miércoles, 8 de octubre de 2025

Se alargó, el tiempo se alargó

Quien protagoniza debe estar solo. Sin la compañía de seres vivientes. 

Cumplido ese requisito, vienen los posibles escenarios. El de arranque puede ser una sala de espera donde los segundos pasan a ser minutos. Minutos que se cuentan primero de uno en uno, después en tandas de cinco, luego en decenas hasta que se acercan peligrosamente a, e incluso sobrepasan, la hora, las horas...

Lo mismo ocurre cuando el personal hace algún tipo de fila, con el agravante de que esta es de pie, a veces en plena calle, sometidos a la furia de los elementos. Ahí el tiempo transcurre bajo el sol inclemente, el viento gélido, la penetrante sensación de frío o el agua que cae del cielo en todas sus variantes, desde la llovizna pertinaz hasta el tremendo aguacero.

No hay que estar en un sitio fijo. Puede ocurrir en medio del desplazamiento en carro. Un accidente que no se ve, una obra que se supone va a traer beneficios algún día (pero, definitivamente, no este día), o una sobredosis de motorizados la cual rebasa la capacidad de la vía.  La velocidad se reduce hasta llegar a 0 kilómetros por hora.  Ya no hay forma de llegar puntual. Solo resta quedarse ahí, en la mitad del recorrido esperando un cuando incierto... cuando se normalice el paso.

En ocasiones importa el día. Es sábado, domingo o festivo. La totalidad de actividades aplazadas para el fin de semana fueron cumplidas. Las actividades recreativas de todos los fines de semana también. Se hizo —sin éxito— una ronda en busca de compañero o compañera de aventuras (o de aburrimiento) para el tiempo libre. Y al llegar la tarde (siempre es por la tarde), las horas comienzan a pasar… en cámara lenta.

Otras veces depende de los demás. De esos que cancelan lo que estaba programado para determinado lugar, día y hora. Ese no es el problema. La dificultad es enterarse exactamente (o pocos minutos antes) en ese lugar, día y hora.  Hay algo peor. Cuando el implicado no se entera pero sigue ahí a la espera de ese alguien que no aparecerá y quien, sin anestesia, lo dejó plantado.

Sucede en el trabajo. Convocan con la debida anticipación a una reunión indispensable. Nadie puede faltar. Será trascendental para la organización, para la sección, para los trabajadores, para el universo. Todos los pendientes se adelantan. Hay que disponer de ese tiempo sin ninguna otra prioridad. Llega el momento, llegan los convocados. No llega el jefe. No hay reunión. ¿Podemos irnos? No. Hay que cumplir el horario. 

Claro que algunos viven la misma situación en su casa, en teletrabajo. Y es exactamente igual a cuando el amigo o pariente suspende a último momento esa actividad para la que se reservó una tarde completa. Sin opciones. O cuando el técnico de turno anuncia su inminente visita a la 1, y no llega a las dos, no llega a las tres, no llega a las 4. Eso sí, cada 20 minutos llega el impajaritable mensaje de “ya voy llegando”.

Así es como, inesperadamente, disponemos de mucho tiempo libre. Lo malo es que nos coge fuera de base. Quedamos desprogramados. Y nada ralentiza más el paso de segundos, horas y minutos que la desocupación.  Claro, el personal modelo 2025 puede sacar su teléfono y colgarse de alguna red social, lectura en línea, video, juego, llamada o música. Pero esos aparatos no siempre existieron. Aunque eso es otra historia.

De cualquier forma, sometidos a la implacable dictadura del tiempo muerto, sin excepción, antes de hacer cualquier cosa habrá que formularse la pregunta cuchi cuchi.

¿Y ahora qué hago?

2 comentarios:

  1. Muy cierto sobre todo en las salas de espera donde antes ponían revistas y ahira en varias no hay

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