miércoles, 25 de febrero de 2026

Los desquites de Elías

Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.

Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.  

El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".

Lo bajaron del taxi.

Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita.  Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.

Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".

La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el del vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.

Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”

Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".

Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.

Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?

Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.

"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".

Uno no puede perder todas en la vida.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Despiste manda mensajes

A la suegra de Despiste le costó trabajo. Pero como ella es servicial y dispone de mucho tiempo libre, finalmente logró averiguar opciones de vuelos para Sincelejo. En cambio, el técnico que reparó el televisor y la lavadora de Despiste no pudo. Él intentó indagar sobre qué hacer ante una demanda de paternidad responsable, pero cuando su propia esposa no le creyó que era un favor para un cliente, optó por desistir.

En la casa cural el sacristán, en cambio, conocía a un plomero al cual remitió la consulta sobre renovación parcial o total del baño que le hizo Despiste, enfatizándole (al plomero) que fuera lo más específico posible en los presupuestos, tal y como había pedido el interesado. En otro escenario, el profesor de los hijos de Despiste había adquirido alguna vez un seguro todo riesgo para proteger el menaje de su casa, así que no tuvo problema en responder las inquietudes que el padre de sus alumnos le planteó al informarle su intención de buscar una póliza de este tipo.

La administradora del edificio donde Despiste habita, en función de su trabajo, tiene muy claro lo de las fechas de declaración de renta. Aún así, para evitar malos entendidos con un propietario tan cumplido, verificó cuidadosamente los plazos de la obligación tributaria antes de responder la inusual consulta.

Quien no pudo atender los requerimientos de Despiste fue el conductor que lleva años prestándole servicios de transporte.  Eso sí,  muy educadamente le contestó que era imposible llevarle el mercado  porque ese día ya lo tenía copado. Por eso tampoco le pidió datos adicionales, ya que el escueto mensaje no daba detalles clave como dónde había que recogerlo y cuál era el contenido.

En la EPS también le replicaron pidiendo datos concretos, porque para ellos no era factible confirmar una reserva solo con el nombre. Ademas le sugirieron ser más específico sobre si lo que había reservado era una consulta, un laboratorio, una imagen diagnóstica  o algún otro tipo de atención en salud 

La lista de interlocutores con pedidos o preguntas cuando menos inesperadas de parte de Despiste podría seguir entre parientes, amigos, proveedores de servicios de múltiples especialidades, conocidos ocasionales o instituciones de esas con las que la gente termina desarrollando relaciones más o menos permanentes.

En honor a la justicia hay que decir que a Despiste no le pasa nada que no le ocurra a otros seres humanos. Poseer un teléfono inteligente implica un flujo constante de mensajes escritos a y desde diferentes destinatarios. En medio de tanta escribidera, es inevitable que, de vez en cuando, alguien termine enviándole una comunicación al destinatario incorrecto. 

A todos nos ha pasado por lo menos una vez. Pero a muy pocos (por no decir ninguno) le pasa tantas veces y, sobre todo, tan seguido como a Despiste.  Además, de alguna manera el receptor equivocado siempre tiene alguna lejana relación con el asunto de la petición, por lo que le suena raro, pero no improbable. Y como Despiste es buena gente, pues hay que ver como ayudarlo. 

Como a Despiste siempre le contestan algo, presume que no debe explicar su error de envío. Por eso nunca se enteran de que el mensaje era para otro. La suegra de que era para la agencia de viajes, el técnico de que era para el abogado, el sacristán de que era para el plomero, el profesor de que era para el corredor de seguros, la administradora de que era para el contador, el conductor de que era para el supermercado, la EPS de que era para el hotel y una interminable lista de etcéteras.

Despiste manda mensajes a las personas equivocadas. Ellos le contestan. Ese es el problema.

Y si algún lector conoce o ha vivido historias similares, lo invito a compartirlas en los comentarios.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Seguridad financiera

A Fercho no le gusta eso de compre ahora y pague después.  Él no se endeuda mientras no sea algo indispensable  y por eso nunca ha tenido tarjeta de crédito. Él es más de ahorre primero y compre después. 

Un día cualquiera fue al banco a renovar su tarjeta débito. La funcionaria a cargo, luego de atender su pedido, le anunció al cliente que tenía asignada una tarjeta de crédito a su nombre. No me interesa, gracias. Tranquilo don Fernando, la puede cancelar cuando quiera. No quiero pagar cuotas de manejo. Está exenta durante un año. No quiero pasar papeles ni hacer trámites. Ya está todo aprobado. Me parece inseguro eso de que le manden a uno tarjetas a la casa. Acá se la tengo. En cinco minutos se la entrego y queda activa.

Los argumentos se le acabaron a Fercho. En cambio, historias ajenas pero cercanas con toque dramático (visos trágicos incluidos) le recordaron la importancia de tener un recurso para gastos de emergencia. Simplemente dijo que sí y salió del banco no con una, sino con dos nuevas tarjetas en su billetera.

Su comportamiento con la plata no solo era ahorrativo y juicioso sino preventivo. Apenas dejó la sucursal fue al cajero y cambió las claves. En casa guardó los instrumentos de pago en un lugar medio secreto. Otra medida de seguridad era solo sacar y portar el dinero plástico cuando lo iba a utilizar. Al día siguiente se dispuso a destruir la tarjeta débito vencida, como recomendaban los expertos. 

Justo en ese momento sonó el teléfono. Le reportaron un lío laboral de esos que no tenían por qué ocurrir, pero ocurrían. Aunque Fercho no era parte del problema, le tocaba aportar a la solución. La conversación telefónica no arregló nada. En cambio, lo dejó ofuscado tirando a furioso. Para rematar, debía movilizarse —urgentemente— al sitio. Antes de salir desahogó su rabia picando, tijera en mano, el plástico vencido.

Cuatro meses después las prioridades eran otras. Proponerle matrimonio a su amada. Reservó en el mejor restaurante de la ciudad. Preparó una elaborada estrategia. Comer, pedir la cuenta, y cuando la trajeran con la habitual dosis de mentas ofrecerle una pero, con un sencillo juego de manos, cambiarla por el anillo. 

Problema de última hora. El restaurante, además de bueno, era caro. Muy caro.  En fin de mes había poca liquidez en el bolsillo y existía la posibilidad de que lo que tenía en su banco fuera insuficiente. Si eso no era una emergencia, se parecía bastante. Así que a la tarjeta débito le agregó la de crédito, por si acaso.

Todo transcurrió de acuerdo con el plan. Trajeron la cuenta. Efectivamente superaba el saldo disponible. No hay lío. Fercho le pasó la de crédito al mesero y se preparó para hacer su acto de magia cuando...

— Disculpe señor, su tarjeta está vencida.

Más tarde, mientras caminaba solitario hacia su casa, Fercho reflexionaba sobre tres temas. 

Primero, por qué las tarjetas de crédito y débito de su banco tenían que ser tan parecidas.

Segundo, en qué pensaba al destruir una tarjeta de crédito nueva apenas un día después de recibirla, y por qué ni ese día, ni en los siguiente cuatro meses verificó, antes de intentar pagar con dos pedazos de plástico inútil (uno vencido y otro con saldo insuficiente) la cuenta en el mejor restaurante de la ciudad.

Y tercero, el más importante de todos, cómo haría para recuperar a su amada, quien estaba comprensiblemente furiosa después de que a ella le tocó asumir esa cuenta.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gente con ideas

Parece algo sencillo. Reunión de antiguos compañeros. Uno de ellos es socio de una distribuidora de licores, lo que garantiza la parte etílica del asunto. Otro ha incursionado con éxito en el negocio de la pizza. Ofrece un menú con opciones. Están reunidos. En cinco minutos definen la fecha. Solo falta el sitio.

Prudencio no dice nada. Solo piensa: Aquí vamos.

La que llamaremos Sensata hace sugerencias. Para no complicarle la vida a nadie, propone descartar residencias familiares. Una rápida lluvia de ideas incluye salones comunales, terrazas, centros de eventos y similares. Sensata recomienda buscar un lugar equidistante que facilite el desplazamiento de todos. 

Interviene Disonante. No le gusta la pizza, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Ahorrador entra en la conversación. Afirma que las ideas de posibles locaciones parecen buenas, pero él conoce un salón barato y bien situado. Es el ideal.

Alguien pregunta exactamente dónde queda y cuanto vale. Ahorrador pide tiempo para confirmar unos datos. Entretanto Anacrónico, otro contertulio, sugiere un minicentro de eventos que está muy cerca de donde ellos se encuentran. Los invita a conocerlo. El grupo se moviliza hasta encontrar una tienda de esas que no pueden ver un local desocupado porque lo adquieren de inmediato. Aquí era, reconoce Anacrónico.

Interviene Disonante. La fecha le parece un poco complicada, pero se acomoda a lo que decida el grupo. Entretanto, Ahorrador hace llamadas y mensajea furiosamente desde su teléfono. Pide la palabra Voluntario. Se ofrece a buscar opciones para una posible locación. Los amigos se separan, acordando previamente un nuevo encuentro para ajustar detalles.

Días después, las caras en pantalla reemplazan la interacción presencial. Voluntario toma la palabra y muestra una lista de lugares potenciales. Todos ubicados fuera de la ciudad, en puntos lejanos y de difícil acceso. Le agradecen su esfuerzo, reconocen la buena intención, pero con toda la diplomacia del caso le informan (de nuevo) que eso no es lo que están buscando.

Ahorrador pide paciencia. Su contacto aún no le confirma si le puede dar o no el precio especial. Anacrónico recuerda un pequeño hotel con salones para reuniones de trabajo o sociales. La idea le suena al grupo hasta que alguien lo busca en internet, donde descubre que el antiguo alojamiento fue demolido y ahora es un parqueadero. Interviene Disonante. Él no toma trago, pero se acomoda a lo que decida el grupo.

Ahorrador acepta que posiblemente el lugar en el que pensó inicialmente no esté disponible, pero asegura poder conseguir otro, ese sí una verdadera ganga. Anacrónico evoca un restaurante donde solían almorzar en otros tiempos cuyo dueño alquilaba el espacio. Un contertulio adicional recuerda que, precisamente, ese popietario falleció unos años antes y el respectivo negocio lleva mucho tiempo cerrado.

El silencio a múltiples voces se rompe con una propuesta. Es el punto de partida para la discusión. Muchos hablan, nadie escucha. Disonante rechaza todas las ideas,  pero se acomoda a lo que decida el grupo

Solo Prudencio permanece en silencio. Recuerda otras historias con Ahorrador y sus descuentos inexistentes, Anacrónico y sus lugares desaparecidos, Voluntario y sus bien intencionados pero inútiles aportes,  Disonante y su inconformidad crónica. Genio y figura, hasta la sepultura. Así es la gente con ideas.