miércoles, 30 de septiembre de 2026

Perfecta presentación

De todos los proyectos, ese era "El" proyecto. Iba a tener el mejor presupuesto, abría excelentes posibilidades de crecimiento profesional y contaba con un plan de bonos e incentivos sin par. Demandaba, eso sí, además del impecable sustento técnico, un importante componente de creatividad e innovación.

Cada uno de los interesados en la empresa sabía que la clave no estaba en tener la idea más original, sino en exponerla primero al comité. Cuando finalmente se publicó el cronograma de las presentaciones la ventaja la tenía el ingeniero Pérez. Puesto número uno para llevar su iniciativa ante los encargados de la selección,

Pérez no llegó ahí por suerte o casualidad sino como resultado de un plan cuidadosamente diseñado, implementado y desarrollado, etapa por etapa, que finalmente lo puso en la cabecera de la lista. Tenía muy claro cada uno de los puntos, pero aún no los había convertido en presentación. En teoría, iba a disponer de dos semanas para eso. 

La noche anterior todo se fue a la porra. Una llamada, un imprevisto, un reagendamiento con dos opciones. —Lo podemos recibir mañana o si no el único espacio libre es en tres semanas. Sí, en ese caso sería uno de los últimos proponentes en exponer. 

Hora de la notificación 9 p.m. Hora de la presentación 7 a.m.

Acudió a la inteligencia artificial, pero el resultado final no lo dejó satisfecho. Era impecable pero frío. Le faltaba la chispa, el toque personal que siempre representó éxitos en el pasado. Para rematar esa misma semana había sido testigo de como un joven ejecutivo botó su carrera a la basura, por no verificar ese documento donde la tecnología introdujo un par de referencias tan fundamentales como inexactas. 

Pérez optó por revisión y ajuste detallado, diapositiva a diapositiva, tanto en la forma como en el contenido del producto que le había entregado el ayudante cibernético. Su capacidad intelectual (la del ingeniero), su experiencia profesional, sus conocimientos en el tema específico y cantidades navegables de café le permitieron ensamblar un producto final ideal.

Todo estaba en su sitio. La información inicial para captar la atención. Los puntos fundamentales del camino que llevaría al objetivo bajo criterios de calidad y eficiencia. Los complementos visuales en forma de gráficos informativos cuando el tema lo requería, o de imágenes evocadoras cuidadosamente seleccionadas. Una ruta icónica repleta de datos escogidos para vender el mensaje sin saturar a la audiencia.

Cuando terminó de revisar su obra vio el reloj, 5.30 a.m. Apenas el tiempo justo para aseo, arreglo personal y transporte. Lo había logrado. La presentación perfecta.

El comité en pleno ocupó la sala de juntas a las 7 de la mañana, tal y como había sido programado. Realmente había expectativas frente a lo que el ingeniero podría traer. 

Al llegar a la oficina Pérez notó una pequeña y casi imperceptible mancha en el saco. Fue hasta el baño de la oficina, humedeció su pañuelo y se sentó sobre la tapa de un sanitario para una rápida operación de aseo.

7.15 a.m. El comité sigue reunido, pero el ingeniero y su presentación no aparecen por ningún lado.

A nadie se le ocurre buscarlo en el baño, donde duerme, plácidamente, sentado sobre un sanitario.

 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ojos en el cielo de agosto

Comenzó en agosto de un año que ya pasó. Esteban vio un video en alguna red social. Cometas de diferentes tamaños, formas y colores engalanaban el cielo de la ciudad, aprovechando el fenómeno climático que caracteriza al octavo mes del año.

El espectáculo se alzaba por encima del parque público al que este caballero había dejado de asistir años atrás, cuando sus actividades recreativas y deportivas cambiaron escenarios, horarios y preferencias. Una de sus aficiones del pasado había sido, precisamente, elevar cometas. La visión disparó la nostalgia y trajo el propósito de revivir, por lo menos una vez, las alegres jornadas de infancia. adolescencia y juventud.

Lo primero fue convocar a su esposa e hijos adolescentes para que lo acompañaran ese domingo a decorar el firmamento con un volantín. Aunque ella lo quería mucho, sus sentimientos hacia pasar tiempo al aire libre en ambientes cuasirurales eran muy diferentes, así que lo despachó con un este domingo no puedo mi amor.

Con respecto a los descendientes, estaban en esa edad donde uno, el peor compañero posible para cualquier actividad eran los padres. Dos, cualquier actividad que propusieran los padres era por definición anacrónica, aburridora y vergonzosa. Y tres, elevar una figura 2D de plástico o tela jalando un hilo de nailon a la intemperie, era confirmación inobjetable de los puntos uno y dos. Si por lo menos fuera un dron... 

Esteban no insistió para ahorrarse conflictos familiares. Total, el sí tenía donde buscar compañeros. Su hermano y los amigos con los que solían volar cometas. Las fabricaban ellos mismos, guiados por un vecino con gran habilidad para las artes manuales. Ese que le contestó que ya no tenía tiempo de hacer esas cosas. Cosas que, por cierto, no eran tan fáciles, lo que descubrió Esteban en medio del mazacote de plástico, varillas y piolas que resultó del intentó fallido (trasnochada incluida) de manufacturar su propia cometa.

Fue el hermano quien le dijo que dejara de complicarse la vida, que él ya tenía suficiente plata para comprar un papalote. Que alrededor del parque se instalaban en esta temporada los vendedores de barriletes. Y que él lamentaba no poder acompañarlo pero debía seguir viajando por países como México y Argentina, donde asesoraba empresas y aprendía formas diferentes de llamar a las cometas.

Todos los contemporáneos que el hombre buscó tuvieron una excelente razón para declinar la invitación. Agendas previas, salud, compromisos familiares, viajes. Todos igualmente lamentaron profundamente perderse un programa tan bonito, interesante, agradable y adecuado. Y todos se comprometieron a contactarse de nuevo para alguna otra actividad (nota, no ha vuelto a hablar con ninguno).

Llegó el domingo con los vientos en plena temporada. Esteban simplemente se despidió de su familia, tomó el carro y lo dejó en un parqueadero cercano. Mientras caminaba definía mentalmente con cual vendedor adquiriría el juguete aerodinámico para pasar unos minutos (u horas, quien sabe) de placer solitario.

El ambiente no podía ser más propicio. Levantó la mirada y vio el cielo surcado por aves bidimensionales, figuras varias, superhéroes estampados en formas geométricas, personajes de moda, hexágonos, combinaciones multicolores; todos sujetados por hilos invisibles a la distancia

Avanzó a pie con los ojos en el cielo admirando las cometas de agosto. No llegó. Lo interrumpió la repentina sensación de caída, la oscuridad y el golpe. Luego vino el rescate, la hospitalización y la incapacidad. 

La alcantarilla estaba sin tapa desde julio.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Pandemionismos

Dicen los organismos internacionales de salud que la pandemia del COVID-19 comenzó en marzo de 2020  y terminó oficialmente a principios de 2023. Terminó, sí, pero todavía rondan por el planeta todo tipo de secuelas. Expertos tiene la medicina que pueden profundizar en ese tema desde sus especialidades. Lo mismo la sicología, la sociología, la política, la economía y una larga lista de disciplinas del conocimiento.

Desde las Amilcaradas hacemos este modesto aporte que tiene que ver con la vida diaria del personal. Incluye algunos comportamientos que se volvieron obligatorios durante la cuarentena. Eso es normal, incluso con aquellos que —hoy en día lo sabemos— realmente no servían para nada. 

Lo extraño es que algunas personas los incluyeron (incluimos, dice la tarjeta) y los siguen incluyendo en sus rutinas. También hay otros que son evoluciones de los anteriores.

Como creo que la explicación anterior confundió más en vez de aclarar, saltemos de una vez a los ejemplos. Tres años después, la pandemia dejó como resultado que algunas personas…  

… eviten los puestos dobles, triples o cualquier modalidad que implique compartir silla con desconocidos en el transporte público urbano (y no importa si eso implica hacer todo el recorrido de pie).

… le hagan el feo a un bar, taberna o cualquier expendio de bebidas alcohólicas a menos que vendan algo de comer y se pueda llamar gastrobar.

… destruyan (con odio) los tapabocas, las toallas de papel y los pañuelos desechables antes de desecharlos.

… utilicen (a la entrada y a la salida) el dispensador de gel gratuito donde lo haya (nota: no importa si el recipiente está vacío desde finales del 2021).

… hagan mercado a distancia dándole instrucciones al esposo por el teléfono.

… hagan mercado presencial recibiendo instrucciones de la esposa por teléfono.

… compren todo en línea, incluyendo lo que también venden a media cuadra de la casa.

… se quejen del precio en línea después de comprar al compararlo con el del mismo producto que venden a media cuadra de la casa.

… revisen que haya por lo menos una ventana abierta en cualquier recinto cerrado (nota: incluye transporte público).

… abran por lo menos una ventana en cualquier recinto cerrado.

… discutan apasionadamente con el friolento (a) que se queja por la ventana abierta. 

… le echen alcohol a las bolsas de basura.

... se sienten en cualquier silla en sala de casa ajena, pero nunca en un sofá.

 … carguen un tapabocas en el bolsillo o la cartera.

… consulten ante cualquier invitación o convocatoria que implique dialogar con otro ser humano, ¿y eso no lo podemos hacer por videollamada?

… pasen a estado de alerta absoluta cuando alguien tose o aclara la garganta en sala de espera, fila, bus urbano, oficina o en cualquier escenario que implique la presencia de dos personas o más.

… se limpian los pies al entrar a casa en un tapete viejo, deshilachado y sucio que alguna vez fue un flamante (y de cuestionable utilidad) tapete desinfectante.

… realicen toda reunión laboral en modalidad virtual, incluyendo aquella donde la lista completa de  convocados están en el mismo edificio. Una parte en el piso de arriba, otra en el piso de abajo y otra en los cubículos de al lado.

… aguanten la respiración mientras saludan de beso. 

… salgan en patota de papá, mamá, hijas, hijos, primos, suegras y vecino infiltrado a comprar una gaseosa.

… saquen el perro cinco veces al día con posibilidad de seis y hasta siete.

… compren cualquier producto para el hogar en el sitio más alejado posible.

… lleven cubiertos desechables a los restaurantes.

… mantengan siempre un amplio surtido disponible de papel higiénico, preferiblemente en paquetes grandes.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

El duelo

La rivalidad entre los dos deportistas se fue colando en la conversación hasta acaparar la atención nacional. Una larga lista de influenciadores, periodistas, promotores, publicistas y hasta políticos reclamaron la paternidad del descubrimiento, pero ninguno pudo demostrar haber sido el primero en hablar de lo que pasó de tema de conversación a tópico viral a obsesión de un país.

En la disciplina que practicaban ambos eran buenos. Muy buenos. Una primera verificación seria de sus antecedentes confirmó que estaban invictos hasta ese momento. Que habían hecho un recorrido similar el cual comenzó con enfrentamientos internos de clubes y siguió en la representación de los mismos a través de escenarios primero locales, luego regionales y finalmente nacionales con proyección internacional.

Las similitudes terminaban ahí.  Su estilo de juego, tácticas, y forma de abordar a los rivales de turno no podían ser más diferentes. El clásico (como lo llamaremos a partir de ahora) era una enciclopedia ambulante de cómo se había jugado, cómo se jugaba y cómo se jugaría. Reconocía cada acción de sus oponentes y aplicaba la estrategia de manual para neutralizarla. 

En cambio el creativo (a quien identificaremos así) era un genio para la improvisación. Generaba constantemente jugadas inesperadas, novedosas, sorprendentes, pero efectivas. Quienes lo enfrentaban siempre terminaban desconcertados en algún momento, normalmente antes de recibir el golpe definitivo. 

Si la forma de competir era dispar, en su personalidad también eran muy distintos. Clásico era hablador, extrovertido, algo prepotente, siempre con algún apunte dicharachero. Creativo, por fuera del campo de juego, se comportaba reservado, introvertido, poco amigo de hablar más allá de lo estrictamente necesario.

El uno prefería un vestuario tradicional, el otro exhibía un guardarropa definido por las tendencias de la moda. Clásico asumió gustosamente su papel de nueva estrella mediática y de redes sociales, mientras Creativo mantuvo —dentro de lo posible— perfil bajo y pocas apariciones públicas.

Sobra decir que los dos nunca se habían enfrentado. También sobra decir que cuando fueron escalando en logros deportivos y fama personal, la batalla deportiva entre los dos se volvió expectativa popular.

Curiosamente fue Creativo, el discreto, quien encendió la chispa. En una de sus escasas entrevistas dijo algo respecto a como algunos jugadores habían robotizado el deporte.  No dio nombres, no amplió la idea,  pero la oportunidad fue bien aprovechada por el ecosistema virtual y analógico. En pocas horas ya alguien le había dado cuerda a Clásico para que respondiera. Este no desilusionó a su público con algo así como es mejor ser robot que payaso. A partir de ese momento, el ambiente se calentó. 

Vainazo va y vainazo viene, debidamente amplificados por redes y comentaristas, finalmente llegó el día del esperado partido. Ambos arribaron acompañados de sus respectivos equipos de apoyo, tomaron sus posiciones y esperaron la señal del árbitro. Y entonces pasó… 

Todavía se discute quien dio el golpe inicial o qué fue lo que desencadenó la pelea. Lo cierto es que la partida terminó convertida en una batalla campal, donde primero los rivales y luego sus respectivos grupos de apoyo se trenzaron en un fenomenal intercambio de puños y patadas, televisado en vivo y en directo, hasta que alguien superó la estupefacción y ordenó cortar la señal.

Al fin y al cabo, nadie esperaba que una partida de ajedrez desembocara en algo como eso.