miércoles, 1 de abril de 2026

Palabras de amor

GEC es lo que en otros tiempos llamaban solterón. Para librarse del apelativo solo había que casarse. Pero si pasaban los años sin boda la denominación cogía fuerza. El solterón a secas evolucionaba a “el” solterón. El solterón de la familia, el solterón de la oficina, el solterón del barrio, el solterón del pueblo.

Actualmente la gente no se casa. La gente tiene pareja. Agregarle ceremonia con sacerdote, pastor, rabino, juez o notario al asunto es opcional. Así que GEC no es un solterón, sino alguien que no ha tenido pareja. O por lo menos pareja estable. Lo suyo es una opción de vida. Libre desarrollo de la personalidad. Él escogió. 

Mentira. Él no escogió. Lo suyo es cuestión de estrategia. Estrategia de comunicación. De las que no funcionan. Supongamos que en el mundo quedan solo una mujer (cualquiera) y un hombre, GEC. Se encuentran. El tipo habla. La especie humana se extingue para siempre.

Situación 1. A GEC no le salen las palabras. Lo poco que dice aleja en vez de acercar. Le pasa cuando le gusta, está enamorado (o cualquier variante intermedia) de su interlocutora. Esa primera cita, ese encuentro casual, ese espacio inesperado o planeado siempre termina en un desastre comunicacional. 

La teoría clásica habla de un emisor, un receptor, un canal y un mensaje. En todos los casos donde GEC es el emisor y el mensaje es “tú me interesas”, la receptora no entiende nada o recibe otro mensaje. El mensaje de que este tipo es como medio tarado, no entiendo lo que me quiere decir, qué le pasa a este man, por qué no me quedé en mi casa, o por favor, necesito que alguien me saque de aquí.

Diga lo que diga GEC, siempre pierde. Su palabra es la soga del ahorcado. Y él es el ahorcado. La facilidad de expresión muere frente a aquella que lo atrae. Su intelecto desaparece y solo musita estupideces, porque ni siquiera es capaz de vocalizar adecuadamente. Es un desastre. Y él lo sabe.

Situación 2. La buena noticia es que a veces se destraba la caja y GEC empieza a hablar. ¿Y eso cómo funciona? Fácil, no funciona. Interrumpe a su interlocutora. Corta las conversaciones. Responde con monosílabos a preguntas que pudieron dar pie a un buen diálogo. Se extiende innecesariamente en tópicos insulsos como el clima, el color de las cortinas, o algún tema técnico relativo a su profesión que ni siquiera a él le importa. Profundiza con lujo de detalles descripciones relacionadas con su estado de salud, situaciones donde escasea la higiene o anécdotas desagradables de amigos, parientes y, lo que es peor, propias.

Solo es cuestión de tiempo para llegar a los silencios eternos. La otra parte se queda callada y mira hacia todas partes. Está incómoda. Necesita irse. Algunas simplemente lo hacen. Cuando no, se agarran de cualquier excusa para escapar. Se zambullen con desesperación en su teléfono inteligente. Buscan conversación con un mesero, alguien de otra mesa, el perrito de la zona pet friendly. Tienen recuerdos instantáneos de actividades inaplazables que deben hacer en ese momento. Solo quieren una cosa. Largarse.

Cierto, posiblemente a todos les ha pasado por lo menos una vez. O dos, hasta tres. Pero a GEC le pasa todas las veces. En cambio, en otros escenarios la coordinación entre sus palabras e ideas es perfecta. Un manejo verbal ideal, hasta conquistador, pero no para las personas adecuadas. 

En ocasiones surge, medio en serio y medio en broma, la pregunta  ¿Y usted por qué no tiene pareja? GEC responde de forma detallada, clara, precisa, grandilocuente y convincente.

Y siempre cambia la mentira.

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