miércoles, 31 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (y 2)

Simplemente, feliz año. Hoy cualquier otra frase sobra. Y como lo anunciamos el pasado 24 de diciembre seguimos repasando trabajos anteriores con la pregunta (en diversas versiones) de, ¿y tú, que harías? 

Aquí vamos con el segundo round.

11. A ti, o a alguien que conoces, ¿le ha ocurrido una situación similar, cuando un hecho que jamás ocurre se presenta justo en el peor momento posible? Eso nunca pasa.

12. Ahora cuéntanos, ¿cómo te ha ido en las actividades que organiza la empresa para promover la integración corporativa?   Dinámica de clima organizacional.

13. ¿Tú también asistes a reuniones de propietarios? ¿Y qué personajes recuerdas? Asambleístas a la carta.

14. En esta época de integración y encuentros, ¿tú también te has encontrado con extraños personajes en tus primeros contactos oficiales con la parentela de tu pareja? Ñapa familiar.

15. En tu teléfono o tu correo, ¿también llegan esas comunicaciones sospechosamente íntimas de gente que no conoces? Especialmente para ti.

16. ¿Cuál es ese producto, servicio o hábito que adquiriste (o por lo menos pensaste en adquirir) que iba a terminar de una vez por todas con la totalidad de tus problemas? Soluciones mágicas modelo 2016.

17. Y tú, ¿alguna vez te has apoyado en Charles para enfrentar un problema académico, personal o laboral? Llamen a Charles.

18. Donde tú vives, ¿sonidos y olores también revelan rutinas y secretos ? ¿Cómo cuáles, por ejemplo? Tribulaciones de un vecino bien informado.

19. Cuéntanos, ¿muchos años después, aún existen preguntas sin respuesta acerca del lugar donde pasaste tus primeros años? Misterios de la casa grande. 

10. En tu entorno, ¿has sido testigo, o participado, de una oleada súbita e imparable alrededor de una negocio cuya rentabilidad es tan maravillosa como efímera? Crónicas de histerias piramidales.

A todos los que en el 2025 o en cualquier momento han pasado por estas páginas mi agradecimiento. En medio de tantas noticias complicadas y problemas de la vida diaria, la única aspiración del autor es robarle al personal una sonrisa semanal. 

Aspiramos a seguir en las mismas durante el 2026. 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Corte a comerciales


Según cierta inteligencia artificial, un blog como este se considera exitoso cuando llega a los 10.000 seguidores. Aquí solo faltan 9.994. Ahora, una cosa son los seguidores, y otra el número de visitas por entrada. La misma IA habla de unas 300. Sin entrar en detalles, digamos que en ese punto no faltan tantos, pero de todas formas hablamos de tres cifras y, pista, la primera no es uno. 

Y no les voy a decir que si tienen una cuenta de gmail o google busquen abajo a la izquierda donde dice seguidores, den clic en seguir y sigan las instrucciones. Tampoco les voy a decir que si están en un teléfono, busquen abajo el botón que dice ver versión web y de ahí podrán seguir la recomendación anterior (fin del corte a comerciales).

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Amilcaradas pregunta, el mundo responde (espero) (1)


Hoy 24 de diciembre en Colombia estamos en modo regalos, familia, novena y similares. Pero como hoy es miércoles, este sujeto insiste en publicar una Amilcarada.  En tono con la temporada, haremos algo aprendido viendo videos de gatitos y que, dicen, genera tráfico*. Preguntar a los usuarios que harían ellos en una situación similar, a partir de algunos textos ya publicados (recientemente y no tanto).

Como muestra de respeto a los lectores, no voy a decir que, realmente, lo que viene de aquí en adelante es una estrategia del autor para no trabajar. 

Aquí vamos (perdón por el confianzudo tuteo pero es parte de la fórmula).

1. Y tú, ¿también eres de los que arrancan el año repleto de buenos propósitos y proyectos concretos que jamás se concretan? Especies en temporada

2. Y cuéntame ¿tú también has tenido una relación de amor y odio con objetos de la vida diaria? Adiós hermano paraguas.

3. Y dime, ¿a ti cómo te va con esas innovaciones tecnológicas que complican lo simple a nombre del progreso? El abuelo Yepez quiere ver televisión. 

4. Te invito a compartir ese recuerdo. Ese primer día de asalariado cuando una mezcla de temor e ignorancia te paralizó aunque, laboralmente hablando, hiciste exactamente lo que te dijeron. La leyenda de semáforo. 

5. No lo olvides. También queremos conocer si tienes anécdotas de cuando diferentes fuentes cuentan historias contradictorias sobre una misma persona. Mechas de fuego no se vara.

6. Cuéntanos. ¿Has tenido o conoces experiencias de quien, por ahorrarse unos pesos o buscar una alternativa sencilla, termina enredado en situaciones incómodas, complicadas o costosas? Nestor, el gasolinero.

7. Compártenos, ¿cómo se llama el tuyo? El sublime arte de bautizar el wifi.

8. Ahora tú, ¿qué hecho o anécdota de tu vida mostró que ya eras grande? Los 22 indicadores de crecimiento 

9. Tu turno. ¿Alguna vez te has sentido como relleno en un proceso, donde pese a participar en todas las etapas algo te dice que el ganador fue escogido de antemano? Ternas de uno. 

10. Dinos, ¿Te han (o has) humhuneado alguna vez? Teoría y práctica del arte de humhunear.

*Corte a comerciales. Según cierta inteligencia artificial, un blog como este se considera exitoso cuando llega a los 10.000 seguidores. Aquí solo faltan 9.994. Ahora, una cosa son los seguidores, y otra el número de visitas por entrada. La misma IA habla de unas 300. Sin entrar en detalles, digamos que en ese punto no faltan tantos, pero de todas formas hablamos de tres cifras y, pista, la primera no es uno. 

Y no les voy a decir que si tienen una cuenta de gmail o google busquen abajo a la izquierda donde dice seguidores, den clic en seguir y sigan las instrucciones. Tampoco les voy a decir que si están en un teléfono, busquen abajo el botón que dice ver versión web y de ahí podrán seguir la recomendación anterior (fin del corte a comerciales).

Feliz Navidad para todos lo que llegaron hasta acá (y para los que no llegaron también). Seguimos dentro de ocho días.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Y así nos conocimos

—¿Seguro que no hay problema?

—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.

—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?

—Mi papá ya lo mandó.

Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.

—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie. 

—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.

—¿A quién?

—A Sandrita, la quinceañera.

El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.

Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.

—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija. 

—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.

—Traje un amigo.

—Claro muchachos, sigan.

Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.

Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.

—Oiga Carlos.

—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.

—Yo conozco a esa vieja.

Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.

—¿Seguro?

—Claro, yo la he visto por mi casa.

—Listo, entonces usted baila el vals

—Está loco papá.

El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya. 

—Le figuró hermano.

—Nada, hagamos una rifa.

—Le figuró hermano.

El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.

Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.

—Su pareja, joven.

—Uuuuu.

Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.

—¿Bailamos?

Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...

—¿Me permite joven?

—No... digo... claro.

Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.

—Oiga tarado, despierte.

—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Recreacionistas

Finalizado ese proyecto estresante y agotador Rojas pudo, por fin, tomarse las altamente aplazadas vacaciones. Buscó un hotel lejano en un pueblo ídem. El escenario perfecto para desconectarse del mundo y gozar de paz y tranquilidad sin el acelere y el ruido del siglo XXI. Llegó, se registró, ingresó a la habitación y se recostó para disfrutar de aquella siesta que llevaba varias semanas embolatada.  

Justo en ese momento comenzó la bulla. Música bailable a todo volumen. A Rojas solo le llegaban los bajos y parte de la percusión. Vibraciones que se sentían como algo que venía del interior de su propio cuerpo. De camino a la recepción a hacer el reclamo, descubrió la fuente del sonido. Un poco de adultos mayores improvisaban pasos en un salón del alojamiento. Y dirigiendo la coreografía, como no, un recreacionista.

A lo largo de su vida, Rojas se ha encontrado con una curiosa cofradía especializada en sabotear sus descansos. Lo obligan a participar en actividades que no le interesan. Convierten escenarios vacacionales, laborales y sociales en rutinas difíciles, tan intrascendentes como irracionales. 

Comenzó en su infancia, durante algún paseo familiar a centro recreacional. El pequeño solo quería chapotear en la piscina todo el día. Hasta que el o la joven de turno convocaba, a gritos, a todos los niños. 

Porque siempre gritan. Y si tienen micrófono y parlante, también. Pero ese es solo el principio.

Rojas (entonces Rojitas) terminaba involucrado en un juego de lleva acuático donde nunca lograba tocar a nadie; o intentando esquivar golpes de un balón que siempre le pegaba, o en una versión del anterior donde él le pegaba (con el balón) justo al llorón o a la llorona.  O tragando agua mientras intentaba recuperar un objeto brillante e inútil del fondo de la piscina. Siempre reclutado, a la brava, para alguna dinámica.

Dinámica, esa palabra lo perseguiría durante la adolescencia, juventud y adultez. Primero en escenarios de ocio, donde el gritón o la gritona de ocasión se las ingeniaba para convertir ese ocio en actividades cada vez más complicadas. Así, tuvo que revelar intimidades frente a personas que acababa de conocer. Construir enrevesadas manualidades con papel, cinta pegante y límite de tiempo. Realizar complejos movimientos (des) coordinados en grupo cogidos de la mano, agarrados de una cuerda o amarrados a la misma.

En todos los casos, Rojas hubiera preferido ver televisión, leer, procrastinar, o socializar con alguna contemporánea en la cual estaba particularmente interesado. Ella, por cierto, siempre terminaba en el equipo contrario si la dinámica implicaba algún tipo de competencia. Y cuando en medio del movimiento el hombre golpeaba a alguien involuntariamente, ese alguien era, por supuesto, ella.

Rojas finalmente alcanzó la edad donde podía decidir libremente si participaba o no en las dinámicas. Eso creía él. El mundo laboral llegó con las jornadas de integración,  promovidas por el empleador del momento.  Por fuera de la oficina, pero en días hábiles. De asistencia voluntaria, pero altamente recomendable para efectos de supervivencia laboral. También incluían gritones, vergonzosas revelaciones públicas, y actividades físicas tan inútiles como intrincadas. Recorrer una distancia mínima de la manera más difícil posible sorteando obstáculos imaginarios. Transportar un huevo en una cuchara... en la boca. Y, si había presupuesto, emular concursos de televisión tipo Castillo de Taskeshi, Telematch o algo parecido.

Y esta vez, sin escapatoria posible.

Nuestro protagonista no es rencoroso. Evita el conflicto o busca soluciones civilizadas. Pero si existe alguien que pueda catalogar como enemigo, está seguro de una cosa. Debe ser un recreacionista.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mango jefe

Años atrás, el mensajero compró un mango callejero. En vaso plástico, pelado, troceado y con palillo de madera a manera de tenedor. Cunado compartió una tajada con la practicante, la joven no pudo reprimir una expresión de sorpresa y desagrado. No esperaba la sal y el limón que complementaban el alimento.

Al ser una temporada de poco trabajo, el personal se dedicaba a quemar tiempo en espera de la hora de salida. El incidente los llevó a improvisar una tertulia sobre la mejor forma de comer mango. Un grupo respaldó a la practicante en su gusto por la versión natural. Otros defendieron los adicionales: sal, limón, sal y limón, vinagre... sal, limón y vinagre. Más opciones: azúcar, ají, pimienta, cilantro, canela, Tajín... 

Entonces llegó el jefe.

Trabajar con él era fácil.  Él decía lo que había que hacer y los subalternos hacían caso. Si alguien opinaba diferente, se hacía lo que decía el jefe. Si alguien planteaba alternativas, se hacía lo que decía el jefe. Si el disidente intentaba defender su posición, el jefe escuchaba y después… se hacía lo que decía el jefe. Si el contradictor insistía, el que mandaba sonaba diferente. Primero argumentaba. Luego explicaba (cual padre educando al hijo díscolo). En una tercera etapa imponía cordialmente su autoridad. En una cuarta hacía lo mismo con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad.

En realidad, muy pocas veces habían llegado a este punto. Pero volvamos al mango. El mandamás apareció en plena discusión. Aquí debemos decir que él no veía problemas en las tertulias de oficina. Mucho menos si había poco trabajo. Tanto así que se integró, expresando su preferencia por el mango al natural

Ahí fue cuando, primero tímidamente y posteriormente en avalancha, aparecieron múltiples argumentos a favor de los modificadores de sabor. De alguna manera toda la oficina terminó declarándose partidaria de echarle algo al mango (verde o maduro) antes de consumirlo. De hecho, hasta la misma practicante optó por reconocer que un poquito de limón favorecía el gusto. El jefe insistió desde su posición, pero la opinión mayoritaria tomó partido en su contra. La fruta era más sabrosa si le agregaban algo. 

Al día siguiente el personal en pleno fue convocado a reunión extraordinaria. Los más observadores notaron que el jefe se veía como cansado, con ojeras de esas que surgen cuando uno no duerme muy bien. La agenda incluía tres temas. Prioridades del día, 5 minutos. Ajustes a un par de cronogramas, 5 minutos. 

Punto final. Varios. El jefe tomó la palabra. Claro que se podía seguir usando la sala de juntas para consumir alimentos. Pero algunos dejaban olores muy fuertes. Por ejemplo, solo un ejemplo, el limón, el vinagre, la sal (?), la pimienta… Entonces era mejor evitar el uso de esos aditivos en algunas comidas como, solo un ejemplo, las frutas como, solo un ejemplo, el mango.

Esta última petición vino con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad. 

Nadie hizo comentarios. El tema nunca se volvió a tocar, pero todos entendieron lo que acababa de pasar. Desde entonces, la sala de juntas que también funciona como comedor ha visto diversos menús. Lechona de fin de año; huevos, café y pan del desayuno de trabajo; tamal, arepa y chocolate del desayuno de integración; ponqué y vino para el cumpleañero de turno; almuerzo de domicilio; almuerzo de coca; buñuelos y natilla de novena navideña, etc. Lista larga abierta a múltiples opciones. 

Cualquiera menos el mango.