—¿Seguro que no hay problema?
—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.
—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?
—Mi papá ya lo mandó.
Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.
—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie.
—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.
—¿A quién?
—A Sandrita, la quinceañera.
El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.
Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.
—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija.
—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.
—Traje un amigo.
—Claro muchachos, sigan.
Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.
Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.
—Oiga Carlos.
—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.
—Yo conozco a esa vieja.
Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.
—¿Seguro?
—Claro, yo la he visto por mi casa.
—Listo, entonces usted baila el vals
—Está loco papá.
El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya.
—Le figuró hermano.
—Nada, hagamos una rifa.
—Le figuró hermano.
El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.
Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.
—Su pareja, joven.
—Uuuuu.
Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.
—¿Bailamos?
Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...
—¿Me permite joven?
—No... digo... claro.
Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.
—Oiga tarado, despierte.
—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.
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