miércoles, 24 de junio de 2026

Tendencias radicales a la hora de levantarse

La casa, el barrio, la ciudad, el país, el continente y el mundo están divididos en bandos irreconciliables. Un momento específico del día ha puesto a los seres humanos en posiciones extremas, opuestas, contradictorias y excluyentes. Su escenario natural es el más íntimo: la pareja, la familia, el hogar, la habitación. El momento temporal es el amanecer, incluso cuando aún reina la oscuridad.

Solo hay que levantarse de la cama y el conflicto se manifiesta. Para unificar la terminología del asunto acudo al Diccionario de Americanismos, primera acepción:  Tender: Disponer en orden los implementos de una cama, como las sábanas, las cobijas o las colchas. Efectivamente. Están los y las que tienden la cama en automático apenas se levantan; y los y las que dejan el embrollo de sábanas, cobijas y almohadas sin tocar durante el día, solo para hacer ajustes mínimos en la noche que permitan reutilizar el mueble involucrado.

Para los primeros, hacer la cama (otra forma de decirlo) no es una simple rutina doméstica. Es parte de su esencia existencial. Si se levantan, pasan minutos —o incluso segundos— y el lecho no se ha tendido, viven una tragedia. Esa voz interna que suena a manifestación les amarga la vida. No pueden iniciar ninguna actividad hasta cuando el mueble queda debidamente ordenado, en una combinación estético-cromática que alinea milimétricamente sábana, sobresábana. almohadas, cubrelecho, cobijas, pijama y cojines. 

El recién levantado no siempre coincide con quien tiende la cama. Sobre todo en actividades externas al hogar. A veces la tarea corresponde a personal de servicio, parientes o espontáneos. Pero no importa quien esté encargado.  Cuando la persona responsable no aparece, o aparece pero no actúa, el tendedor crónico no se aguanta y lo hace él mismo. Aplica para casa ajena, hamacas, hoteles, airbnb, moteles, carpas, glamping y residencias por horas. Él o ella no salen hasta dejar el tálamo organizado adecuadamente.

Al otro extremo viven los que nunca tienden. Bajo ninguna circunstancia. Son madrugadores o se levantan tarde. Andan acelerados o en cámara lenta. Su personalidad es creativa o pragmática. Viven solos, en familia o comparten residencia con otras personas. Nada de esto los define. Lo que los agrupa es su motivación. O la carencia de ella. Porque simple y sencillamente no les importa si la cama está tendida o no.

En su infancia y adolescencia tal vez les tocó arreglar el dormidero acatando órdenes de autoridad superior, generalmente familiar. Pero jamás crearon un hábito. Horas de cantaleta materna sobre el tema entró por un oído y salió por el otro. Y la cama ahí. Destendida.

Hay quienes se levantan y dejan el lecho y sus alrededores en statu quo. Almohadas caídas, nudo de cobijas y sábanas, colchón atravesado, nada importa. Otros se deslizan cual serpiente para que cama, cobijas y demás queden con todo relativamente en su sitio, pero arrugado, desordenado y asimétrico.

Cuando el destino pone ambas posiciones bajo el mismo techo el conflicto es inevitable. Hasta los mejores amigos terminan enfrentados si todas las mañanas se ven (y tratan) mutuamente como un maniático obsesivo del orden contra un anarquista irresponsable desordenado.

Para aquellas parejas que comparten cama el asunto pasa por etapas. En la fase romántica no importa, pero con el tiempo vienen los comentarios sueltos, las conversaciones cada vez más incómodas y las discusiones ruidosas, esas que pueden desembocar en convivencias problemáticas, separaciones o divorcios. Son crisis de pareja que demandan acciones urgentes. Es necesario tender puentes entre las partes en conflicto.

O tender esa cama.

miércoles, 17 de junio de 2026

El infierno no se detiene



Nota de la Redacción. Retomamos con actualizaciones algo escrito a finales del siglo pasado. Se supone que casi 30 años después algunas referencias ya no estarían vigentes. Se supone... 

Durante su vida,  Figueroa distó mucho de ser un santo. Mujeriego, vicioso, mentiroso, irresponsable y patán, lo que dejó entre sus conocidos difícilmente podría catalogarse como buenos recuerdos.

Con semejante prontuario, su muerte, para ser sinceros, no entristeció a muchos. El  deceso llegó una noche cuando la monumental borrachera de turno le impidió ver ese camión que venía bajando ese puente.

Durante la breve fracción de segundo antes del tiestazo definitivo, Figueroa se dio cuenta de que su vida había sido un desastre y que, si existía un infierno, él sin lugar a dudas clasificaba.

Pero después de aparecer en ese extraño hotel ubicado en medio de nada, donde compartía espacio con cavernícolas, conquistadores españoles, reyes chibchas, profesoras de mecanografía, vendedores de enciclopedias y otras especies extintas, sintió que el sitio, aunque apretado, no podía ser el infierno.

Su sorpresa fue más grande cuando el tipo (o la vieja) de alas lo llamó a su oficina y le dijo: “Mañana, a partir de las seis pasan por la avenida los buses al cielo. Usted tiene cupo. Hay uno cada quince minutos. El paradero queda en la acera de enfrente”.

Así que al otro día salió temprano, dispuesto a tomar su transporte e instalarse en calidad de residente permanente en la eternidad celestial. No iba solo. Lo acompañaban quienes en vida fueron un presentador de televentas, un jurado de reality y un filtro de discoteca de moda.

Llegaron al borde de la tremenda avenida. Ancha. Dos enormes calzadas de ida y vuelta que a su vez se subdividían en cinco carriles cada una. Por el sitio donde debían cruzar había un flujo constante de carros que aparecían uno tras otro en interminable caravana. No se veían semáforos por ninguna parte.

En ese momento se habían unido al grupo los espíritus (o lo que fueran) de un vendedor gringo de carros usados, un influencer especializado en chismes de farándula y un biciusuario al que se le veía la ropa interior. 

Entretanto, la fila de vehículos en movimiento seguía. Carros, motos, buses, camiones. Nunca paraba. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, rato tras rato, hora tras hora, el río de automotores copaba la avenida en una procesión inacabable. Cualquier intento de llegar al otro lado donde pasaban, vacíos, los buses marcados con el aviso “Directo cielo” era, sencillamente, imposible.

Eso sí, al anden llegaban más y más vivos en uso de buen retiro.  Entre otros, el creador de una pirámide financiera, el jefe de atención al cliente de una empresa de servicios y un fabricante de armas.

Al principio Figueroa se lo tomó con tranquilidad. Pero horas después esta dio paso a la angustia. De la angustia pasó al desespero, y del desespero a la rabia. No era lógico. Estaba a 100 metros de la felicidad eterna. ¿Por qué no podía llegar a ella?

Entonces se le ocurrió mirar quiénes conducían los automotores que conformaban el perpetuo flujo vehicular.

Eran de color rojo, con cuernos, y una sonrisa maléfica.

Figueroa entendió su destino. El infierno era cruzar una calle… a la hora pico. La hora pico eterna.

miércoles, 10 de junio de 2026

Todos somos Miranda Peláez

Hubo épocas en las cuales conjugar el verbo comprar implicaba desplazamiento obligatorio a locales comerciales. En el lugar respectivo se establecía una relación entre dos personajes. El rol de cada uno dependía de su ubicación. Delante del mostrador, el (la) cliente. Detrás del mostrador la (el) vendedora.

El cliente era feliz cuando encontraba un producto que satisfacía su necesidad y coincidía con sus expectativas de calidad y precio. La vendedora era feliz cuando el cliente se convertía en comprador.

El autor material de las Amilcaradas pasó parte de su vida detrás de un mostrador. Allí interactuó con muchos clientes y también con muchos (aunque no tantos) compradores. Pero no son estos los que motivan el presente texto. Son una categoría que nunca faltaba en el trajín diario del almacén. Los Miranda Peláez.

Lo de “los” es porque andaban en gavilla. La familia completa de papa, mamá, hijos, hijas, tías, primos, abuela y perro y el encargado de cuidar al perro afuera (en esos tiempos no existían los locales pet friendly). O patotas de amigos y amigas (por separado o revueltos), de compañeros de trabajo, de estudiantes sospechosamente ausentes de las aulas o de representantes de cualquier otro grupo social.

Iban con todo. Preguntaban precios, calidades, orígenes, usos, colores, texturas, garantías, tamaños y cualquier otra opción posible. Pedían ver no solo uno, sino varios de los productos comercializados por el local de turno. Discutían con el vendedor (a), discutían entre ellos y discutían con otros clientes.

Solían llegar en el momento más complicado posible. Pocos minutos antes del cierre que se extendía por aquello de que el cliente siempre tiene la razón. En días y horarios especialmente congestionados. Justo cuando la vendedora (or) estaba a punto de salir a almorzar, terminar su turno o con ganas de ir al baño.

Pero algo los distinguía de cualquier otro grupo de clientes. Algo que nunca, jamás, de ningún modo, never en la puerca life hacían. No importaba el tiempo que estuvieran en el negocio,  la cantidad de mercancía que revisaran, las preguntas interminables que debía responder el personal de atención. Ellos no compraban. 

No compraban nada. Solo miraban. Por eso cuando finalmente abandonaban el almacén, o incluso en voz baja mientras aún estaban ahí les pusieron un nombre. La familia Miranda.

Aclaración necesaria. Existían clientes con comportamientos parecidos pero con una diferencia clave. Aquellos que tras torturar al vendedor (a) de turno no desaparecían para siempre. Semanas, días e incluso horas después volvían. En plan de compradores. Entonces se llevaban parte o hasta mucho de lo que habían observado detalladamente en su primera vista.

En cambio, los Miranda jamás regresaban. Aunque no había forma objetiva de verificarlo, los trabajadores del comercio asumían que se trataba de una cuestión de poder adquisitivo. Eran los Miranda… y Peláez. Estaban arruinados, vaciados, en la pitadora, ilíquidos, pelados. De ahí lo de Peláez 

El autor de las Amilcaradas lidió con estos personajes muchas veces. Pero tiene que hacer una confesión. Él mismo, alguna vez (o demasiadas) estaba desprogramado en compañía de amigos, colegas o familiares. Entonces salieron hacia cualquier zona comercial para observar y preguntar por mercancías que no tenían ninguna intención de (ni medios para) comprar, por lo menos en el mediano o corto plazo.

Es un hecho. Todos hemos sido Miranda Peláez. 

miércoles, 3 de junio de 2026

La edad es solo un número

No. Adolfo no se siente viejo. O por lo menos no “tan” viejo. No todavía.

Es cierto que, cumplidos requisitos de edad y cotización, pasó a ser beneficiario del sistema pensional. 

Es cierto que prioriza aquellas actividades que puede desarrollar sin moverse (o por lo menos, sin alejarse demasiado) de su casa.

Es cierto que su círculo de amigos y parientes (sobre todo contemporáneos o mayores) tiende a reducirse.

Es cierto que, en cambio, aumentan sus relaciones profesionales con el honorable cuerpo médico y afines.

Pero aún mantiene su capacidad mental intacta, entrenada a través de los años con trucos mnemotécnicos.

Adolfo es bueno para los números. Al terminar la universidad comenzó a interesarse en política. Aunque había alcanzado la mayoría de edad hace rato, ese año votó por primera vez. Cerca a su casa. Mesa 15. 

No recuerda cuál elección era, por quien votó, si ganó o perdió. Él tiende a relacionar hechos con cifras. Así olvide los detalles. Así que cada vez que hay procesos electorales en su vida el 15 aparece en su mente.

Otro guarismo es 5,96. Corresponde a la nota (sobre 10) que obtuvo en Física en grado 10, gracias a la cual pasó al grado 11. Mucho tiempo después se encontró con su antiguo profesor, ya jubilado. Tomaba café con algunos amigos, igualmente retirados. 5,96 pasó a ser la representación numérica de pensionados aburridos echando tinto y carreta. 

Doce fue el número del cubículo asignado en su primer empleo. Doce se convirtió en la cifra que Adolfo relaciona con experiencia laboral. Cada vez que alguien habla de trabajo, el 12 se proyecta en su mente.

Para proponerle matrimonio a la que hoy es su esposa, la invitó a cenar a restaurante fino. Después de la entrega del anillo y demás arandelas, canceló $117.228 (servicio incluido). Así quedó como número del amor, de la pareja y de la familia.

Ahora que Adolfo disfruta de su jubilación, 12 se ha vuelto un número de apóstoles, de compras de fruta y pan, de cajas de huevos y de meses del año, de esos que pasan sumándole calendarios a la existencia. Ante la abundancia de tiempo libre se reúne con viejos amigos alrededor de una taza de café. Cada vez con mayor frecuencia. En promedio 5 veces por semana, aunque cada vez se acerca más al 6.

También comparte tiempo con la familia, que ya no solo incluye a su esposa sino a sus hijos, sus respectivas parejas y, por supuesto, los nietos. El 117.228 se ha multiplicado.

Como buen ciudadano, siempre cumple con su deber cívico. Hace poco votó. En su país, las mesas electorales se asignan por el número de los documentos de identificación, en orden ascendente. A mayor edad, menor es la cifra que identifica el punto adonde debe acudir el interesado.

Adolfo participó cerca a su casa. Por primera vez le tocó la mesa 1. Esa donde sufragan los más viejos. 

Es cierto que, después de ese día, Adolfo se siente viejo.