe. No interviene pero lo tiene claro. Aquí hay una amilcarada.