miércoles, 3 de diciembre de 2025

Mango jefe

Años atrás, el mensajero compró un mango callejero. En vaso plástico, pelado, troceado y con palillo de madera a manera de tenedor. Cunado compartió una tajada con la practicante, la joven no pudo reprimir una expresión de sorpresa y desagrado. No esperaba la sal y el limón que complementaban el alimento.

Al ser una temporada de poco trabajo, el personal se dedicaba a quemar tiempo en espera de la hora de salida. El incidente los llevó a improvisar una tertulia sobre la mejor forma de comer mango. Un grupo respaldó a la practicante en su gusto por la versión natural. Otros defendieron los adicionales: sal, limón, sal y limón, vinagre... sal, limón y vinagre. Más opciones: azúcar, ají, pimienta, cilantro, canela, Tajín... 

Entonces llegó el jefe.

Trabajar con él era fácil.  Él decía lo que había que hacer y los subalternos hacían caso. Si alguien opinaba diferente, se hacía lo que decía el jefe. Si alguien planteaba alternativas, se hacía lo que decía el jefe. Si el disidente intentaba defender su posición, el jefe escuchaba y después… se hacía lo que decía el jefe. Si el contradictor insistía, el que mandaba sonaba diferente. Primero argumentaba. Luego explicaba (cual padre educando al hijo díscolo). En una tercera etapa imponía cordialmente su autoridad. En una cuarta hacía lo mismo con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad.

En realidad, muy pocas veces habían llegado a este punto. Pero volvamos al mango. El mandamás apareció en plena discusión. Aquí debemos decir que él no veía problemas en las tertulias de oficina. Mucho menos si había poco trabajo. Tanto así que se integró, expresando su preferencia por el mango al natural

Ahí fue cuando, primero tímidamente y posteriormente en avalancha, aparecieron múltiples argumentos a favor de los modificadores de sabor. De alguna manera toda la oficina terminó declarándose partidaria de echarle algo al mango (verde o maduro) antes de consumirlo. De hecho, hasta la misma practicante optó por reconocer que un poquito de limón favorecía el gusto. El jefe insistió desde su posición, pero la opinión mayoritaria tomó partido en su contra. La fruta era más sabrosa si le agregaban algo. 

Al día siguiente el personal en pleno fue convocado a reunión extraordinaria. Los más observadores notaron que el jefe se veía como cansado, con ojeras de esas que surgen cuando uno no duerme muy bien. La agenda incluía tres temas. Prioridades del día, 5 minutos. Ajustes a un par de cronogramas, 5 minutos. 

Punto final. Varios. El jefe tomó la palabra. Claro que se podía seguir usando la sala de juntas para consumir alimentos. Pero algunos dejaban olores muy fuertes. Por ejemplo, solo un ejemplo, el limón, el vinagre, la sal (?), la pimienta… Entonces era mejor evitar el uso de esos aditivos en algunas comidas como, solo un ejemplo, las frutas como, solo un ejemplo, el mango.

Esta última petición vino con un sutil cambio en el tono de voz que eliminaba cualquier asomo de cordialidad. 

Nadie hizo comentarios. El tema nunca se volvió a tocar, pero todos entendieron lo que acababa de pasar. Desde entonces, la sala de juntas que también funciona como comedor ha visto diversos menús. Lechona de fin de año; huevos, café y pan del desayuno de trabajo; tamal, arepa y chocolate del desayuno de integración; ponqué y vino para el cumpleañero de turno; almuerzo de domicilio; almuerzo de coca; buñuelos y natilla de novena navideña, etc. Lista larga abierta a múltiples opciones. 

Cualquiera menos el mango. 


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Una jugadita, por amor a Dios

No había pasado tanto tiempo. No, por lo menos, en opinión de García. Años antes y, más importante, unos cuantos kilos antes, tenía su rutina dominical.  Simple. Iba al parque público. Buscaba basketbolistas de fin de semana (domingos y festivos).  Dejaba ver su interés de participar para que lo escogieran. Existían estrategias. Saludar si encontraba alguien con quien ya hubiera compartido actividad deportiva. Integrarse a los tiros de calentamiento bajo el aro (mejor con balón propio). Poner cara de quiero jugar. 

Funcionaba.  El baloncesto era como una liguilla. Equipos de 3 o 4 personas. Cualquiera fichaba a García. Los partidos, en media cancha, iban a cinco puntos. Quien ganaba seguía en competencia. Quien perdía pasaba al final de la fila hasta que tenía otra oportunidad. Y así pasaba una tarde saludable de sol y ejercicio.

Pasaron meses, años y cambios. Noches de sábado demasiado agitadas. Otras actividades. Turnos laborales de domingo o festivo. La rutina semanal pasó a quincenal, mensual, esporádica... hasta que desapareció. 

Unos cuantos calendarios después del último partido vino la recomendación del médico. “Bájele al sedentarismo señor García. Métase a un gimnasio. Allí le definen una rutina adecuada para su edad y condición física. El resto es cuestión de disciplina”. Como se ve, el profesional de la salud no tuvo la culpa. El paciente tenía instrucciones claras. Solo debía seguirlas. No lo hizo. 

Él (García) ya sabía cómo, cuando y dónde hacer ejercicio. Así que el domingo siguiente se levantó temprano y después de rebuscar entre la ropa vieja se puso la pantaloneta. Curiosamente, su hermano gemelo hizo exactamente lo mismo. Se veía ridículo. Piernas fofas, piel color leche y bananitos sobresaliendo por encima de la cintura.  A punto de burlarse cayó en cuenta de dos cosas. Primera, él no tenía un hermano gemelo. Segunda, él sí tenía espejo de cuerpo entero, justo frente a su antiatlético (de la estética ni hablar) cuerpo. Plan B, pantalón de sudadera (color zapote, único disponible) y la también única camiseta ancha, verde fosforescente con estampado de campaña política.

Siguiente parada. El parque de siempre. Más o menos el mismo. Aunque en la versión que él recordaba los usuarios no eran tan jóvenes. Buscó un grupo que estuviera armando partidos. Se acercó al borde de la cancha y puso cara de quiero jugar, acompañada de una sonrisa seductora (deportivamente hablando).

45 minutos después, la expresión facial había evolucionado a modo súplica. Se armaron equipos. No lo incluyeron. Llego gente nueva y armaron más. Tampoco lo convocaron.  Veía como lo miraban a la distancia. Si era una persona, inmediatamente reorientaba los ojos, como quien busca otra alternativa. Si eran más, murmuraban algo entre ellos y reorientaban las miradas, como quien busca cualquier otra alternativa.

A estas alturas García entendió que tal vez ese no era su momento y que valía la pena revisar lo del gimnasio. Así que... se quedó esperando el milagro. Ocurrió. Ese grupo llegado a última hora necesitaba un jugador. No había nadie más. Sin mucho convencimiento, y tras lo que a lo lejos pareció una especie de discusión, se acercaron al hombre e hicieron la pregunta mágica: ¿Juega?

Sí, entró a la cancha. Sí, alcanzó a recibir y dar pases. Hasta tuvo un lanzamiento al tablero. Pero tras el primer salto vino ese apocalíptico dolor muscular en la pierna derecha (calambre, diría un coequipero). Así que jugar, lo que se dice jugar, no corresponde exactamente a lo que García hizo en ese par de minutos.

Cierto parque público tiene leyenda urbana. La del cucho que esperó toda la tarde para jugar baloncesto y se lesionó a los dos minutos. 

Algunos aseguran haberlo visto cotizando gimnasios. 

En el parque jamás lo volvieron a ver.