miércoles, 17 de diciembre de 2025

Y así nos conocimos

—¿Seguro que no hay problema?

—Fresco, yo pregunté y me dijeron que podía traer un amigo.

—Oiga... ¿y no toca llevar regalo?

—Mi papá ya lo mandó.

Ni siquiera sabía lo que había regalado. Ni siquiera conocía a la homenajeada. Solo sabía que tenía que ir a la fiesta de Don Federico. Así se lo había ordenado su papá. —Mijo, esta es la hija de un amigo que cumple 15 años. Yo no puedo ir, así que lo nombro delegado de la familia.

—Pero papá, yo que voy a hacer ahí si no conozco a nadie. 

—Pues lleve a un amigo. Y no se olvide de saludar a Don Federico y a Sandrita.

—¿A quién?

—A Sandrita, la quinceañera.

El portero los miró con cara de ustedes qué, pero al ver la invitación los invitó a pasar. Una patada en las espinillas de El Bárbaro puso a Carlos en estado de alerta. —Salude compañero.

Tocaba. La madre y el padre se habían ubicado en la puerta del salón, sintiéndose algo parecido a los reyes de Inglaterra. Así que emboscado por el protocolo, Carlos contraatacó.

—Don Federico, soy el hijo de don Vicente. Mi papá le manda a decir que le da mucha pena, pero no pudo venir. Que de todas formas espera que le haya gustado el regalo a... su hija. 

—Carlitos, que bueno que haya venido. Siga y diviértase.

—Traje un amigo.

—Claro muchachos, sigan.

Superado el muro de contención, los dos amigos buscaron un rincón estratégico, se armaron de sendas bebidas y fueron haciendo inventario del personal femenino disponible para buscar pareja de baile.

Sin embargo, nadie bailaba. Era de esas fiestas de quince donde la homenajeada hace una entrada medio cinematográfica para abrir oficialmente la reunión. Así que apagaron las luces, comenzó a sonar el Danubio Azul y, rodeada de cuatro adolescentes disfrazados de gitanos, apareció ella.

—Oiga Carlos.

—Después Bárbaro, no ve que estoy mirando.

—Yo conozco a esa vieja.

Carlos miró al Bárbaro con cara de a este que le pasa.

—¿Seguro?

—Claro, yo la he visto por mi casa.

—Listo, entonces usted baila el vals

—Está loco papá.

El combo de amigos tenía problemas particulares con Strauss. Eran descoordinados, torpes y nerviosos. Ninguno se sabía los pasos pero habían hecho un convenio. Cada vez que fueran de 15, por lo menos uno debía hacer el oso. Y El Bárbaro acababa de dar papaya. 

—Le figuró hermano.

—Nada, hagamos una rifa.

—Le figuró hermano.

El Bárbaro no estaba lo suficientemente alerta. Por eso no cayó en cuenta, mientras discutía con su amigo, que este lo iba acercando al círculo donde la homenajeada bailaba unos cuantos acordes, y luego cambiaba de pareja, de acuerdo con la tradición, con el Danubio Azul de fondo.

Su perdición fue en el momento en que vio a la quinceañera en todo su esplendor. De verdad era linda. Tanto, que olvidó momentáneamente a su amigo. La siguió con su mirada mientras ella atravesaba la pista al ritmo de Strauss. Casi se le va encima cuando el empujón de Carlos lo puso en medio del salón. Se iba a voltear a arrearle la madre, pero los hechos ocurrieron tan rápido que no pudo reaccionar.

—Su pareja, joven.

—Uuuuu.

Durante una eternidad de pocos segundos ni Sandra ni El Bárbaro supieron qué hacer, hasta que él la tomó por el talle y formuló la pregunta obvia.

—¿Bailamos?

Estaban en medio de un salón de fiestas, con música de baile blanco vienés sonando en el fondo y 500 invitados pendientes de ellos. Y, sin embargo, se aislaron momentáneamente del mundo. Como un príncipe prusiano y una dama de la alta sociedad austríaca empezaron a volar por el lugar, mirándose fijamente a los ojos hasta que una tercera persona interrumpió con un...

—¿Me permite joven?

—No... digo... claro.

Los vio alejarse paralizado desde la mitad de la pista, con la más envidiable de las caras de bobo. Las mismas manos que lo habían empujado al paredón lo sacaron de allí.

—Oiga tarado, despierte.

—Sabe qué Carlos, me voy a casar con esa mujer.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Recreacionistas

Finalizado ese proyecto estresante y agotador Rojas pudo, por fin, tomarse las altamente aplazadas vacaciones. Buscó un hotel lejano en un pueblo ídem. El escenario perfecto para desconectarse del mundo y gozar de paz y tranquilidad sin el acelere y el ruido del siglo XXI. Llegó, se registró, ingresó a la habitación y se recostó para disfrutar de aquella siesta que llevaba varias semanas embolatada.  

Justo en ese momento comenzó la bulla. Música bailable a todo volumen. A Rojas solo le llegaban los bajos y parte de la percusión. Vibraciones que se sentían como algo que venía del interior de su propio cuerpo. De camino a la recepción a hacer el reclamo, descubrió la fuente del sonido. Un poco de adultos mayores improvisaban pasos en un salón del alojamiento. Y dirigiendo la coreografía, como no, un recreacionista.

A lo largo de su vida, Rojas se ha encontrado con una curiosa cofradía especializada en sabotear sus descansos. Lo obligan a participar en actividades que no le interesan. Convierten escenarios vacacionales, laborales y sociales en rutinas difíciles, tan intrascendentes como irracionales. 

Comenzó en su infancia, durante algún paseo familiar a centro recreacional. El pequeño solo quería chapotear en la piscina todo el día. Hasta que el o la joven de turno convocaba, a gritos, a todos los niños. 

Porque siempre gritan. Y si tienen micrófono y parlante, también. Pero ese es solo el principio.

Rojas (entonces Rojitas) terminaba involucrado en un juego de lleva acuático donde nunca lograba tocar a nadie; o intentando esquivar golpes de un balón que siempre le pegaba, o en una versión del anterior donde él le pegaba (con el balón) justo al llorón o a la llorona.  O tragando agua mientras intentaba recuperar un objeto brillante e inútil del fondo de la piscina. Siempre reclutado, a la brava, para alguna dinámica.

Dinámica, esa palabra lo perseguiría durante la adolescencia, juventud y adultez. Primero en escenarios de ocio, donde el gritón o la gritona de ocasión se las ingeniaba para convertir ese ocio en actividades cada vez más complicadas. Así, tuvo que revelar intimidades frente a personas que acababa de conocer. Construir enrevesadas manualidades con papel, cinta pegante y límite de tiempo. Realizar complejos movimientos (des) coordinados en grupo cogidos de la mano, agarrados de una cuerda o amarrados a la misma.

En todos los casos, Rojas hubiera preferido ver televisión, leer, procrastinar, o socializar con alguna contemporánea en la cual estaba particularmente interesado. Ella, por cierto, siempre terminaba en el equipo contrario si la dinámica implicaba algún tipo de competencia. Y cuando en medio del movimiento el hombre golpeaba a alguien involuntariamente, ese alguien era, por supuesto, ella.

Rojas finalmente alcanzó la edad donde podía decidir libremente si participaba o no en las dinámicas. Eso creía él. El mundo laboral llegó con las jornadas de integración,  promovidas por el empleador del momento.  Por fuera de la oficina, pero en días hábiles. De asistencia voluntaria, pero altamente recomendable para efectos de supervivencia laboral. También incluían gritones, vergonzosas revelaciones públicas, y actividades físicas tan inútiles como intrincadas. Recorrer una distancia mínima de la manera más difícil posible sorteando obstáculos imaginarios. Transportar un huevo en una cuchara... en la boca. Y, si había presupuesto, emular concursos de televisión tipo Castillo de Taskeshi, Telematch o algo parecido.

Y esta vez, sin escapatoria posible.

Nuestro protagonista no es rencoroso. Evita el conflicto o busca soluciones civilizadas. Pero si existe alguien que pueda catalogar como enemigo, está seguro de una cosa. Debe ser un recreacionista.