sábado, 15 de noviembre de 2008

Del amor y otros trasmilenios

Tengo que agradecerle a las empresas que manejan los buses de Transmilenio. Gracias a ellos me casé.
La verdad no tengo mucha plata. Y necesitaba un sitio donde tuviera suficiente tiempo para hablar con mi novia y hacerle la propuesta que sabemos. No esa, la seria, la que tiene implicaciones hasta que la muerte nos separe.
Un amigo me dio la idea: “Llévela un paradero de Transmilenio”. Y no es porque algunas estaciones del sistema de transporte parecen un restaurante campestre. Cuentan con seguridad, amplias zonas verdes y bancas. Son lugares verdaderamente acogedores e invitan a la conversación.
Claro, decirle a la novia “¿Vamos a Transmilenio?” no suena muy romántico.
Pero hay trampa. El truco consiste en hacerle creer a la dama que se trata de un paso temporal, que solo vamos a ir tomar el bus.
Así lo hice y pasó lo que tenía que pasar. Segundos, minutos, más minutos y de aquello nada. El bus no aparecía. Entonces como había que hacer algo para pasar el rato, empezamos a hablar, primero de temas intrascendentes... y el bus no aparecía.
Luego entramos en una conversación más íntima... y el bus no aparecía.
Finalmente logramos un mágico momento de intimidad pese a lo congestionado del lugar y me atreví a pedir su mano... y el bus no aparecía
Ella me dijo que si, y el bus no aparecía. Finalmente apareció y la que entró a la estación como mi novia se subió al Transmilenio como mi prometida.
Dos meses después ella me acompañó al altar y hoy en día tenemos un futuro por delante que incluye un pequeño traviesos, al que de común acuerdo bautizamos T... Tomás. ¿Qué pensaban?
Si las empresas que manejan y despachan los buses los hubieran mandado más seguidos, yo nunca hubiera tenido suficiente tiempo para hacer realidad mi historia de amor.
Mi amigo -y mi propia experiencia- me dicen que las cosas han cambiado, aunque a veces se siente una que otra demora. Supongo que finalmente primó el criterio de muchas personas que tienen afán y prefieren menos tiempo para el romance, y más buses en las vías del sistema.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Contrabandista de papas fritas


Les voy a contar por qué me volví contrabandista. Dos mujeres fueron las culpables. Una es la que invité a cine. A la que le dio hambre. Compré un ¨combo¨ de 10 mil pesos. Dos gaseosas de las más pequeñas y dos baldes de crispetas (también de los más pequeños). ¡10 mil pesos!

(Precios de 2008, por cierto)

Como el presupuesto trascendió mis cuentas y no tenía tarjeta me tocó llevarla a pie hasta la casa. Como 15 cuadras. Solo por eso no me volvió a hablar. Tan susceptible.

Terminado mi fallido paso por la pantalla grande me puse a echar números. Un paquete de crispetas crudas cuesta $1000 pesos. un paquete para microondas por ahí 3.000. Con el primero salen como 50 baldesitos de los ¨baratos¨. Con el segundo por lo menos tres. Una gaseosa de dos litros y medio cuesta 3 mil pesos. Con esa se llenan cinco vasos de los pequeños del cine.

Conclusión, era caro comprar la comida en el teatro. Así que la siguiente vez fui preparado. Llevaba un paquetico con dos gaseosas enlatadas, par paquete de combinados y par chocolatinas. A mi lado, una mujer joven bonita, sensual y...

Furiosa, así se puso cuando el vigilante del teatro dijo que no podíamos entrar la comida, que estaba prohibido. Bueno, el furioso al principio era yo. Pero ella puso primero cara de “no sea tacaño”, luego de “no sea bruto” y después de ¨que oso¨. Y no sé por qué después de que la llevé a casa no me volvió a hablar. ¿Sería porque no vimos la pelicula?

Así que por ellas me volví contrabandista de comida. Mis ¨caletas¨ son bolsillos grandes, fondos de cartera o paquetes. He diseñado varios recursos para pasar mi ¨matute¨. Envuelvo las chocolatinas en inofensivos pañuelos. Empaco las bebidas en frascos de alcohol o escondo el maní en el monedero. Encaleto las papas fritas en el paquete de un almacén de zapatos, los besitos en una bolsa de ropa, las galleticas dulces entre una caja de herramientas. Todo para poder conjugar el verbo comer con el adverbio barato o normal en una sala de cine.

Claro que solo. No sé por qué, las mujeres ya no quieren ir conmigo.