viernes, 23 de febrero de 2018

La ventana

Se trataba de una operación sencilla que implicaba algo de caballerosidad, y, quien quita, la posibilidad de iniciar una relación. En el mundo ideal funciona así. El escenario es un bus. Es de noche, hay viento, llueve. Una joven de aspecto agradable intenta cerrar la ventana. Pero no puede.

Entonces el hombre, el caballero, el oportuno, interviene. Pide permiso en tono de locutor, y con un movimiento tan fuerte como firme cierra la ventana. Y es cierto, una ventana se cerró, pero, tal vez, se abrió una puerta. Ella agradecerá y el tono, la mirada, las palabras utilizadas serán la entrada a… quien sabe.

Así que nuestro héroe –se llama Guillermo  y se autodenomina Conquistador- puso cara de ventanero, se levantó de su silla, en tono cortés y levemente coqueto preguntó ¿te puedo colaborar?

Y sin esperar repuesta extendió el brazo hacia la ventana para cerrarla.

Y no se movió.

La ventana no se movió.

Segundo intentó.

Tampoco.

Situación. Hay una ventana abierta, una joven de aspecto agradable tiene los ojos fijos en el cerrador y este tiene que acudir al plan B. A dos manos y jalar la ventana.

Que así, en cambio, tampoco cerró.

Ya el asunto trascendió la conquista y pasó a la dignidad. Guillermo aplica principios elementales de física y determina que si jalando no se pudo, tal vez empujando sí. De manera que cambia de lado, ubica las manos en posición de masaje cardiáco y empuja.

Suavemente, más fuerte, ¡con todo!

La ventana no se mueve.

El que sí se mueve es el bus, lo que pone a Guillermo a hacer maromas para combinar el equilibrio que requiere mantenerse de pie en un vehículo que rueda y frena por las  calles, mientras libra una feroz batalla contra las más terca de las ventanas.

Esa que está atorada, atascada, pegada y otro montón de cosas terminadas en ada,  menos una.

Porque no hubo forma de que quedará cerrada.

La dama que origino todó ya se siente tan incómoda, que mira al tipo con cara de deje así, y en tono de deje así le dice “tranquilo, deje así”.

Aunque la gestión no fue del todo fallida.

El resto del bus se divirtió y tendrá tremenda historia para contar cuando lleguen a casa.


La del tipo que no pudo cerrar esa ventana. 

martes, 3 de octubre de 2017

Lumbersexual de bajo presupuesto

Me acabo de enterar que yo soy un lumbersexual de camisa equivocada y barba imperfecta. Primero las aclaraciones capilares. Desde la adolescencia libré una tenaz batalla contra el vello. El vello que no salía. En tiempos en los que la masculinidad era directamente proporcional a los hombres de pelo en pecho, a mí me tocó ser una especie de depilado precursor. Y con respecto al bigote pasaron muchos años antes de que la sombra debajo de mi nariz fuera visible sin necesidad de lupa. O microscopio. Y ese tono mono que tiende a confundirse con la piel todavía no desaparece del todo.

Sobre la barba, después de 30 años sin afeitarme finalmente algo comenzó a notarse colgando de la cumbamba. Que pareciera un ratón muerto por efectos de una aplanadora era secundario. A medida que pasaron los años la melanina hizo mutis por el foro, con lo que ha habido un cambio fundamental. Ahora lo que remata la quijada parece un ratón albino muerto. Y sucio.

De patillas y el resto de la cara se habla en chino. Aquí chi y aquí no. Y asimétrica. Las veces que he intentado clasificar como barbudo el resultado ha sido un archipiélago irregular de manchas capilares dispersas por la cara. Que además tienden a crecer irregularmente. Es como si una parte fuera pasto de estadio y otra maleza de monte.  Ni modo. En nombre de una estética mínima, toca conformarse con el roedor fallecido.

Hablando de estética, carezco de toda autoridad moral para referime al tema. Sobre todo en la parte de vestuario. Vivo afectado por situación similar a la de aquel hombre al que todas las mujeres quieren vestir. No por intereses erótico afectivos, sino sencillamente ornamentales.

No es solo por la tendencia a andar descachalandrado, por el nulo interés en que las prendas utilizadas combinen entre sí, por el rincón donde yace olvidada la plancha y por la práctica sistemática de remiendos con esparadrapo. Es porque a todo lo largo de mi vida he considerado que la obligación de vestirse queda despachada con unos requisitos mínimos de proteger y tapar. Proteger el cuerpo del clima y los elementos, proteger a los demás de olores molestos, y tapar lo que por ley, convenciones sociales o sentido práctico debe estar tapado.

Y resulta que eso que yo llevo haciendo no sé cuántos años tiene nombre, tendencia, etiqueta, tribu urbana, hashtag, grupos en redes sociales y justificación sociológica. Que, y esta es la parte interesante, se supone que todas esas cosas les encantan a las mujeres. Por cierto que tengo que averiguar dónde hago el reclamo, porque mis índices de popularidad con las damas no han registrados mayores variaciones en los últimos tiempos.

Claro que justo es reconocer que no se cumplen todos los requisitos. Se supone que hay que usar camisa de leñador. Leñador canadiense, o sea de cuadros y de un paño grueso. Y de esas no tengo yo. En cambio sí dispongo de una abundante dotación de las que usan los que tumban monte por estos lares, que es básicamente cualquier prenda de vestir (camisa, camiseta, suerter, chaqueta) cuyo propietario no tiene la más mínima intención de volver a lavar, coser o someter a cualquier tratamiento higiénico o de mantenimiento. Y que pese a esos, se niega a hacer el tránsito a trapo.

La idea es que los lumbersexuales se llaman así porque en algún idioma - podría buscar el dato preciso en internet pero me da pereza- lumber significa leñador. Y que surgieron como una reacción a esa tendencia de la que se habló hace alguno tiempo, los metrosexuales, donde los caballeros se cuidaban tanto, más o mucho más en su aspecto personal que cualquiera de las damas. Que por esos retomaron un esteorotipo de macho machote. Y que como pasa con cualquier tendencia, antes, durante o después sirvió para que  los vendedores de camisas de leñador, los vendedores de jeans desgastados, los vendedores de botas y los expertos en peluquear barbas se llenaran de plata vendiéndole exclusividad a los cada vez más abundantes leñadores que no han tumbado un árbol en su vida.

Y parece que yo soy uno de esos. Pero de bajo presupuesto.