martes, 12 de enero de 2016

La esencia del proceso laboral


Dos años han pasado desde cuando Julián recibió su título de ingeniero de sistemas.  Sin embargo, el joven profesional no mide el tiempo en días, sino en hojas de vida. La que está a punto de entregar es la número 97. Pero esta vez, va a la fija.

En efecto, llena el perfil, Y el potencial jefe directo fue alguna vez su profesor de programación. La secretaria recibe los papeles y sonríe. Buena señal. Luego entra a su computador, consulta la agenda, da alguna orden e imprime un pequeño pero completo cronograma. Lunes, exámenes; martes, entrevista con el jefe directo (el ex profesor); miércoles, entrevista con la gerente general.

Y aunque no están escritos, la mente de Julián ve con claridad los dos pasos finales: jueves, aprobación; viernes, fin al desempleo.

Los exámenes son casi un juego. La entrevista con el ex profesor es un formalismo. Solo queda un escollo: la gerente general. Así que bien temprano, -por aquello de la puntualidad-, y bien elegante -por aquello de la presencia- Julián se sube a un bus -por aquello de no tener plata-  y parte a la cita con su destino.

Pero su destino también madruga en forma de señora con canasto de empanadas. Ella se sienta al lado del ingeniero. Sus alimentos vienen de un aceite de esos que están fritando desde el principio de los tiempos. El relleno es de origen desconocido, aunque con una lejana esencia de carne. El bus entero queda perfumado a empanada callejera, para disgusto de algunos, aunque no de Julián.

El chofer del vehículo de transporte público tiene afán. Así que corre, frena, toma curvas suicidas y hace que sus pasajeros se muevan de un lado para otro, cual carga indefensa. Por eso, la señora de las empanadas se bajó, pero dejó su discreto olor.  A Julian eso le pareció divertido.

Pero cuando él abandonó el automotor y el olor lo seguía acompañando, la diversión se volvió preocupación. De alguna manera la esencia de frito se había convertido en parte de su propia esencia. Dicho en términos menos filosóficos, olía a empanada barata. Y no había tiempo.

Así que llegó a la oficina de la gerente, anunciándose - inicialmente por vía nasal - ante una sorprendida secretaria, que por un intercomunicador con altavoz le avisó a su jefa que el joven aspirante estaba allí.

Julián oyó la respuesta: “Dígale que siga... y dígale a doña Tulia que deje de calentar esas empanadas horribles en la oficina. Todo huele a esa vaina”.


jueves, 7 de enero de 2016

Cuando Patricia se puso las pilas


Patricia dejó atrás la niñez y apenas entra en la juventud. También es inteligente. Muy inteligente. Pero hablamos de inteligencia modelo siglo XXI, no aplicable al uso tradicional de las neuronas sino al de aparatos a los que se atribuye  esa cualidad. Teléfonos inteligentes o, para utilizar el  extranjerismo, “esmarfouns”.

Volvamos a  Patricia. Sus destrezas incluyen chateo, guasapeo,  aplicaciones, selfis y otros neologismos que la mantienen comunicada y le garantizan acceso a servicios de información, ubicación, entretenimiento y una larga lista de etcéteras.  ¿Será necesario decir que la extensión natural de la mujer es su teléfono inteligente?

A esto contribuye que su familia hacía considerables inversiones en mantener actualizada su tecnología. Microondas táctiles, lavadoras y licuadoras digitales, televisor inteligente y hasta comandos de voz para algunas  actividades conformaban el menaje doméstico…  hasta que vino la crisis.

La cosa no fue dramática pero sí rápida. La madre –que tenía el mejor sueldo- se quedó  sin puesto por culpa de alguna crisis global de  productos básicos.  La familia, moderna pero no estúpida, montó plan de emergencia. Primero, pagar deudas para ahorrarse intereses. Segundo, cambiar hábitos de consumo. Tercero, mandar a la hija adonde los tíos en vacaciones, para que ellos se encargaran de su mantenimiento.

El mundo de los tíos era extraño. Muchos aparatos no eran digitales, sino que funcionaban mediante botones y en ciertos casos con algo más exótico todavía, perillas que giraban. Aunque también manejaban sus teléfonos inteligentes, tenían un extraño dispositivo conectado en la sala de la casa. Decían que se llamaba fijo y que servía para  hablar. Solo para eso. Llevaban una especie de pulsera para mirar la hora y escuchaban la radio a través de algo llamado radio, cuya única aplicación era escuchar radio.

Algunos televisores parecían embarazados, porque eran gordos y aparatosos. Se ponían sobre  mesas, en vez de colgarlos en la pared.  Y las pantallas de los televisores, -embarazados  y normales- tenían como función exclusiva mostrar las imágenes. Cuando las tocaban (a las pantallas) no ocurría nada.  Bueno, quedaban sucias, los primos se burlaban y lo único que les pasaba era un trapito húmedo. Lo mismo acontecía con computadores, portátiles y de escritorio.

Pero nada de esto fue tan extraño, exótico y misterioso como cuando se fundió el bombillo de la despensa. La tía le pidió a Patricia el favor que buscara una linterna. La  joven efectivamente lo hizo, pero al tratar de encenderla el aparato no tenía energía. Entonces empezó a  buscar el cargador. No aparecía por ningún lado. Al examinar  la linterna  notó que no tenía conector, ni era de las que incluía un enchufe para conexión directa.

En esas estaba cuando llegó la tía, extrañada por su demora. Al explicarle la situación la mujer sonrió,  abrió  la linterna  y extrajo dos objetos cilíndricos que fueron a parar la basura. Del cajón extrajo otros dos, los introdujo en la linterna y milagro, se hizo la luz.

Dijo que se llamaban pilas. Y no, no eran recargables.