martes, 23 de febrero de 2016

Aquí sí se puede quedar medio embarazado


¿Ya les hablé del profe?  ¿No? Entonces déjenme se los presento. Es una eminencia en cierta rama del derecho. El derecho criollo. Ahora, el profe no es abogado, no es profesor y no es contertulio habitual de los círculos académicos. Ni siquiera califica como tinterillo. Pero hay que reconocerle su condición innata de sobreviviente. Porque la vida lo ha bendecido, pero también lo ha pateado. Para salir adelante, el hombre comenzó a aplicar su particular visión jurisprudencial. Y al pasar de la práctica diaria a la teoría descubrió que todos sus compatriotas, sin distinción de credo, edad, raza, clase social, género o gustos futbolísticos hacían, en diversos grados, lo mismo.

El profe recuerda haber escuchado alguna vez una frase que, se supone, es verdad universal. “El cumplimiento de la ley garantiza el adecuado funcionamiento de la sociedad”. No sabe quien dijo eso, pero está seguro de que él no fue. Porque lo que ha tenido que hacer a lo largo de su vida le permitió acuñar otra frase: “En Colombia, cuando de cumplir la ley se trata, uno sí puede estar medio embarazado”.

Muchos años después, durante una reunión informal entre amigos –en vísperas de elecciones, en plena vigencia de una ley seca– se animó a divulgar sus tesis, lubricadas por unas cuantas cervezas: cumplir la ley en Colombia es relativo. Y depende de dos variables: cantidad y tiempo.

Es más fácil explicarlo con ejemplos, –dijo Ariosto, cinco cervezas después–. La norma establece que los semáforos son para que la gente pare. Y casi todas las veces quienes conducen vehículos de dos, tres o cuatro ruedas, motor, tracción humana o animal se detienen ante el rojo. Casi, porque cuando es muy tarde, cuando no hay otros medios de transporte a la vista, cuando puede ser inseguro o cuando existe una clara oportunidad la gente se vuela el semáforo. 

Otro. El espacio público –señalan los códigos– debe respetarse. Usarlo como punto de venta, parqueadero, lienzo de artista callejero, taller de bicicletas, baño, restaurante o vitrina no es legal. 

Más. La legislación vigente protege la propiedad intelectual, las marcas y la industria  nacional, lo que significa que no se deben comprar memorias USB cargadas de música pirata, camisetas de fútbol extraoficiales y dulces chinos contrabandeados ¿Será que alguien puede (podemos, dice la  tarjeta) tirar la primera piedra del gremio de quienes están libres de pecado en esto?

Robarse un esfero de un almacén es claramente ilegal, pero, ¿será lo mismo si ese esfero forma parte de los implementos de trabajo del lugar donde laboramos?  ¿Si está prohibido vender cigarrillos sueltos, porque no solo se venden sino que los seguimos comprando?  La Ley dice que la jornada laboral es de 8  horas. ¿No deberían los empresarios preocuparse si sus empleados pasan 9, 10 u 11 en sus oficinas (¿horas extras, qué es eso?)

Ariosto precisó que esta flexibilidad tiene un límite. La presencia activa de la autoridad. Nadie se pasa un semáforo en rojo cuando hay un policía de tránsito poniendo partes. Nadie compra películas piratas en medio de un operativo de la DIAN. Nadie se roba implementos de oficina mientras el almacenista hace inventario. Nadie se hace el pendejo con una deuda cuando le notifican el cobro judicial.

Pero mientras tanto, en mayor o menor medida, nadie se siente delincuente, antisocial o ilegal,  cuando cumple (cumplimos) con la mayor parte de las leyes, la mayor parte del tiempo… algo así como si estuvieramos medio embarazados.

jueves, 18 de febrero de 2016

Papelito insignificante


La preparación para ese momento había comenzado muchos años atrás, cuando el doctor era apenas un niño. Un pequeño precoz e hiperactivo. Insoportable, decían algunos. Y aunque en esos tiempos había quienes miraban feo la pedagogía del televisor, funcionaba. La pequeña pantalla era el único mecanismo capaz de frenar por unos instantes al pequeño terremoto.

Un día, el nené sintonizó un documental sobre algo llamado astrofísica. Y sobre  un instituto de investigación escandinavo. Y en ese momento decidió que, algún día, trabajaría en ese lugar. Detalles como no saber qué era la astrofísica o donde quedaba el susodicho país carecieron de importancia. Ese era su destino.

Antes y después de esta decisión hubo opciones como futbolista, bombero, policía, presidente de la república, cantante, actor de cine, medico, chef  y piloto. Pero  cuando llegó el momento real de escoger futuro su sueño de infancia retornó. El niño hiperactivo  había  evolucionado a un joven tenaz y persistente. Terco como él solo, decían los amigos.  En Internet encontró que su carrera si existía… en otro país. Se dio mañas para aprender el idioma. Concursó y ganó una beca. Muchos años después, volvió a Colombia con dos títulos profesionales bajo el brazo: pregrado y maestría.

Luego vino el trabajo en la universidad. El doctorado. Los estudios de más idiomas. La producción científica. Los artículos en revistas especializadas que fueron engrosando su hoja de vida hasta consolidarlo como la eminencia en su campo. Su dedicación obsesiva lo llevó a minimizar cualquier actividad que le robara tiempo al crecimiento intelectual. Las salidas se limitaron a congresos y seminarios nacionales e internacionales. Compraba siempre la misma ropa y su menú diario nunca variaba para no gastar segundos escogiendo. Uno de sus recuerdos más dolorosos fue cuando perdió su libreta militar y debió pasar un día entero renovándola. Después de eso decidió que solo cargaría en su billetera la cédula de ciudadanía y el carnet de la universidad.

Hasta que la oportunidad de llegar a su cúspide personal se hizo realidad. El instituto escandinavo abrió convocatoria para contratar un investigador. El proceso no fue fácil. Tuvo que salir avante en pruebas psicotécnicas, técnicas, científicas. Demostrar sus conocimientos por escrito y ante expertos. Sustentar su fluidez en idioma local, en inglés y en el lenguaje propio del instituto. Paso a paso quedaron atrás sus rivales hasta que solo quedaron dos en la competencia. Curiosamente, ambos eran colombianos. La doctora (habitual contertulia en escenarios especializados) y él.

Para la decisión final, la plana mayor del instituto se trasladó a  Colombia. Proceso complejo. Ninguno daba ventajas. Currículo vital equivalente. Publicaciones y citaciones comparables, conocimientos paralelos. Hubieran querido contratar a ambos pero el presupuesto no lo permitía. Aunque  nadie  lo dijo, la decisión tácita era agarrarse de cualquier cosa para  terminar el proceso y escoger un ganador. Nuestro amigo el doctor estaba confiado. Pero era hombre. Y esa  fue su perdición.

Y al tercer día un funcionario administrativo pidió documentos de identificación para  ir preparando sendos contratos, aunque al final solo se firmaría uno. “Mientras tomamos una decisión vamos a hacer una verificación documental, es una cosa de rutina. Serían tan amables de permitirme su cédula y su pasaporte. Doctor, necesitamos también su  libreta militar”.