Como el tiempo ha pasado y Guillermo El Conquistador sigue sin lograr pasar a la historia como versión nacional de Casanova, la voluntad inicial ha dado paso a una situación difícil, compleja, desesperada, horripilante... ¡Mamá!
Así que una tarde, mientras el don Juan de chocolate arrastraba sus pies por un andén repleto de tristeza, (el triste es Guillermo, el andén no tiene sentimientos), desde la vitrina de una caseta callejera, una hermosa rubia de poca ropa se convirtió en esperanza importada.
Ella tenía ojos golosos, rostro sensual, cabellera de comercial y un letrero en inglés que decía algo así como "Tus horas de soledad han terminado, llámame al..."
Y justo sobre el número telefónico, un ejemplar atrasado de la revista de Los Misioneros Descalzos del Atrato.
La publicación geográfico-religiosa hizo que Guillermo retornara al planeta Tierra. La rubia en mención se encontraba en la última página de una revista sólo para adultos, de esas que se venden en las casetas de cualquier ciudad del país.
Y aunque Guillermo había visto exhibidas esas publicaciones miles de veces sin prestarles mayor atención, ese día estaba deprimido, y pensó que un pecadillo menor de nombre gringo tal vez le subiría el ánimo.
Así que miró hacia su izquierda. Nadie conocido. A su derecha. Un muro. Adelante, la caseta. Atrás, una iglesia.
Aunque Guillermo no es hombre religioso, si tiene ciertas creencias. Así que decidió buscar otra caseta, sin referencias teológicas en las cercanías. Ocho templos. dos conventos, tres sinagogas, un centro de Hare Krhishnas, y una mezquita después, Guillermo el Conquistador finalmente encontró un puesto de revistas sin centros religiosos a la vista.
Nuevamente miró hacia su izquierda. Nadie conocido. A su derecha. El puesto de revistas!. Atrás. Una calle. Al frente. Un muro. Caminó con paso decidido y se ubicó frente a la caseta preguntando como quien no quiere la cosa. “Tiene... ¿El último Condorito?"
Después de preguntar por Revista Ganchillo, Mecánica Popular, Agricultura al Día, el New York Times, Tv y Novelas, Burda y Crochet para Jubilados, y ante la inminente amenaza de que el vendedor le preguntara acerca de la salud de su madre (la de Guillermo) finalmente se decidió a...
"Que hubo Memo". La voz sonó fuerte mientras la palmada golpeaba en la espalda. Esto era increíble. De todos los parientes posibles, tenía que encontrarse con el primo más bocón de toda la familia en ese momento.
Y la siguiente pregunta fue la más temida "¿Va a comprar algo?"
El de la caseta preguntó lo mismo "¿Va a comprar algo?"
...Y fue así como Guillermo El Conquistador regresó una tarde a su casa con el último ejemplar de Condorito, Mecánica Popular, Selecciones y 12 revistas más que, honestamente, le importaban un pito.
viernes, 21 de agosto de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
Guillermo el Conquistador y la influencia de los audífonos en los amores de congreso
Los sucesivos fracasos de Guillermo el Conquistador lo han sumido en una profunda crisis. Ante esta situación, fue matriculado en un programa de terapia de grupo. En él, hombres y mujeres de malas en el amor (y de peores en el juego, para rematar) narran sus historias. He aquí una de ellas.
Alejandro. 38 años, ingeniero: “La conocí en Cartagena, durante un congreso de Suelos y Concretos. Era costeña, de piel morena, pero cabello rubio. Tendría unos 23 años. Era hermosa. Esos ojos verdes, esa figura alta y bien formada. En fin.
Trabajaba como auxiliar, ustedes saben, esas niñas que ayudan a distribuir credenciales, ubicar a los delegados, entregar los equipos de traducción simultánea. En fin.
Muchas veces traté de hablarle, pero era de un profesionalismo a toda prueba. Se limitaba a responder cortésmente, pero sin sonreír El caso es que llegamos al último día, y nada que lograba establecer comunicación. En fin.
Vino entonces la conferencia del gringo sobre “Pruebas de resistencia del concreto reforzado a 2.800 metros sobre el nivel del mar”. En inglés, por supuesto. Ella me entregó con su rostro imperturbable los audífonos y el transistor de traducción. Yo me acomodé en la parte de atrás, en donde la veía. En fin.
Oía la conferencia, pero no escuchaba. Mi cerebro estaba perdido en esos ojos verdes. En fin, ahí fue cuando decidí salir a dar una vuelta. Cuando me levanté me pareció que me observaba. Pero no me cupo la menor duda a medida que me desplazaba por la sala. Sí, esos ojos verdes perseguían a los míos. Cuando llegué a la puerta, vi que se ponía de pie y caminaba hacia el sitio donde yo me encontraba. En fin.
Decidido a hacer la prueba final, salí del salón. Aunque normalmente camino rápido esta vez aceleré intencionalmente el paso. Quería estar completamente seguro. Sentí que alguien en tacones me seguía. Me voltee y la vi venir hacia mí. Y me sonrió. Si, sonrió. Y después me miró a los ojos, y en un tono entre coqueto y sensual pronunció esas palabras que jamás olvidaré. 'Disculpe señor, pero está prohibido sacar el sistema de traducción simultánea de los salones'.
En fin.
Alejandro. 38 años, ingeniero: “La conocí en Cartagena, durante un congreso de Suelos y Concretos. Era costeña, de piel morena, pero cabello rubio. Tendría unos 23 años. Era hermosa. Esos ojos verdes, esa figura alta y bien formada. En fin.
Trabajaba como auxiliar, ustedes saben, esas niñas que ayudan a distribuir credenciales, ubicar a los delegados, entregar los equipos de traducción simultánea. En fin.
Muchas veces traté de hablarle, pero era de un profesionalismo a toda prueba. Se limitaba a responder cortésmente, pero sin sonreír El caso es que llegamos al último día, y nada que lograba establecer comunicación. En fin.
Vino entonces la conferencia del gringo sobre “Pruebas de resistencia del concreto reforzado a 2.800 metros sobre el nivel del mar”. En inglés, por supuesto. Ella me entregó con su rostro imperturbable los audífonos y el transistor de traducción. Yo me acomodé en la parte de atrás, en donde la veía. En fin.
Oía la conferencia, pero no escuchaba. Mi cerebro estaba perdido en esos ojos verdes. En fin, ahí fue cuando decidí salir a dar una vuelta. Cuando me levanté me pareció que me observaba. Pero no me cupo la menor duda a medida que me desplazaba por la sala. Sí, esos ojos verdes perseguían a los míos. Cuando llegué a la puerta, vi que se ponía de pie y caminaba hacia el sitio donde yo me encontraba. En fin.
Decidido a hacer la prueba final, salí del salón. Aunque normalmente camino rápido esta vez aceleré intencionalmente el paso. Quería estar completamente seguro. Sentí que alguien en tacones me seguía. Me voltee y la vi venir hacia mí. Y me sonrió. Si, sonrió. Y después me miró a los ojos, y en un tono entre coqueto y sensual pronunció esas palabras que jamás olvidaré. 'Disculpe señor, pero está prohibido sacar el sistema de traducción simultánea de los salones'.
En fin.
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