miércoles, 27 de mayo de 2026

El nacimiento de una pasión

Tiene entre tres y cuatro años. Duerme. Empiezan los ruidos. Primero un rumor que, lentamente, crece en frecuencia e intensidad. Esa intensidad y la permanencia de los sonidos lo sacan, poco a poco, del mundo de los sueños.  Son voces.  Somnoliento, el pequeño se levanta de la cama en busca del origen del escándalo. 

El universo de Efra tiene varios habitantes permanentes. Él está todo el día con la señora grande a la que le dice mamá. Ella lo despierta. Lo baña. Lo viste. Le da de comer. Juega con él. Lo consuela cuando llora. A veces lo lleva donde otras señoras grandes y otros niños y niñas. O esas señoras y los niños van a su casa.

Por la tarde llegan los hermanos mayores. No son tan grandes como papá y mama. Se visten igual todos los días menos los sábados y domingos. Hablan con mamá de algo que se llama colegio. Ella le dice a Efra que en unos años él también irá.

Está el señor grande al que le dice papá. Ese que solo ve los fines de semana. A veces lo oye, de noche. Cuando están juntos le dice cosas que él no entiende. Lo alza y lo hace reír. Algunos fines de semana salen a pasear con la mamá y los hermanos mayores.

También hay tíos y tías. A Efra le gusta que vayan porque traen dulces y juguetes. Y porque llevan a los primos para jugar. Otra cosa que le gusta es ir donde los abuelos. La abuela es una señora con la cara arrugada. Siempre tiene cosas ricas para comer. El abuelo es un señor grande, pero no tanto como papá. Tiene la cabeza como un helado y muchos pelos en la cara. Habla poquito.

Los grandes nunca están todos juntos. Pero en la noche de los ruidos. Efra siguió la bulla hasta la sala del televisor. Ahí estaban. Todos con una camiseta del mismo color. Con banderas. Papá. Mamá. Hermanos, tíos, abuela, abuelo, primos. Hacían cosas raras.  Hablaban, pero no entre ellos, sino con el aparato de televisión. Más bien contra el aparato. Lo regañaban, lo insultaban, le rogaban. Se cogían la cabeza con las manos y vociferaban palabrotas que Efra nunca había escuchado. Había sillas pero se paraban a cada rato.  Uno de los hermanos se comía las uñas. El otro hermano se acurrucaba en un rincón del sofá con cara de susto. Los primos repetían un estribillo. Una tía parecía a punto de llorar.  

Efra no olvida lo que pasó entonces. Todos fijaron los ojos en el aparato, se levantaron. Pusieron cara de angustia, emitieron gritos ahogados. Decían cosas como dele, así, ese es, hágale, ahora, péguele. Hasta que las voces se integraron en una sola, con otra palabra que él jamás había oído. Gol.

No, no fue gol. Fue algo así como ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLL!

Todos celebraron. A grito herido. Hubo abrazos. Saltos. Puños al aire. Metamorfosis de rostros preocupados a caras alegres. De repente Efra estaba en medio de la fiesta. Papá lo tenía alzado. Mamá lo besaba. Los tíos, tías, primos, hermanos, abuela, abuelo festejaban. Algo muy importante acababa de pasar. 

…Don Efraín ha visto muchos goles desde ese día. A favor y en contra. Jugó fútbol, lo siguió apasionadamente, coleccionó álbumes. Lo gozó, lo sufrió y ahora se prepara para ver otro mundial.

Pero nada supera los recuerdos borrosos e imágenes sueltas de esa noche. Sabe que fue un partido de la selección. ¿Amistoso?, ¿eliminatoria?, ¿campeonato? Ni idea. ¿Contra quién? Menos. ¿Importa? Para nada. 

Ese fue su primer gol de hincha. De tele hincha. Su primer éxtasis futbolístico. Así nacen las pasiones.