miércoles, 21 de enero de 2026

Cuasitragedia familiar "offline"

Una rápida revisión a los calendarios permitió ubicar tres días libres, en las primeras semana del año, que toda la parentela tenía disponibles. Alguien puso la palabra finca en la agenda, otro habló de arriendo. Le metieron tecnología al asunto y, contra todo pronóstico, consiguieron un lugar disponible a buen precio.

El combo familiar armó oficialmente paseo. Encabezaba la matriarca (abuela). Complementaban los hijos e hijas con sus respectivas parejas, y sus propios hijas e hijos, desde recién nacidos hasta adolescentes. Unos tíos y primos, reclutados a última hora, completaron el cupo y permitieron redistribuir el costo.

Aunque nadie lo dijo en voz alta, hubo alivio general al comprobar que la estancia campestre correspondía a las fotos. Historias y experiencias negativas generaban un comprensible temor a ser estafados. Pero no. La casa entre montañas, la piscina, las hamacas y demás infraestructura se encontraban en perfecto estado.

Fue una de las nietas la que descubrió el pequeño detalle. Sacó su teléfono, tomó algunas fotos y empezó a buscar señal para compartirlas en sus redes sociales. No la encontró donde estaba. Se movió a la derecha. Tampoco. A la izquierda, menos. Buscó un punto alto sin que las barritas indicadoras dieran la más mínima señal de vida. La joven le dijo a su mamá, su mamá le dijo al esposo y el esposo le preguntó al encargado.

— Ah, eso. Aquí no entra ni internet, ni celulares ni nada de eso. Creo que es por las montañas o algo así.

La inesperada revelación generó reacciones. A la abuela y a los niños (quienes ya estaban pidiendo pista para la piscina) les importó un rábano. Entre los adultos hubo preocupación de parte del trabajomaniaco, que ya había agendado un par de reuniones en línea;  inquietud entre los y las que se daban su dosis diaria de redes y videos; y preocupación específica de parte de un personaje que tenía programada una cena especial preparada siguiendo instrucciones, como no, de su web de cocina favorita.

Los jóvenes entraron en pánico. Vislumbraron tres eternos días con sus noches desconectados del universo, perdiendo experiencias y novedades, sin poder compartir imágenes ni comentarios. Lo peor era la perspectiva de integrarse obligatoriamente en actividades de adultos, desprovistos del refugio protector de las pequeñas pantallas. En cambio, los mayores anticiparon 72 horas de mal genio adolescente, displicencia, apatía y mucha, pero mucha mala cara.

Un primo, cuyo rango etario lo ubicaba donde termina la juventud y empieza la adultescencia sacó una caja de su maleta. Contenía un tablero plegable y bolsitas transparentes en los que se veían pequeñas figuras plásticas y dados. Entonces anunció, en tono de salvador recién graduado: —Tranquilos, traje parqués.

— ¿Par… qué? 

Hubo que explicar que para jugar no se necesitaban pantallas, que la mesa no servía solo para ingerir alimentos o chatear mientras se comía. Hubo que dictar el curso completo de movimientos, reglas, estrategias, dinámicas y soplos relativos al parqués. Finalmente, milenials, zetas y alfas entendieron el concepto y,  con bastante desconfianza, accedieron a probar a ver que pasaba.

Dicen que la familia nunca había tenido jornadas de integración como las de aquellos días, y que todos los años vuelven a la misma finca.

Lo único que cambia es el juego de mesa.

4 comentarios:

  1. Espectacular todas las vacaciones deberían ser asi

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  2. Increíble. El internet es ahora otro servicio público. Excelente oportunidad de compartir
    Y divertirse son los juegos de mesa

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