Nota de la redacción. Retomamos (con algunos ajustes) un texto del siglo pasado que enfrenta a un emprendedor (en esos tiempos les decían rebuscadores) contra un autoproclamado consultor corporativo de imagen pro bono (en esos tiempos le decían sapo. En estos tiempos también.)
El Vecino (de ahora en adelante Elveci) cree en lo que hace. Él realmente se considera un servidor de una comunidad que, tarde o temprano, agradecerá su oportuna intervención, gracias a la cual el barrio, conjunto residencial o edificio se salvó de convertirse en una plaza, un tugurio, un antro o una invasión.
Elveci se autonombró asesor de imagen ad honorem del lugar en donde vive. Él considera que la primera prioridad no es ser sino parecer. En épocas boyantes, se le ve como un personaje algo cansón cuyas ideas a veces son buenas, otras no tanto, pero que en realidad no hace daño a nadie.
En épocas normales, es un peligro público.
Resulta que a algún vecino se le ocurrió una idea. Conseguir un camión, comprar mercado al por mayor y luego estacionar el vehículo frente al edificio o conjunto, o en alguna calle del barrio, y venderle a sus habitantes.
El resultado es, en principio, gana gana para casi todos los implicados. El vecino del camión hace negocio, los demás vecinos ahorran tiempo y dinero.
El casi es, como no, Elveci. Mientras los demás aprovechan la oportunidad, el hombre se pone histérico e inicia una campaña para salvar al barrio de parecer una plaza, porque qué dirá la gente.
Posiblemente la despensa y la nevera de Elveci se encuentran pletóricas, pero de espacio disponible, ya que la situación económica del personaje dista de ser boyante. De hecho, su casa —fiel a sus principios— tiene una maravillosa sala de muebles envidiables siempre recién pintada. También sirve como retén para restringir el acceso a unos cuartos mal pintados con muebles desvencijados.
Pero eso no es lo importante. El rendimiento del presupuesto familiar es secundario frente al peligro que amenaza la imagen de su comunidad. Así que se declara en resistencia pacífica e inicia un asedio epistolar, telefónico, virtual y verbal al presidente de la acción comunal, al líder del consejo de administración o a cualquier forma de autoridad con poder para acabar con “esa plazuela callejera”.
En tiempos donde hay que cuidar cada peso, como los que se viven hoy, el público se divide. Unos consideran que no se le debe parar bolas al bobo de Elveci. Otros opinan que Elveci debería preocuparse por sus propios problemas y dejar en paz a los demás. Y un grupo importante considera que Elveci tiene lo que ponen las gallinas, y no precisamente en su desocupada despensa.
Estos suman un, digamos, 97 por ciento.
El tres por ciento restante está conformado por el propio Elveci, (uno por ciento) y su familia, ese dos por ciento que a escondidas del jefe del hogar hace compras en el camión cada vez que existe la oportunidad.
Lo importante es que no los vea su papá.
Al fin y al cabo la primera prioridad es parecer, no ser.