jueves, 3 de marzo de 2016

Ojala hubiera sido así


Son adolescentes. Se les ocurre una de esas ideas cuya estupidez solo se hace evidente a medida que pasan los años. Volarse del colegio durante el recreo por la cerca ubicada detrás del salón de música . Y así lo hacen: primero el Gordo, luego el Flaco Barinas, después el Feo Calero. Pero cuando le toca el turno a  Bonilla, algo lo detiene.

Nunca se supo quien los había delatado, pero la siguiente escena es en la rectoría, con padres a  bordo. El prefecto de  disciplina enumera la larga lista de violaciones al reglamento; salir del colegio, invadir propiedad ajena,… Y cuando algún progenitor intenta defender a su hijo, pone como ejemplo a Bonilla: “Ellos sabían lo que hacían. Y pudieron echarse para atrás, como lo hizo este muchacho”.

A este muchacho no lo dejan hablar para explicar por qué no atravesó la cerca. Justo en ese momento se le cayeron las gafas y, mientras las buscaba, llegó el prefecto.  Tampoco es que se esfuerce mucho por decirlo, pero si le hubieran preguntado hubiera dicho la verdad.  Pero como los adultos presentes no necesitan verdades sino ejemplos, nadie parece interesado en conocer detalles.

Muchos  años después, en la universidad, un pequeño grupo de estudiantes protesta. La intervención de la Policía termina con detenciones, que a la vez convierten en masiva la pequeña manifestación. A la causa terminan adhiriendo jóvenes de múltiples facultades e instituciones, grupos políticos y organizaciones, mientras que la opinión pública se inclina mayoritariamente a favor de los detenidos. Uno de ellos es Bonilla, quien llegó al sitio para cobrarle a uno de los protestantes la plata que le debía por la venta de una bicicleta. Justo en ese momento apareció la Policía y se llevó a todos los presentes. Y aunque Bonilla le cuenta eso a todos los que preguntan, quienes no lo hacen siempre son más, de manera que su nombre queda inscrito en la lista de los valientes.

Esta aureola de héroe para quien simplemente está en el lugar equivocado a la hora precisa reaparece periódicamente.  Hay algo mítico en la manera como Bonilla "prefirió" quedarse trabajando con el proyecto social de una ONG, pese a la jugosa oferta económica de una multinacional. Principios antes que dinero, dicen sus admiradores cuando narran la historia. Si él está presente, narra lo que de verdad pasó. Estaba listo para firmar pero faltaban documentos, y mientras fue por ellos le dieron el puesto a un recomendado. Pero, nuevamente, pocos quieren escuchar esos detalles.

Como el día en que se quedó dormido y no llegó a firmar la carta de apoyo al alcalde corrupto, promovida con fines políticos. O cuando se equivocó de fecha y no fue a la fiesta de bienvenida al nuevo jefe, situación interpretada por los demás como un ejemplo de dignidad.  Una vez abandonó la sala de reuniones para ir al baño antes de que el líder, en tono dictador y prepotente, advirtiera que quien no estuviera con él debía retirarse. Y para ratificar su punto de vista –equivocado, como lo demostraron los hechos– cerró la puerta con llave. Bonilla no pudo entrar, el error le costó millones a la empresa y él quedó como el único que se había atrevido a cuestionar la decisión errónea.

Hay que repetirlo, él nunca ha distorsionado la realidad cuando le han consultado sobre los hechos. Ahora,  ya jubilado, de vez en cuando se encuentra con alguien que lo felicita en tono entusiasta por alguno de los mitos que se han forjado alrededor de su persona. Consciente de que está a punto de traumatizar a su interlocutor, toma aire, lo mira directo a los ojos y le dice: “Ojala hubiera sido así, pero la verdad es que"...

    

martes, 1 de marzo de 2016

Ella se acariciaba el cabello


Guillermo el Conquistador lo reconoció, tiempo después, mientras discutía detalles técnicos con el dermatólogo. Existían antecedentes (*), por supuesto. Pero no sabía donde.  ¿Dónde que? Donde había  leído que si una  mujer jugaba con su cabello, era una actitud consciente o inconsciente de coquetería.

Alguien podría decir que si el hombre creía eso, era porque quería creerlo. Sin esa creencia, y en un bus tradicional, nada hubiera pasado. Como ya hablamos de la parte sicológica, pasemos al diseño automotriz. El vehiculo de transporte masivo tenía parte de su silletería en desorden. Gracias  a esta disposición, cuando Guillermo se sentó quedó justo frente a la  joven dama.

Joven, bonita, sexy… ¿Era necesario decirlo?  Él la miró y después desvió sus ojos para evitar situaciones incómodas. Sin embargo, la visión periférica le permitió captar una especie de patrón.  Ella jugueteaba constantemente con su…¡sí! con su cabello.

No era solo la mano apartando los rizos de los ojos. Era la caricia en la coronilla, el movimiento de cabeza, el peinado simulado que recorría la melena desde la raíz hasta  la punta. Y por el particular diseño del bus, Guillermo notó que si había un destinatario del espectáculo capilar, tenía que ser él.

Así que todo estaba dado para lanzar el contraataque. Lo primero que se le ocurrió fue  utilizar el mismo código. Desafortunadamente, autoacariciar su cabeza no se veía muy seductor que digamos. Lo siguiente fue sacar pecho en la silla, hasta que un bache en la ruta le sacó el aire y lo dejó con un largo acceso de tos.  Intentó una sonrisa seductora que no percibió respuesta, aunque tampoco rechazo.

La viejita llegó al rescate. Se acababa de subir al bus. A un bus lleno de puestos vacíos. Guillermo insistió en cederle el suyo. Bueno, la agarró del brazo y la arrastró para que se sentara donde él estaba. Una vez de pie,  miró a todos  lados como quien no quiere  la cosa hasta "notar" el espacio libre –espacio libre  previamente detectado– en la silla ocupada por la mujer del cabello coqueto . Puso cara de “ve, sí había puestos” y se sentó al lado de la dama de marras.

Lo siguiente era iniciar conversación. Parecía fácil.  No lo era.  No se le ocurría qué decir. Mientras  tanto,  el conductor cayó en cuenta de que estaba colgado de tiempo y aceleró, con la consiguiente sucesión de frenazos que acercaron brevemente a los compañeros de silla. Finalmente se le ocurrió el comentario adecuado, pero segundos  antes de hablar ella hizo lo que tenía que hacer. Se bajó del bus. Mientras se alejaba por la calle, Guillermo la siguió con la mirada. Seguía jugueteando con su cabello. ¿O se estaba rascando?

Sí, se estaba rascando. Como lo había hecho de la manera más disimulada posible mientras estuvo en el automotor. Como empezó a hacerlo un par de horas más tarde Guillermo, cuando los piojos comenzaron a hacerse sentir.  Los mismos bichos que en la mañana invadieron la cabellera de la dama en mención, y se pasaron a donde Guillermo durante el breve momento en que compartieron silla y frenazos.

No era una cuestión de coquetería. Era un problema de dermatología. 


                          Tres son confusión