miércoles, 16 de septiembre de 2026

Yo lo vi

Yolovi no se llama así. Es la forma como lo bautizaron sus compañeros de juerga. Yo lo vi, decía, persistía y reiteraba pese al escepticismo de los escuchas, por no hablar de la evidencia y las circunstancias.

El contexto, para comenzar, aplastaba totalmente cualquier indicio de credibilidad. Yolovi y su combo salieron del local de marras bajo la influencia de suficiente alcohol para llenar un embalse. Por suerte lo avanzado de la hora eliminó a cero el tránsito vehicular, así que pudieran zigzaguear con mucho riesgo pero escaso peligro de andén en andén mientras iban dejando a cada sujeto en su respectivo hogar.

Yolovi y el amigo fueron los últimos en arribar a sus casas, en la misma cuadra.  El amigo ingresó primero (emitió un sonido que, todo parece indicar, era una despedida). El otro tipo paró un momento, reuniendo el poco sentido del equilibrio que le quedaba para recorrer los pocos metros que lo separaban de su casa.

Ahí lo vio. Aunque imponente no parecía amenazante. De hecho ni siquiera determinó al testigo ocasional. Simplemente apareció por la esquina norte, pasó por la acera de enfrente y desapareció por la esquina sur.

También desapareció el efecto del licor consumido. Resultado previsible en quien acaba de ver un gorila en plena ciudad. Albino, por cierto. Con pantaloneta. Rosada. Y tenis. Verdes. La historia sigue con un recorrido relámpago hasta la casa, ingreso apresurado y refugio entre angustia y desconcierto debajo de las cobijas.

Amaneció domingo de desenguayabe y los bebedores de la noche anterior se reunieron alrededor de caldo de costilla en magnitudes navegables. Entre comentarios sueltos, recuerdos difusos de la noche anterior y demás temas varios Yolovi pregunta si ellos también lo vieron. —¿Vimos que?

Doce palabras hacen la diferencia entre el borde del desastre y el empujón definitivo. —“El gorila albino con pantaloneta rosada y tenis verdes. Yo lo vi.”

Solo fue cuestión de segundos para que la reacción pasara del desconcierto al escepticismo, del escepticismo a la burla, y de la burla al amistoso pero hiriente sabotaje (por no decirle matoneo). Aún así el narrador insistía en mantener su versión. Y aseguraba una y otra vez. “Yo lo vi, yo lo vi.”

Ningún argumento puede más que una sucesión interminable de carcajadas. Nadie sabe quien fue el autor intelectual, pero en algún momento del coro de jajajas, surgió la condena. Nominal, ya que involucraba la desaparición eterna de un nombre y su reemplazo por el apelativo del que venimos hablando. “Está (risas) bien (risas), si usted dice (risas) yo lo vi, (risas) te creemos (risas) Yolovi”.

Con el paso del tiempo Yolovi ha comenzado a dudar sobre lo del gorila albino en pantaloneta rosada y tenis verdes. ¿La pantaloneta de verdad era rosada? De resto sigue convencido de lo que observó esa noche. 

Como los demás no vieron, ya no habla del tema. Ver para creer.  

Nota final. Una fuente sin identificar dice haber escuchado este fragmento de una conversación ajena.

—”...Y preciso se acaba el medicamento así de tarde. Como no hay domicilios ni nada toca salir a conseguirlo como sea. No hay tiempo ni de cambiarse, apenas de ponerse unos tenis y una pantaloneta para que no se caiga el pantalón de la piyama de peluche, la blanca, esa que tiene capucha. Así salí a la calle pero qué importa. Lo  importante fue que encontré una farmacia abierta. Además, nadie me vio.”