miércoles, 18 de junio de 2025

Papá caña

A propósito del Día del Padre,  retomamos un texto del siglo pasado sobre esas historias con las que los papas de turno entretienen a su prole. Incluye ciertas referencias que requieren edad mínima para ser entendidas, por lo que incluimos un novedoso y patentable recurso: el “Equivalente Para Las Nuevas Generaciones”, identificado con la sigla EPLNG, cuando aplica.  

En algún momento de la vida, el héroe oficial de nuestra existencia es ese señor que ostenta el titulo de papá. En la situación influye —además de su porte y su habilidad para sacar dulces del bolsillo del saco—  algunas historias que nos ha contado sobre relaciones con personajes importantes, aventuras dignas de un héroe de Nintendo (EPLNG: Marvel) o viajes maravillosos a tierras lejanas.

Lo cierto es que un día crecemos, y como quien no quiere la cosa, empezamos a repasar mentalmente los cuentos del progenitor. Y ahí aparecen las incoherencias de fecha, lugar y tiempo. ¿Cómo pudo jugar en el mismo equipo con Willington Ortiz y Oscar Córdoba (EPLNG: el Pibe Valderrama y David Ospina) en una final del Mundial?

Ahí descubrimos la triste realidad. El tipo no mintió, aunque sí exageró "un poquito". Por ejemplo:

Historia: Una vez, estuve en un concierto con Fruko y sus Tesos (EPLNG: Daddy Yankee o Don Omar), hicieron un concurso de salsa (EPLNG: reguetón)  y gane el primer lugar con el paso del espagueti.

Realidad: Una vez hicieron un concurso para ver quien era el más teso para comer espagueti con salsa. Papá no ganó, pero pasó una noche en medio del desconcierto.

Historia: Tuvimos una pelea de jóvenes, éramos 5 contra 20. pero los sacamos corriendo a los 18 minutos.   

Realidad: Ibamos a pelear seis contra cinco pero ellos, de lo grandes, parecían 20. Salimos corriendo y nos persiguieron 18 cuadras.

Historia: En la final del campeonato intercolegiado, anoté en el último minuto el gol que nos hizo campeones. 

Realidad: En un partido con otro colegio, lesioné en el ultimo minuto al arquero rival y luego ganamos por penaltis.

Historia: Cuando viajé a los Estados Unidos, mi compañero de silla fue Silvester Stallone, (EPLNG: Jason Statham) quien había viajado de incógnito a Colombia.

Realidad: Cuando conseguí un puesto de cargamaletas en el aeropuerto, vi a lo lejos un tipo idéntico a Silvester Stallone, pero hablaba como boyacense y era negro.

Historia: Una vez tuve que atravesar el río Magdalena nadando en medio de una tormenta.

Realidad: Una vez me caí a la quebrada la Magdalena y me sacaron con chinchorro.

Historia: No me casé con Amparo Grisales, (EPLNG: Amparo Grisales) cuando a ella no la conocía nadie, porque era en ese tiempo una vieja maluca. Por eso preferí a su mama (la suya mijo, no la de Amparo Grisales).

Realidad: No me casé con Amparo Grisales —la dueña de la tienda de la esquina y homónima de la famosa actriz— porque, es, fue y seguirá siendo una vieja maluca; y su mamá es mucho mejor en todo sentido.

Historia: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, (EPLNG: Enrique Iglesias)  vino a Colombia, me habló como se le habla a una amigo de confianza, y me dio recomendaciones para evitar problemas con mi vida.

Realidad: Cuando Julio Iglesias, el cantante español, vino a Colombia, le lanzó un grito a un bobo (yo) parado en medio de la calle. "¡Quitaos de ahí imbécil, no veis que os vamos a atropellar!"

miércoles, 11 de junio de 2025

Alba se siente excluida

Alba acepta que a veces tiende a sobredimensionar comportamientos ajenos. Pero boba no es y sabe reconocer cuando algo raro pasa. De un tiempo para acá viene notando cambios en el personal joven con quienes comparte espacio laboral. ¿O se lo estará imaginando?

El combo menor de 30 años es, por cierto, mayoría en la empresa. No hay uno solo que haya ingresado simultáneamente o antes de Alba. Eso no había sido problema para una agradable convivencia hasta que ella empezó a percatarse o, mejor, a sentir eso que llaman mala vibra en el ambiente. 

Comenzó con el saludo. Ella siempre es la primera en llegar a la oficina. Prácticamente todo el mundo le da los buenos días. Eso no cambió. Tampoco las palabras ni la frecuencia... Pero había algo en el tono. O mejor, en el tonito. Del genuino interés se pasó a sentir una mera y casi que forzada cortesía. ¿O se lo estaba imaginando? Luego vino esa extraña sensación de ser el tema de diálogos ajenas. El silencio repentino cuando llegaba al grupo que conversaba. Los cuchicheos a la distancia donde por alguna razón se sentía observada e incluso señalada. ¿O se lo estaba imaginando? 

La situación llegó a algún punto entre exclusión social, me estoy inventando pendejadas y un cuadro psiquiátrico de paranoia. Una cuarta opción fue el consejo de una amiga (con prejuicio incluido). “Esos jóvenes de ahora se ofenden por todo. ¿Será que usted hizo o dijo algo que los incomodó? Piense a ver”. 

En principio, la alternativa no convenció del todo a nuestra protagonista. Pero un día llegó a trabajar y el resto de la gente... no llegó. Aparecieron mucho después. Muy cortésmente le explicaron que, la noche anterior, habían organizado un encuentro en otro lugar para festejar algo. Y sí, la habían llamado.

Verificó en su teléfono. Efectivamente aparecía la comunicación, poco antes de la medianoche, cuando Alba normalmente llevaba de dos a tres horas dormida. La reunión se coordinó por un grupo de mensajería electrónica. Ella todavía no estaba incluida, pero eso lo iban a solucionar de inmediato. Lo utilizaban (el grupo) para tratar temas tanto laborales como sociales, sobre todo en altas horas de la noche.

Esas palabras dispararon la epifanía. ¡Claro. Eso es! Semanas antes, durante un receso laboral alrededor del café, las y los jóvenes contertulios se despacharon contra lo que ellos calificaban de anacrónica costumbre. Madrugar.  Citaron investigaciones que relacionaban incrementos en la productividad y la eficiencia con aplazamientos en la hora de inicio de la jornada laboral. Mencionaron un proyecto de ley para que los colegios comenzaran sus actividades más tarde. Alguno criticó una cultura que romantiza levantarse al amanecer, en detrimento de acostarse tarde y dormir hasta ídem, sin ninguna base científica.

Cuando a Alba le preguntaron su opinión, ella hizo algo que en tiempos actuales es un comportamiento de alto riesgo: dijo lo que pensaba. Habló de un hábito madrugador inculcado desde la infancia. De productividad ligada a trabajar con la mente recién levantada y del ambiente silencioso y tranquilo que ofrece el amanecer. De la resiliencia de los niños. De que no todos funcionan igual en los mismos horarios.

Incluso intentó hacer un chiste con su nombre, Alba, porque el alba era su mejor momento.  El chiste no salió bien y sus comentarios tampoco. Y aunque nadie le cuestionó su punto de vista, se formaron dos bandos. Los levanta tarde y la madrugadora. Esa que, al no encajar en el pensamiento mayoritario, está siendo sutilmente dejada de lado.

Ahora es Alba, la excluida ¿O se lo estará imaginando?