miércoles, 29 de abril de 2026

La enciclopedia ambulante pasa al uso de buen retiro

El tío Paco duerme poco. Se levanta temprano a pasear por el prado aledaño a la finca donde se ha reunido la familia. Inusualmente, un par de parientes, niño y niña, también han madrugado y se unen al caminante.

El pasto está húmedo. Paco le explica a los pequeños que eso no es lluvia, sino un fenómeno llamado rocío.

Como no tienen a la mano sus teléfonos, los menores escuchan con atención e interés.

Paco viaja mentalmente a su infancia. Mientras otros contemporáneos jugaban en la calle, trepaban árboles y cometían travesuras a espaldas de los adultos, él leía. Es más. Dicen que el hombre leyó una enciclopedia. No un capítulo, no una entrada, no un tema específico, ni siquiera un tomo. No. La enciclopedia completa.

Abundan testimonios sobre los datos que el lector aportaba en las conversaciones con amigos y familiares. Apuntes interesantes o respuestas a preguntas sobre objetos y actividades de la vida cotidiana. 

Antes del partido, Paco hablaba del inventor del balón. Después del cine referenciaba un clásico con argumento similar, actores y director incluidos. Mientras comían pizza explicaba el origen de la palabra. 

Como el tipo no se extendía ni pretendía dictar cátedra, sus aportes eran tan bienvenidos como efímeros. Datos curiosos, sí, pero olvidables e intrascendentes. 

De hecho, pudo habérselos inventado. Eran tiempos sin inteligencia artificial, sin aplicaciones, sin redes osciales y, sobre todo, sin alguien tan desocupado como para ponerse a verificar lo que Paco decía.

Precisamente, el éxito de los comentarios anecdótico-histórico-científicos decayó lenta pero inexorablemente por cuenta de la tecnología. Internet. Wifi. Dispositivos. Información disponible 24/7.

Por ejemplo, surgía una consulta sobre por qué el pan se llama pan.  Mientras Paco preparaba su respuesta, alguien ya la había encontrado. Primero en un portátil, después en una tableta, luego en teléfonos inteligentes que hacían lo mismo pero cabían en un bolsillo. 

Aunque nunca lo expresó públicamente, Paco extrañaba esos breves momentos de sabiduría de salón que lo convertían en centro de atención.

Por eso se sintió especialmente feliz ante la oportunidad de enseñarles a dos pequeños sobre la humedad mañanera que venía de la condensación del aire en clima frío.

Esa cuyos efectos eran similares a los de una leve llovizna.

Una leve llovizna que rápidamente aumentó en volumen y frecuencia.

Que oscureció el cielo y, acompañada de truenos y relámpagos, descargó toda su furia de aguacero mientras el tío y los niños corrían a buscar refugio.

Así terminó el último intento de Paco para ejercer como enciclopedia ambulante.

Disuelto en agua.

miércoles, 22 de abril de 2026

El himno de los caídos


Algunos viven a diario 
la maldición del caído 
pues sin importar horario 
al piso son atraídos. 

Es la situación graciosa 
para los que tienen vista 
el único que no goza 
es el gran protagonista. 

Él predestinado está. 
Tropieza, resbala o patina 
y aunque mucho esfuerzo haga 
siempre en el piso termina. 

En cámara lenta se ve 
ese momento preciso 
los brazos mueve con fe 
mientras choca contra el piso. 

No importa si mira al cielo 
o los ojos clava en tierra 
su destino está en el suelo 
cuando menos se lo espera. 
 
Obstáculos sobresalen
en el piso traicionero 
sus piernas no le obedecen 
después del choque certero. 

O es un hueco inesperado 
el que atraviesa su ruta 
llevando al predestinado 
a una caída absoluta. 
 
La lluvia humedece asfaltos 
dejándolos resbalosos 
y en vez del seguro salto 
pisa en falso y hace el oso. 
 
Cuando va acompañado 
cae sin pedir permiso 
sus amigos preocupados 
lo descubren en el piso. 

Un día en un recorrido 
él se esfumó de repente 
dejó a todos sorprendidos 
por su ausencia reciente. 

Una alcantarilla explicó 
la ausencia inesperada 
donde el sujeto cayó 
ya que estaba destapada. 

Todo el tiempo a él le pasa 
siempre algo similar 
todo cuidado fracasa 
ante su insólito azar. 

Lo legal siempre es su estado 
vive con honestidad 
pero termina enredado 
con la ley de gravedad. 

Se sueltan de vez en cuando 
los cordones del zapato 
así lo van enredando 
hasta mandarlo al asfalto. 

Si en la distancia saluda 
y un segundo se descuida 
siempre necesita ayuda 
pues es fija la caída. 

Ningún deporte domina 
porque ocurre cada vez 
es que en el suelo termina 
hasta jugando ajedrez. 

Y si de espaldas se mueve
sin vigilar donde pisa
en un tiempo mas bien breve
se cae y el golpe avisa.

Para escaleras bajar 
tiene estilo particular 
él no suele caminar 
sino rodar y rodar. 

Vive con muchos raspones 
pero nada de fracturas 
una de sus condiciones 
es una osamenta dura. 

Cuando el suelo es el destino 
no es problema masculino 
pues el fatídico sino 
es también del femenino.  

Muchas viven sus caídas 
en rutinarias acciones 
porque andan por la vida 
en traidores tacones. 

Y aunque en los tiempos actuales 
ya no usen zapato alto 
no importan los materiales 
ahí las espera el asfalto. 

Si con ropa nueva sale 
se sabe predestinada 
estrenar prenda equivale 
a una caída anunciada. 
 
Curiosa es la situación 
que viven ellas y ellos 
porque entre más altos son 
más veces caen al suelo. 

Quien este himno interpreta 
no pretende ser poeta 
solo rendir homenaje 
dedicado al personaje 
cuyo destino decreta 
de jeta contra el planeta.

miércoles, 15 de abril de 2026

Extremo tardío

De tanto leer historias de aventuras a Gabriel le dio por vivir su propio gesta. No pudo dedicarse a la piratería en Malasia. No pudo buscar tesoros en islas escondidas. No pudo descender por un volcán camino al centro de la Tierra. Tampoco pudo enrolarse en el cuerpo de mosqueteros del rey de Francia.

El joven lector vivía lejos del mar, de los volcanes y de Francia. Los únicos Reyes que conocía eran la familia de enfrente. En cambio tenía cerca montañas dignas de exploración y recorrido. Así que un día escogió un cerro: se echó morral a la espalda con una muda de ropa, agua y comida; e inició su epopeya particular.

Como eso pasó hace 80 años, Gabriel trastoca muchos detalles cada vez que cuenta la historia. Pero hay partes que no cambian. Se perdió. La comida y el agua se acabaron. Estuvo deambulando un par de días, sin tener idea donde estaba, hasta el feliz encuentro con unos campesinos que lo devolvieron a la civilización.

La desastrosa experiencia y la muenda que le dio su papá por volarse sin permiso lo alejaron del mundo de la aventura. Mucho tiempo después surgió una industria a la que le pusieron deportes extremos. Actividades de alta exigencia física y cierto nivel de riesgo real para la salud del practicante. Aventuras a la medida. Actividades que a Gabriel nunca le habían interesado. Hasta ahora.

Como los años no pasan gratis, la cercanía al primer siglo de vida terminó por pasarle factura a la movilidad del sujeto. Para trayectos largos (cualquier salida de casa clasifica como tal) debe utilizar una silla de ruedas y, por ende, alguien que lo acompañe ejerciendo el verbo empujar. La labor se la turnan parientes, amigos, personal de atención y espontáneos. 

Los familiares, sobre todo los más jóvenes, tienen clara su prioridad. No es la silla. Es el teléfono. Trabajan a dos manos. Con una empujan y con la otra atienden una llamada o miran alguna cosa en el celular. En movimiento. Levantando ocasionalmente la mirada. Casi todo el tiempo. O todo. 

Los parientes más maduros o los amigos también hablan, pero con Gabriel. Son animadas conversaciones mientras recorren andenes y calzadas. Las anécdotas, las preguntas, los chismes, todo eso que implica un buen diálogo y que puede distraer (y lo hace) a quien, en la práctica, es responsable de la movilidad y seguridad del usuario de la silla móvil.

Otra situación. El pésimo estado de muchos andenes los convierte en una verdadera trocha repleta de obstáculos para los peatones. Y en vías intransitables para Gabriel y su paseador de turno. Entonces es inevitable bajar a la calzada. La misma por donde andan los carros. Los buses. Las tractomulas. Las motos.

Claro, existen rutas exclusivas para vehículos de tracción humana (o de baja velocidad) de dos o hasta tres ruedas. De vez en cuando se ve a Gabriel debidamente empujado mientras recorre esos caminos. A su lado pasan patinetas, motos eléctricas. corredores en entrenamiento y una que otra carreta de reciclador.  También muchas bicicletas. Por algo las llaman ciclorrutas. 

A estas alturas de la vida, Gabriel toma las cosas como vienen y siempre les busca el lado positivo. Por eso cada salida a la calle se ha convertido en un desquite de esa aventura fracasada en su ya lejana juventud. Porque sin ninguna intención (o quien sabe) los comportamientos de sus acompañantes o la realidad de la infraestructura urbana convirtieron las salidas en silla de ruedas en algo mucho más interesante.

Un deporte extremo.   

miércoles, 8 de abril de 2026

Ese tal Habermas y yo, dice Don Arturo

Jürgen Habermas (1929-2026)
By Wolfram Huke, http://wolframhuke.de
Transferred from en.wikipedia to Commons by ojs., CC BY-SA 3.0,
 https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3546577

Se murió Habermas. Los que saben de eso se han dedicado a destacar su importancia. Arturo no sabe de eso. Lo que sí sabe es que para él, en diversos momentos de su vida, el tal Habermas fue importante. 

En el barrio había un combo de amigos. Al crecer la vida los fue dispersando. Pero no del todo,  Periódicamente se reunían bajo cualquier disculpa lo que, inevitablemente, terminaba en abundantes consumos etílicos. Durante uno de esos encuentros, el que llamaban Caradestopa y estudiaba algo terminado en ía (filosofía, antropología, sociología, nunca se supo con claridad) les presentó a Habermas.  

Arturo no recuerda detalles. Solo sabe que había mucho licor, Caradestopa echaba mucha carreta y en más de una ocasión habló de un tal Habermas. Y que al otro día, de ese Habermas apenas le sonaba el nombre.

Por esa misma época Arturo inició su propia formación profesional. Ingeniería. Números, máquinas, obras. El mundo real. La Mona, una compañera, escogió como materia opcional Filosofía Contemporánea.  El joven se sentía atraído (por La Mona, no por la filosofía) así que hizo otro tanto. Ella se retiró por problemas económicos. Él quedó atrapado en algo que no le gustaba, no comprendía, y cuyo profesor lo aburría mediante interminables peroratas alrededor del pensamiento humanista con énfasis en un tal Habermas. 

El estudiante hizo su mejor esfuerzo.  Intentó entender en clase. No pudo. Intentó leer directamente al autor. Tampoco entendió. Buscó a Caradestopa. No le entendió nada. Terminaron borrachos. Fracasó en la vocacional. En otro semestre se pasó a Taller de Ebanistería y le perdió por siempre la pista a La Mona.

Años después, Caradestopa se graduó y armó fiesta. La reunión juntó parientes, viejos amigos y colegas. Arturo aterrizó, como escucha, en una conversación de barbudos. En algún momento dos de ellos se trenzaron en tremenda discusión sobre algo llamado acción comunicativa y ética discursiva. 

Aburrido como ingeniero en pelea de intelectuales, Arturo decidió retirarse. Uno de los conversadores (el que iba perdiendo el debate) lo agarró como escudo mientras tomaba un segundo aire… “¿Y usted qué opina? ¿Debemos asumir el discurso ignorando el componente procedimentalista de Habermas?”.

En el mundo de Arturo opinar era defender su equipo de fútbol, discurso las bobadas que decían los políticos, componentes las piezas de un computador y procedimiento una lista de instrucciones. Al unir todas las ideas lo único que atinó a responder fue un largo e interminable Uhmmm...

Por suerte, Caradestopa apareció y se lo llevó a otro grupo, donde le presentó a Patty. La conversación entre los dos jóvenes fluyó sobre diversos temas. Cine, televisión, viajes, lugares, artistas y lecturas, que fue cuando ella inocentemente comentó: “Ahora estoy leyendo el último libro de Habermas, ¿tú ya lo leíste?

Han pasado muchos años. Arturo no lo ha leído todavía. Terminó y luego ejerció su carrera con éxito. Se casó con la mujer de su vida (no fue Patty). Tuvo hijos. Ellos lo llaman Papá. Le dieron nietos. Esos que le dicen Abuelo. Otras personas, ajenas al círculo familiar, se refieren a él como Don Arturo.

El nieto mayor, tras una exitosa gestión como edil de su comunidad, ahora quiere ser concejal. El patriarca  y su descendiente conversan seguido. No siempre en términos cordiales. No es por las diferencias de edad, ni por los contextos culturales diferenciados, ni por el abismo generacional, ni por las posturas ideológicas. 

Es que Don Arturo está mamado de que su nieto cite todo el tiempo a un tal Habermas.

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.