Justo cuando iba a salir, a Elías se le embolataron las llaves. Las buscó debajo de la cama, en la mesa, encima del escritorio, detrás de la nevera, dentro de la lavadora. En esas andaba cuando su esposa le preguntó por qué estaba hurgando en todo lado. Notificada sobre la ausencia, ella se dirigió al cuarto, metió la mano en un bulto de ropa sucia y sacó el llavero.
Más allá del misterio implícito, ese no fue el problema. El lío estuvo en el tiempo perdido durante la búsqueda. A Elías lo cogió la noche y tuvo que coger taxi. Otro descuadre en las cuentas familiares.
El conductor le preguntó para donde iba. El pasajero le dio una dirección del centro. El chofer puso mala cara, dijo que ese tráfico estaba muy horrible y comenzó a quejarse. Elías respondió, sin perder la calma: "Yo no puedo obligarlo a que reciba plata".
Lo bajaron del taxi.
Otro round perdido en la pelea diaria con la vida. Y aunque la derrota es su estado natural, muy de vez en cuando Elías se desquita. Son moscos de victoria en medio de un mar de leche de fracasos, pero... a nadie le puede salir todo mal, todo el tiempo.
Por ejemplo un día cuando, saliendo por la mañana, tarde, en afanes, a medio peinarse, los ojitos soñolientos de su hija de cuatro años lo miraron desde abajo antes de decir..."Tas lindo, papi".
La cara de ponqué de Elías sobrevivió las horas siguientes pese a que lo estrujaron en el bus de ida (y en el del vuelta también), lo salpicaron los carros, se le bloqueó el computador, le rechazaron el informe, le apareció trabajo de última hora a la salida y se le quemó el almuerzo en el microondas.
Otra vez fue cuando llegó tarde al trabajo. Lo recibió en plena puerta una supervisora. Exactamente esa supervisora que no le rebajaba una. Ella lo miró con cara de inquisición y soltó la pregunta malévola. “Don Elías,¿qué horas son?”
Cuando él, henchido de dignidad y orgullo iba a responder —en voz baja y mirando para el piso— “las 9 y 15”, el gerente general pasó a su lado pensando en quien sabe qué y le dijo a la súper: “Son como las 9 y 10 señorita Amado, acompáñeme a mi oficina que necesito revisar unos proyectos".
Pero la máxima ocurrió en aquella ocasión, mientras se encontraba en su puesto y se activó la alarma contra culebras. Era un sofisticado sistema de seguridad donde el portero le avisaba al ascensorista que le avisara a la secretaria que le avisara al auxiliar que le avisara a todos los demás que el de las joyas vino a cobrar.
Elías reaccionó instintivamente, pero muy despacio. Demasiado despacio. Iba para el baño a esconderse y se chocó de frente con el cobrador, quien a quemarropa le preguntó: ¿Don Elías, cómo andamos de cuentas?
Una sensación intermedia entre el éxtasis y el orgasmo acompañó a nuestro héroe en el momento de caer en cuenta de que los hechos le permitían responder lo que dijo a continuación.
"Estamos a paz y salvo”. Y se dio el gusto de agregar, “pero creo que la señorita Amado anda por ahí".
Uno no puede perder todas en la vida.

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