viernes, 29 de enero de 2010

Una dolorosa noche de gala

Era, por decirlo de una manera sencilla, una cuestión de principios. Aunque también incidía el factor plata. Pero lo importante en este asunto era la dignidad. Y la autoestima. Y la autodeterminación. Y el smoking.

De entrada, le parecía una prenda inútil. Ese pedazo de tela sobre la barriga, por ejemplo, no tenía razón de ser. Y ni hablar de camisas sin cuello. La humanidad había demorado siglos en ponerle cuello a las camisas, entonces, ¿Para que quitárselo?

Tampoco era lógico. Si nadie - o casi nadie - tenía smoking, ¿por qué todos, o casi todos, debían ir disfrazados de meseros a esa fiesta? Él ya estaba viejo para que le anduvieran imponiendo maneras de vestir. Él no iba a ponerse un trapo de esos.

- ¿Estás conmigo mi amor?

- Déjese de tanta pendejada y alquile ese smoking, que yo quiero ir al matrimonio de Clemencia.

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Perdida la primera batalla, se evidenció la ignorancia, Ni él, ni el Flaco Maldonado, ni siquiera el Jefe sabían cómo o dónde se alquilaba un smoking. Así que el siguiente paso fue organizar un paseo sabatino.

El Flaco, como siempre, se tomaba el asunto con filosofía. Era el único soltero del grupo, la plata le sobraba - las malas lenguas decían que sostenía dos amigas para las noches solitarias - y aún era flaco. Y tenía pelo. Y estrenaba varias veces al año.

El Jefe y él, en cambio, eran barrigones, calvos, repletos de obligaciones familiares y patéticamente fieles. Pero el Jefe... era el Jefe. En cambio él... nada.

Por lo menos lo dejaban manejar el carro de su superior. Y por eso iba al volante en la sesión previa al desfile de modas. Tres hombres maduros camino a un almacén de ropa. Y de alquiler. Qué horror.

El dependiente resultó afeminado. Pero lo que en realidad le molestaba a él no era el amaneramiento, sino la evidente intención del encargado del almacén. Recordarles a cada momento que ellos en smoking... jejiju. Y dale con la risita.

- Jejiju. A ver joven - se dirigió al Flaco - usted puede utilizar fajín de colores. Es lo que recomienda la etiqueta para la gente de su edad.

- ¿Y nosotros?

- Jejiju. ¿Ustedes? Pues negro y blanco. Pero tranquilos, que también hay tallas grandes.

Era obvio que necesitaban tallas grandes. No había que decirlo.

- Jejiju. Le queda realmente bien - hablaba con El Flaco - Y - miró de reojo al Jefe y a él. Sí, son sus tallas.

Deseosos de acabar lo más rápido posible, pidieron precios, pagaron y retornaron al vehículo. Mientras iban hacia la casa del Jefe este puso el tema.

- ¿Y esto con que zapatos se usa?

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Todas las noches, él seleccionaba el par del otro día, y sacaba la vieja caja de embolar. Tampoco era tan pobre, pero le gustaba el olor del betún, y la forma como lo opaco iba adquiriendo brillo. Era una especie de terapia.

Lo de selección era una manera de decirlo, porque se trataba de escoger entre los viejos cafés, y los viejos negros. Cuatro cueros sobrevivientes de incontables remontas. Eran buenos para el diario. ¿Pero cuales quedarían mejor con el smoking?

Primero, obvio, la atención se centró en los negros. Y empezaron las imperfecciones. Las arrugas del cuero cuarteado, que ni siquiera la más gruesa de las capas de betún podía disimular. El tacón izquierdo gastado en la parte de atrás, reflejo de esa maña de marcar ritmos imaginarios para sobrellevar el día. Los cordones deshilachados. No. Esos no.

Y los cafés. Más o menos lo mismo, con el agravante de que eran cafés. El smoking era negro, Los zapatos eran cafés.

Para el Flaco era tan fácil. Iba a comprar zapatos nuevos. Él podía hacerlo también, pero era una cuestión de principios. Ya era suficiente con alquilar un pedazo de paño por una noche para, además, terminar con un par de zapatos que no iba a usar, y no necesitaba, arrumados en el closet.

¿Y el Jefe? El asunto era de índole práctico. Por eso era jefe. Así, había decidido usar sus zapatos de siempre. Es decir, de dobladillo para abajo, iba a ser un tipo común y corriente. Común y corriente...

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- ¿Qué hubo Flaco, compró zapatos?

- Si compadre, vea, los tengo puestos para domesticarlos un poco. Es que eso de bailar estrenado es muy duro.

Eran unos mocasines de marca. Cuero fino, diseño anatómico, tacón de neolite. Se veían bonitos. Pero corrientes. Los dos hombres que eran lo que él no era, iban a llevar zapatos corrientes a la fiesta. Comunes y corrientes.

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-Jejiju... Pues, el charol.

Tal vez - y no era que estuviera muy seguro - cuando niño le habían puesto unos zapatos de charol. Tal vez fue junto con unos pantalones cortos de terciopelo verde, una camisa abombada, un corbatín y un chaleco de terciopelo. Había por ahí una fotografía. No se veían los pies, pero qué ridículo se veía el resto.

-Jejiju. Mira, para que la elegancia quede completa, se deben usar zapatos de charol. ¿Has visto militares en uniforme de gala?

El se perdió momentáneamente en una escena de fantasía. Vio sus hombros rodeados de charreteras, y su pecho ungido de medallas. Se terció dos cartucheras cruzadas y colgó un sable a su derecha, y a su izquierda una miniuzi. Hombres con radioteléfonos vigilaban su entorno mientras desde el piso, refulgentes, dos brillantes zapatos de charol anunciaban la llegada del general. De él, General.

- Yo, jejiju, se los puedo conseguir.

- Como así, es que no los tiene?

- No, pero tranquilo. Yo se los consigo. Son como estos.

Eran dos diamantes negros. Dos obras perfectas de artesanía rematadas en una capa brillante y homogénea que lo iban a diferenciar a él. Es iba a ser su noche. El Flaco podía ser joven. El Jefe podía tener poder. Pero nadie iba a pisar como él.

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Fueron juntos a recoger su respectivo disfraz. Una medida rápida confirmó lo evidente. El Flaco se veía juvenil, el Jefe maduro y él normal. Aprovechando un momento de distracción le preguntó al dependiente

- ¿Y mis zapatos?

- Jejiju, esta tarde, no se preocupe.

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La ceremonia empezaba a las seis. Eran las cinco y no había
salido de casa. Tampoco había pasado por los zapatos porque su mujer, cosa rara, había invertido media tarde en el salón de belleza. El sí se preocupaba.

- ¿Lista mi amor?

- En 20 minutos.

Dios se apareció en forma de Flaco. Mejor, llamó por teléfono. Como vivían relativamente cerca, le propuso que tomaran el mismo taxi. El tuvo una idea mejor. Que se fueran adelante el Flaco y su esposa, mientras él recogía algo pendiente. No, era una sorpresa.

El primer contingente partió hacia la Iglesia. El iba por los zapatos. Entonces cayó en cuenta que no era muy elegante llegar con un paquete en la mano. Ya sé. Me llevo las abuelitas, que se doblan y caben en un bolsillo. No, mejor las chancletas de viaje.

El del taxi no se dio cuenta, pero él estaba seguro que todo el mundo andaba pendiente de sus pies. De esas chanclas transparentes de plástico que un remataban el smoking. Era de noche cuando llegó al almacén. Dios mío, está cerrado.

-Jejiju, tranquilo que no me he ido.

No había tiempo para cambiar de taxi. Recibió la caja por la ventanilla. Revisó rápidamente su contenido y arrancaron hacia la Iglesia. Era tanta la emoción que botó por la ventana las chanclas. Se colocó primero el zapato derecho...

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- Oiga mijo, pero deje el mal genio.

- No estoy bravo, solo adolorido.

- Eso le pasa por andar de afán y con secretos, si me hubiera dicho.

- Mi amor, no me regañe más. Hola Flaco. No, es que no quiero bailar. Jefe, después hablamos, ahora, estoy ocupado.

Claro que lo estaba.

Era una cuestión de principios.

Es muy complicado andar -ni qué decir de bailar- con dos zapatos del pie derecho.

Maldito marica.

sábado, 23 de enero de 2010

La mancha que nunca ocurrió

- En realidad no sabemos que es. Y tampoco es importante. Lo cierto es que nunca hemos podido quitar esa mancha.

Me hice el pendejo. Al fin y al cabo el origen de la mancha en la pared detrás de los baños era - se supone - un misterio. Pocos sabíamos la verdad. Y a este que le iba a importar. Es que la versión oficial dice que los hechos jamás ocurrieron.

Todavía me acuerdo de la reunión a la salida de clase. Nunca había visto al prefecto tan serio. Estaba toda la plana mayor. El rector, la secretaria, los jefes de área. Y nadie se reía.

Prohibieron cualquier comentario alrededor del tema. Amenazaron con expulsión a quien hiciera algún chiste, o tratara de burlarse de Polanía. Convirtieron en tema tabú lo que pasó después de almuerzo, entre el salón de 10b y el baño de hombres.

Y sin embargo, 15 años después, la mancha seguía allí. El nuevo administrador apenas llevaba 5 años en el Liceo Panamericano, así que ignoraba muchas cosas. Como por ejemplo, que yo era egresado de la misma institución. Cuando era más popular, claro. Ahora ni pensar que uno de sus ex alumnos fuera maestro de obra.

El colegio había cambiado mucho. Le calculo unas cinco remodelaciones. Lo que no había cambiado era la batería de baños. Era una cosa muy bien hecha, estilo cuartel. Así que únicamente había que echarle pintura de vez en cuando. Y para eso me habían llamado.

Mientras daba una vuelta, vi a la profesora de dibujo. Nada que ver con doña Gloria. Esta era una joven bonita, como simpática, que conversaba animadamente con unos pelados. Doña Gloria era vieja, amargada, fea y, sobre todo, autoritaria. Además, se la tenía velada al Gordo Polanía.

Eso parecía cuestión del destino. Polanía era el peor dibujante del mundo. Sus planas eran chuecas, sus planchas manchadas, sus figuras deformes. No era falta de voluntad, sino carencia absoluta de capacidad. Pero eso no lo entendía Doña Gloria, que lo tenía como el ejemplo perfecto de todo lo que no se debía hacer.

Para rematar, está el asunto de las tizas. Nadie supo quien mandó el tizaso, pero lo cierto es que Doña Gloria entró al salón en plena guerra. Y el golpe fue justo encima de ella. Y Polanía estaba allí, con las tizas en la mano. No lo echaron, por que no había pruebas concluyentes. Pero quedó en capilla.

Ese jueves teníamos parcial de dibujo después del almuerzo. Había que hacer una plancha en papel milimetrado con lápiz extradelgado. Cuando había evaluación Doña Gloria era más estricta todavía. Ella creía que uno podía copiarse. Sí, en clase de dibujo. ¿Qué cómo? Nunca se supo.

Nadie le prestaba atención a los demás. Polanía tenía la silla a mi izquierda, contra la pared. Yo estaba con los ojos en mi plancha cuando lo vi. Respiraba profundo y de forma irregular. Los ojos le lloroseaban. Sudaba.

Siempre se ponía nervioso en las evaluaciones, pero ese día se veía realmente grave. Aprovechando un descuido de la profesora le hice una seña, en respuesta, él se colocó las manos en el estómago.

- ¿Que le ocurre, señor Polanía?

Doña Gloria tenía el radar activado contra el Gordo. Este abrió los ojos como queriendo decir algo, pero el miedo pudo más y se quedó callado. Era tanto el terror que le tenía, que ni siquiera coordinaba sus frases cuando hablaba con ella.

Diez minutos después, para sorpresa del salón en pleno, Polanía hizo lo que nadie se atrevía. En pleno parcial de dibujo, levantó la mano.

- Doña Gloria....

- ¡Que!

- Tengo que decirle algo.

- Dígalo.

- No, tiene que ser en secreto.

- ¡Que qué!

Polanía se había vuelto loco. No solo hablaba en los exámenes, sino que le ponía condiciones a Doña Gloria. La vieja lo miró con odio y contestó.

- Después de clase.

Cinco minutos después la mano se levantó, temblorosa.

- Doña Gloria

- ¿Ahora que?

- Es urgente.

- No moleste Polanía.

No habían pasado tres minutos cuando, sin levantar la mano, y en tono suplicante, habló el Gordo.

- ¡Doña Gloria!

- Polanía, una interrupción más y lo mandó adonde el prefecto.

- ¡Gloria!

El salón enteró quedó paralizado. Ni siquiera el descarado de González se atrevía a llamar a los profesores por su nombre. Y Polanía lo había hecho con su peor enemiga. Sin decir una palabra nos repartimos el mensaje. El Gordo era un cadáver.

Los ojos de la maestra de dibujo se llenaron de odio. En un momento fue policía, juez, jurado y verdugo. En un procedimiento sumario se analizaron los cargos, para pronunciar sentencia.

- Polanía, váyase para donde el prefecto....

Contuvimos la respiración, con la esperanza de que hubiera algo de compasión en la educadora. Pero la suerte estaba echada.

-... ¡Ya!

Mínimo matrícula condicional. Volteé adonde el Gordo que se levantó muy despacio. Seguía sudando y caminaba como raro. Mientras se desplazó hacia la puerta parecieron siglos. En que estaba ese tipo. Desafiar así a doña Gloria.

Cuando Polanía salió todo respiramos tranquilos. Las cosas volvían a la normalidad. Bueno, eso pensamos, por que 15 minutos después se abrió la puerta y entró... el rector en persona.

Algo le dijo a doña Gloria en tono bajo y salieron de afán. Nadie entendía nada. Ese día no hubo más clases. Cuando llegaron los buses, íbamos a salir pero no nos dejaron. Y entonces entró al salón toda la plana mayor. El rector, la secretaria, los jefes de área.

Nunca había visto al prefecto tan serio. Nadie se reía.

Comenzaron con una orden terminante. Bajo pena de expulsión, quedaba prohibida cualquier alusión o comentario a lo ocurrido. Más claro. Eso jamás había pasado. Ni en las casas, ni entre nosotros, pero, sobre todo, frente a Polanía nadie debía hablar del tema. ¿Quedaba claro?

Pues claro que claro no estaba pero dijimos que sí. Tanto misterio por una expulsión. Salimos a los buses y nos fuimos a casa. Al otro día Polanía regresó a clase y la vida prosiguió, sin que se hablara del tema.

No volví a saber nada de Polanía, aunque creo que es médico, o algo así. Doña Gloria tiene ahora una academia de dibujo, y yo estoy aquí, frente a la mancha de la parte de atrás de la batería de baños.

Voy a poner todos mis conocimientos para quitarla, pero sé que es imposible, a menos que tumbe el muro.

Aunque nunca hablamos del tema. 15 años atrás, apenas vimos la mancha, entendimos lo que había pasado.

Polanía se cagó en los pantalones antes de llegar al baño.