jueves, 17 de septiembre de 2015

Los grandes atacan de nuevo


Supongo que algún psicólogo, sociólogo, antropólogo u otra profesión terminada en ólogo dispondrá de una documentada explicación. Allá ellos. Nos limitamos a reseñar los hechos. Lo chiquito –en algunas facetas de la vida, sobre todo las que involucran tecnología– tiende a volverse grande.

Ahora, hablamos de cosas que eran grandes, pasaron a pequeñas y de un tiempo para acá, como la serpiente que muerde su propia cola, incrementaron el espacio que le quitan a otros en el universo. Y para las mentes demasiado creativas, aclaramos de una vez que lo de cosas es literal. Esto se refiere a objetos inanimados.

Lo notamos primero con los audífonos. Hace años, la escucha individualizada demandaba cubrir las orejas con sendos caparazones de tortuga. Cuando llegó el “gualkman”, los caparazones pasaron a tiernas esponjitas. Más adelante, dispositivos anatómicos, camuflados de manera casi invisible en el pabellón auricular,   acompañaron “discman” y “aipod”. Un discreto cable completaba el discreto conjunto.

Pero la discreción se fue a ese lejano sitio ubicado media cuadra antes de la porra. Presumo que algún experto en mercadeo sabe por qué. Los caparazones volvieron. Y de colores. Y colores chillones. Así que muchas personas andan por la vida aislados en su notoria escafandra musical. Su contacto con el  mundo exterior se limita a ver a los demás vocalizar hasta caer en cuenta que es con ellos. Entonces destapan una oreja y como quien no quiere el asunto preguntan ¿Cómo?

Ante la evidencia en audio, optamos por mirar hacia otros artefactos de la vida diaria. Y aparece como no, el celular. Comenzó con esas panelas cuyo apodo lo dice todo. Pero el ladrillo original fue el punto de partida de una carrera hacia lo diminuto. Al punto de que los machos entraron en una insólita competencia para mostrar quien lo tenía más pequeño. Por supuesto, nos referimos al teléfono móvil. Y ahora leemos que el último aparato de la empresa de la manzanita presume del tamaño de su pantalla, la cual ocupa más espacio en dos de tres dimensiones. Y hablan de algo llamado phablet, que suena como el resultado de una aventura poco santa entre una tableta y un teléfono. Hace algún tiempo contestar un teléfono que se escondía detrás del dedo gordo era un orgullo, ahora sacar la panela –ultradelgada, eso sí– y empezar a teclear es lo “in”.

Sigamos con el gigantismo postmoderno –si le robé la expresión a algún intelectual, me disculpo–. En sus comienzos, la televisión era un mueble. Evolucionó a modelos cada vez más personalizados, léase compactos, que hasta agarradera tenían. Pero hoy en los hogares existen tremendos cuadros que se miden en pulgadas, y ocupan media pared.  Hablando de pantallas, en la época de oro del cine existió algo llamado cinerama (una pantalla que se extendía hacia los lados, y en la práctica permitía ver una espectacular media película). Esto para señalar que las megapantallas, megacines y otros megaformatos son un megarretorno al pasado de lo grandote.

En medio de esa tendencia, solo una expresión minimalista resiste cualquier embate del maximalismo reinante. Como lo anteriormente dicho parece robado de algún crítico literario, con gusto traduzco. Muchas cosas crecen, pero una tiende a reducirse cada vez más, y más, y más…

Nuestros ingresos.

martes, 15 de septiembre de 2015

Una voz seductora


El rumor le llegó a través de una interpuesta persona, muchos años después. Y una breve investigación le confirmó a Ramiro que, evidentemente, la ojiverde de la recepción estaba completamente enamorada ... de su voz.

La ojiverde nunca había tenido nombre para él. Solo era la secretaria buena de la oficina de arquitectos de Constanza, su hermana. Por aquellos tiempos Ramiro combinaba sus estudios con ocasionales servicios de mensajería a sus familiares, lo que le garantizaba unos pesos para las cervezas del fin de semana.

Así, periódicamente pasaba por la oficina de Constanza para pagarle los servicios, reclamar un paz y salvo en impuestos o ayudar en las diligencias de las licencias de construcción.

Todo esto para señalar que vía telefónica, o en persona, hubo un contacto más o menos seguido entre Ramiro y la secretaria buena sin nombre. Y en una conversación suelta, tiempo después, la hija mayor de Constanza, Silvia, se lo dijo “Tío, usted tiene una voz bonita. A Patricia le fascinaba”.

Halagado, Ramiro recordó como, a veces, Constanza llevaba a su entonces pequeña hija a la oficina, y Patricia - la ojiverde buena que acababa de estrenar nombre - ejercía como nana ocasional. También se enteró de que, en su ausencia, la recepcionista siempre dedicaba adjetivos positivos al timbre y tono del ocasional mensajero.

Recién salido de una relación sentimental especialmente conflictiva, una revelación de estas era lo que nuestro personaje necesitaba para mandar el ego al segundo piso. Así que en los días siguientes anduvo por el mundo con sonrisa digna de adolescente al que le acaban de quitar los frenillos.

Para redondear la faena, un día iba por la calle y le pareció reconocer una silueta femenina en la distancia. Su aguda vista se enfocó en las formas - aún redondas y atrayentes -, y en esos penetrantes ojos verdes de Patricia, que paseaba acompañada de una mujer de edad, posiblemente la madre.

Ramiro Carraspeó la garganta, lanzó un ooommmm interno y se preparó para saludar en un tono grandilocuente e impostado, con el cual, apenas ella estuvo a distancia prudente, produjo un profundo “Holaaaa, Patricia, me recuerrdasss”.

Patricia no reaccionó, pero la persona que iba con ella sí.

“Háblele más duro que es sorda”.