jueves, 15 de diciembre de 2016

Crisis

Gilberto hizo cuentas y se dio cuenta.  No cuadraban. O dejaba de comer, o dejaba de pagar arriendo, o dejaba de pagar servicios o sacaba a los hijos del colegio... o conseguía más plata.

El, su esposa y sus tres hijos eran, en cierta forma, gente con suerte. Los cónyuges tenían ambos empleo, los hijos estudiaban y nunca les había faltado lo esencial. Pero la situación había llevado la tijera de las cuentas familiares a su punto límite.

Ya eran historia las comidas callejeras, los viajes recreativos, y las compras suntuarias (o sea, todo lo que no fuera alimento básico, o elementos para mantener un nivel mínimo de aseo). Una prenda de vestir sólo se renovaba cuando no aceptara un remiendo o una remonta más. La palabra desechable había desaparecido de su lenguaje, porque todo era reutilizado hasta su última posibilidad. Y sin embargo, no alcanzaba.

Así que Gilberto tuvo que empezar a pensar en una vieja oferta de El Paisa. El Paisa era dueño de un negocio de comida en el terminal  que funcionaba 24 horas. Para ahorrarse prestaciones, no contrataba empleados permanentes, sino que tenía turnos nocturnos semanales. Y en alguna ocasión le había propuesto que si le quedaba tiempo ahí se podía ganar unos pesos.

La operación mesero nocturno entró en marcha. Existía, sin embargo, un problema llamado jefe. El jefe de Gilberto en el que llamaremos su empleo uno. Un jefe que, como todos los jefes, vivía bien, no tenía problemas de plata, supervisaba constantemente la labor de sus subalternos y consideraba el trabajo un compromiso exclusivo e ineludible. El jefe era envidia de todos sus empleados, más que por su poder, por su estabilidad financiera en tiempos de crisis. Hasta tenía carro.

Así que Gilberto tomó medidas para evitar que el superior sospechara. Negoció un turno que en nada se cruzaba con su horario normal.  No hizo ningún comentario de su actividad complementaria en la empresa. Y al fin, una noche de jueves, se dispuso a comenzar.

No había acabado de llegar cuando le pidieron atender a su primer cliente. Tomó el pedido y fue al mostrador a pasarle el dato al cocinero que se parecía muchísimo a....

...No se parecía, era ¡el jefe!

Mientras Gilberto lo miraba con cara de estúpido, su superior jerárquico explicó con voz resignada.

- Que quiere que haga hombre, la crisis está grave.

martes, 13 de diciembre de 2016

Manual para echar piropos

Las noticias llegan de diversas partes del mundo. Decisiones locales por  medio de las cuales eso de echar piropos pasa de práctica cotidiana a delito. O contravención, si se trata de meterle precisión jurídica al tema. El asunto es que elogiar el aspecto físico de otro puede terminar en multa y hasta en cárcel.

El argumento de quienes promueven las iniciativas es que se trata de una agresión. Y  algunos comentarios callejeros que parecen un diagnóstico de gineco-obstetricia en términos para nada científicos confirman esta visión. Pero también existen los que involucran contextos como botánica (flores), cromatismo oftalmológico (color de ojos), analogías varias y relaciones forzadas entre el color blanco y los ángeles caídos.

Cuando un piropo se basa en la cruda descripción de alguna parte del cuerpo y sus posibles usos, los calificativos de agresivo, censurable, insultante y ofensivo le calzan a la perfección (al piropo). Y cuando se trata de una descripción poética que enfatiza la belleza de un rostro… también, por lo menos para algunas personas.

Ese es el problema. El ingrediente subjetivo. Siempre existe la posibilidad de que la más inocente de las expresiones resulte ofensiva o intimidante para alguien. Por eso –más allá de lo que diga la ley– la lógica invita a abstenerse, o por lo menos aplicar la siguiente lista de verificación antes de destacar verbalmente el aspecto físico de alguien.

Y nos hemos demorado en decir que si bien en teoría aquí no hay diferencia de género, la verdad es que las principales víctimas de los piropos inadecuados son ellas, razón por la cual el sujeto receptor pasa a ser, a partir de este momento, la sujeta.

1.- Jamás, nunca, never, piropee a una desconocida, o a alguien que acaba de conocer.

2.- Mantenga la distancia dentro de un margen mínimo de seguridad que haga imposible el contacto físico. Barreras artificiales como pared de cubículo, escritorio o máquina fileteadora son un valor agregado.

3.- Antes de hacer el respectivo comentario, solicite de la destinataria una aprobación –escrita– de una lista de palabras. Dicha aprobación debe certificar que los términos no implican propuestas inadecuadas y de las otras, afirmaciones políticamente incorrectas, invasión de la privacidad, mensajes disonantes y discriminación con motivo de género.

4.- Asegúrese de que haya testigos, cámaras o grabadoras para garantizar evidencia  cierta durante el inevitable proceso judicial, administrativo y fiscal.

5.- Disponga de un traductor simultáneo que debe activarse de acuerdo con la cara de la receptora. En caso de que esta insinúe el más mínimo sentimiento de disgusto o consternación ante el piropo, el traductor deberá explicar, palabra por palabra, la connotación, objetivos y significado de las mismas.

6.- Asegúrese de que su lenguaje no verbal sea completamente aséptico. Es decir que el movimiento del resto de su cuerpo y la expresión de su cara expresen lo que expresarían al pagar un recibo de servicios públicos, al comprar un repuesto de plomería o al amarrarse los cordones de los zapatos.

7.- Si pese a todas las advertencias y observaciones anteriores, usted considera inevitable mencionar como la sonrisa de esa vecina que ve todos los días en el ascensor alegra su día puede hacerlo, siempre y cuando cumpla con la siguiente condición: ni ella, ni nadie, debe enterarse de que usted dijo eso… jamás.