—Encontré esto mientras buscaba la fórmula de sus medicamentos. ¿Qué es?
El nieto le mostró al abuelo el papel. De 5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo. Cuidadosamente enrollado, ocupaba el menor espacio posible. ¿El contenido? Escrito a mano, sin márgenes y en letra tan pequeña que a duras penas se leía. ¿La información? Múltiples referencias a la historia de Colombia. Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos claves como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias.
El patriarca de la familia, modelo de rectitud, honradez y principios, reconoció de inmediato el objeto. Pero puso cara de no me acuerdo bien. De lo estoy pensando. Era una técnica perfeccionada con el paso de los años para evadir preguntas complicadas o, por lo menos, aplazar la respuesta. Lo recordaba perfectamente. La memoria lo trasladó al bachillerato, a un salón de clase. Frente a una hoja de papel respondía un examen de esos que requerían la mejor nota posible para efectos de supervivencia académica. La primera pregunta: bien. La segunda, más o menos. De ahí en adelante, ni idea.
Disimuladamente miró hacia el compañero más cercano. En la primera ojeada no vio nada. A partir de la segunda combinó contorsionismo, bifurcación visual y deporte de alto riesgo. Estiró y giró el cuello para observar mejor. Con un solo ojo, porque el otro chequeaba al profesor para que no se diera cuenta.
De lo que no se acordó fue de si la maniobra coronó. Es decir si el educador no lo detectó (con la consiguiente anulación de la prueba), si copió bien las respuestas, si estas eran correctas y si finalmente hubo una buena nota. Demasiados riesgos en una sola operación. Era mejor estudiar.
Otro recuerdo. Otro examen. Otras preguntas. La misma ignorancia. Esta vez las maromas fueron para ir a la fija. Sacar del pupitre o la maleta el libro o cuaderno. Acomodarlo donde él pudiera verlo, pero el maestro no. Abrirlo justo en la página con la información requerida. Vigilar al profe para que no lo descubriera en el ilícito. Tomar y transcribir correctamente los datos requeridos. Todo al mismo tiempo. Muy complicado. Era mejor estudiar.
La memoria lo llevó a una tercera sucesión de momentos. Un examen haría la diferencia entre vacaciones o habilitación de la materia. En casa, con el libro de historia de Colombia, el abuelo consulta, verifica y copia conocimientos que pasa por escrito (esfero de punta fina) a un pequeño pedazo de papel (5 a 7 centímetros de ancho por más o menos 30 de largo). Acontecimientos, batallas, descubrimientos y otros hitos acompañados de datos clave como fechas, protagonistas, lugares, causas y consecuencias.
Le decían comprimido, soplete, copialina. El antecesor analógico de las memorias USB. La mayor cantidad de información apretujada en el menor espacio posible. Un esfuerzo físico e intelectual de marca mayor. El método perfecto para copiar. Información 100 por ciento confiable, fácilmente manipulable y con infinitas posibilidades de camuflaje, desde múltiples escondites hasta la xilofagia (comer papel). ¿El problema? Los profesores que vigilan los exámenes también fueron estudiantes alguna vez. Era mejor estudiar.
No fue la primera ni la última vez que hizo algo parecido en tiempos del colegio. Pero tenía la responsabilidad de dar buen ejemplo. Optó por una mentira estratégica. Al nieto le quedó clara la respuesta, pero sigue confundido por el comentario final y, sobre todo, por la sonrisa socarrona del abuelo.
—La verdad no me acuerdo mijo. Debió ser algo del colegio. Era mejor estudiar.

En la mano, en la pierna, en el dobladillo de la falda… el ingenio no faltaba.
ResponderEliminarTal vez (enfatizo lo de tal vez) algunos no lo hacían, pero todos, por lo menos una vez, lo pensaron.
EliminarJa ja ja muy bueno
ResponderEliminarGracias por comentar y esos ja ja ja siempre son bienvenidos.
Eliminar