Finalizado ese proyecto estresante y agotador Rojas pudo, por fin, tomarse las altamente aplazadas vacaciones. Buscó un hotel lejano en un pueblo ídem. El escenario perfecto para desconectarse del mundo y gozar de paz y tranquilidad sin el acelere y el ruido del siglo XXI. Llegó, se registró, ingresó a la habitación y se recostó para disfrutar de aquella siesta que llevaba varias semanas embolatada.
Justo en ese momento comenzó la bulla. Música bailable a todo volumen. A Rojas solo le llegaban los bajos y parte de la percusión. Vibraciones que se sentían como algo que venía del interior de su propio cuerpo. De camino a la recepción a hacer el reclamo, descubrió la fuente del sonido. Un poco de adultos mayores improvisaban pasos en un salón del alojamiento. Y dirigiendo la coreografía, como no, un recreacionista.
A lo largo de su vida, Rojas se ha encontrado con una curiosa cofradía especializada en sabotear sus descansos. Lo obligan a participar en actividades que no le interesan. Convierten escenarios vacacionales, laborales y sociales en rutinas difíciles, tan intrascendentes como irracionales.
Comenzó en su infancia, durante algún paseo familiar a centro recreacional. El pequeño solo quería chapotear en la piscina todo el día. Hasta que el o la joven de turno convocaba, a gritos, a todos los niños.
Porque siempre gritan. Y si tienen micrófono y parlante, también. Pero ese es solo el principio.
Rojas (entonces Rojitas) terminaba involucrado en un juego de lleva acuático donde nunca lograba tocar a nadie; o intentando esquivar golpes de un balón que siempre le pegaba, o en una versión del anterior donde él le pegaba (con el balón) justo al llorón o a la llorona. O tragando agua mientras intentaba recuperar un objeto brillante e inútil del fondo de la piscina. Siempre reclutado, a la brava, para alguna dinámica.
Dinámica, esa palabra lo perseguiría durante la adolescencia, juventud y adultez. Primero en escenarios de ocio, donde el gritón o la gritona de ocasión se las ingeniaba para convertir ese ocio en actividades cada vez más complicadas. Así, tuvo que revelar intimidades frente a personas que acababa de conocer. Construir enrevesadas manualidades con papel, cinta pegante y límite de tiempo. Realizar complejos movimientos (des) coordinados en grupo cogidos de la mano, agarrados de una cuerda o amarrados a la misma.
En todos los casos, Rojas hubiera preferido ver televisión, leer, procrastinar, o socializar con alguna contemporánea en la cual estaba particularmente interesado. Ella, por cierto, siempre terminaba en el equipo contrario si la dinámica implicaba algún tipo de competencia. Y cuando en medio del movimiento el hombre golpeaba a alguien involuntariamente, ese alguien era, por supuesto, ella.
Rojas finalmente alcanzó la edad donde podía decidir libremente si participaba o no en las dinámicas. Eso creía él. El mundo laboral llegó con las jornadas de integración, promovidas por el empleador del momento. Por fuera de la oficina, pero en días hábiles. De asistencia voluntaria, pero altamente recomendable para efectos de supervivencia laboral. También incluían gritones, vergonzosas revelaciones públicas, y actividades físicas tan inútiles como intrincadas. Recorrer una distancia mínima de la manera más difícil posible sorteando obstáculos imaginarios. Transportar un huevo en una cuchara... en la boca. Y, si había presupuesto, emular concursos de televisión tipo Castillo de Taskeshi, Telematch o algo parecido.
Y esta vez, sin escapatoria posible.
Nuestro protagonista no es rencoroso. Evita el conflicto o busca soluciones civilizadas. Pero si existe alguien que pueda catalogar como enemigo, está seguro de una cosa. Debe ser un recreacionista.

Yo siempre he sido incompatible con los recreacionistas no veo la hora de que terminen su intervención en la fiesta y se larguen
ResponderEliminarAlgunos preferiríamos que se quedaran... en sus respectivas casas.
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