miércoles, 26 de noviembre de 2025

Una jugadita, por amor a Dios

No había pasado tanto tiempo. No, por lo menos, en opinión de García. Años antes y, más importante, unos cuantos kilos antes, tenía su rutina dominical.  Simple. Iba al parque público. Buscaba basketbolistas de fin de semana (domingos y festivos).  Dejaba ver su interés de participar para que lo escogieran. Existían estrategias. Saludar si encontraba alguien con quien ya hubiera compartido actividad deportiva. Integrarse a los tiros de calentamiento bajo el aro (mejor con balón propio). Poner cara de quiero jugar. 

Funcionaba.  El baloncesto era como una liguilla. Equipos de 3 o 4 personas. Cualquiera fichaba a García. Los partidos, en media cancha, iban a cinco puntos. Quien ganaba seguía en competencia. Quien perdía pasaba al final de la fila hasta que tenía otra oportunidad. Y así pasaba una tarde saludable de sol y ejercicio.

Pasaron meses, años y cambios. Noches de sábado demasiado agitadas. Otras actividades. Turnos laborales de domingo o festivo. La rutina semanal pasó a quincenal, mensual, esporádica... hasta que desapareció. 

Unos cuantos calendarios después del último partido vino la recomendación del médico. “Bájele al sedentarismo señor García. Métase a un gimnasio. Allí le definen una rutina adecuada para su edad y condición física. El resto es cuestión de disciplina”. Como se ve, el profesional de la salud no tuvo la culpa. El paciente tenía instrucciones claras. Solo debía seguirlas. No lo hizo. 

Él (García) ya sabía cómo, cuando y dónde hacer ejercicio. Así que el domingo siguiente se levantó temprano y después de rebuscar entre la ropa vieja se puso la pantaloneta. Curiosamente, su hermano gemelo hizo exactamente lo mismo. Se veía ridículo. Piernas fofas, piel color leche y bananitos sobresaliendo por encima de la cintura.  A punto de burlarse cayó en cuenta de dos cosas. Primera, él no tenía un hermano gemelo. Segunda, él sí tenía espejo de cuerpo entero, justo frente a su antiatlético (de la estética ni hablar) cuerpo. Plan B, pantalón de sudadera (color zapote, único disponible) y la también única camiseta ancha, verde fosforescente con estampado de campaña política.

Siguiente parada. El parque de siempre. Más o menos el mismo. Aunque en la versión que él recordaba los usuarios no eran tan jóvenes. Buscó un grupo que estuviera armando partidos. Se acercó al borde de la cancha y puso cara de quiero jugar, acompañada de una sonrisa seductora (deportivamente hablando).

45 minutos después, la expresión facial había evolucionado a modo súplica. Se armaron equipos. No lo incluyeron. Llego gente nueva y armaron más. Tampoco lo convocaron.  Veía como lo miraban a la distancia. Si era una persona, inmediatamente reorientaba los ojos, como quien busca otra alternativa. Si eran más, murmuraban algo entre ellos y reorientaban las miradas, como quien busca cualquier otra alternativa.

A estas alturas García entendió que tal vez ese no era su momento y que valía la pena revisar lo del gimnasio. Así que... se quedó esperando el milagro. Ocurrió. Ese grupo llegado a última hora necesitaba un jugador. No había nadie más. Sin mucho convencimiento, y tras lo que a lo lejos pareció una especie de discusión, se acercaron al hombre e hicieron la pregunta mágica: ¿Juega?

Sí, entró a la cancha. Sí, alcanzó a recibir y dar pases. Hasta tuvo un lanzamiento al tablero. Pero tras el primer salto vino ese apocalíptico dolor muscular en la pierna derecha (calambre, diría un coequipero). Así que jugar, lo que se dice jugar, no corresponde exactamente a lo que García hizo en ese par de minutos.

Cierto parque público tiene leyenda urbana. La del cucho que esperó toda la tarde para jugar baloncesto y se lesionó a los dos minutos. 

Algunos aseguran haberlo visto cotizando gimnasios. 

En el parque jamás lo volvieron a ver.

4 comentarios:

  1. Ser 'atleta de fin de semana' es de por sí un deporte de alto riesgo :-)

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  2. 🤣🤣🤣 mejor ir al gimnasio solo , pagar para no pedirle a nadie que lo incluya y así hacer el oso en modo anónimo.

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