miércoles, 23 de agosto de 2023

Al final del servicio


Como el final es su destino, lo vamos a llamar así: Último. Ulti, porque ya le tenemos confianza. El individuo  en mención es buena muela. Le gusta comer bien y nunca le hace el feo a un plato. Pero aquí no vamos a hablar de gastronomía, ni de culinaria, sino de prioridades en el servicio. Porque no importa el dónde, el cómo, el cuándo ni el porqué: a Ulti siempre, pero siempre, le sirven de último.

Pasa en los restaurantes a la carta. El comensal de la izquierda ordena algún pescado de compleja preparación, el de la derecha una sopa de ingredientes exóticos, el de enfrente esa carne que requiere un cuidadoso proceso de adobo. Ulti opta por cierta combinación de carbohidratos y proteínas con verdura (arroz mixto). Llegará el pescado, llegará la sopa, llegará la carne; todos con su respectiva porción de arroz. Porciones que ya habrán desaparecido cuando por fin aparezca la gran porción de arroz mixto de Ulti.

Otro día, otro restaurante. Los acompañantes escogen platos. Ulti opta por el del día, el recomendado del chef, el que ni siquiera está en la carta permanente, sino insertado en una cartulina recién impresa. Ese que le traen casi de inmediato a casi todo el mundo. Ese tan solicitado durante el día en mención —versión oficial— que justo cuando Ulti lo pidió se había agotado y por eso fue necesario preparar nuevas porciones. Por eso finalmente le sirvieron... justo cuando comenzaban a recoger la loza de sus contertulios.

Ahora, no siempre los menús son individualizados. Existen múltiples circunstancias en las cuales solo hay una opción. Restaurantes de combate (corrientazos), eventos sociales, desayunos o almuerzos de trabajo y  reuniones familiares cuya importancia amerita meseros. En esos casos la comida está lista y los meseros simplemente la distribuyen de acuerdo con un formato preestablecido. O en orden de llegada. O según la ubicación de los comensales frente a algún punto de referencia (la cocina, una mesa rodante, el bar...)

Ulti ya se resignó a que el procedimiento de turno siempre lo deje en posición de cierre para efectos de recibir su comida. Ubíquese donde se ubique. Por selección propia u decisión de los anfitriones. Su condena es ver platos humeantes, fríos y aromáticos materializarse en puestos distintos del suyo. 

Y no es que —mientras ha sido posible— no haya ensayado alternativas. Al lado izquierdo del homenajeado (al primero al que le sirven antes de seguir por la derecha). Al lado derecho de la homenajeada (la primera a la que le sirven antes de seguir por la izquierda). Al frente del festejado, solo para ver como los eficientes meseros arrancan simultáneamente a lado y lado hasta dar la vuelta completa y terminar, por supuesto, justo con quien está… al frente del festejado.

Cuando no hay protagonista, la cosa debía ser más fácil. No es cierto. Si es una mesa larga y Ulti escoge el borde más cercano a la cocina, comenzarán a repartir la comida por el borde opuesto y darán la vuelta completa. Si se ubica en el centro de la mesa, los meseros irán intercalando lados hasta llegar a la mitad. Y si opta por un punto de esos que no son estratégicos descubrirá que, por lo menos en ese lugar, sí lo es. Está justo al lado de donde comienza la repartición y marca el lugar donde termina.

En los restaurantes de combate, en los cuales el corrientazo se sirve a las mesas en estricto orden de llegada, la mesera lo dejará para el final en la ronda de sopas, en la ronda de secos, en la ronda de jugos y en la ronda del medio bocadillo veleño que conforma el postre. 

Sin embargo, para ser justos, hay un servicio de parte de los restaurantes donde Ulti siempre es el primero.

Cuando entregan la cuenta.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Interlocutores varios


Luego de la separación amistosa, Rodríguez despachó lo de la propiedad conyugal mediante un abono en efectivo a su ex. Él se quedó con el apartamento, ella cambió de país. Eso fue hace un par de años. El caballero,  poco a poco, ha reiniciado sus incursiones por los terrenos de la búsqueda de pareja.

Entre los prospectos está la vecina del piso inferior, a quien vio un par de veces y siempre le llamó la atención. Esperó unos días en busca de la oportunidad adecuada, la cual vino de un antiguo problema de humedad. Un recuerdo en forma de mancha “decoraba” el techo de los parqueaderos aledaños de Rodríguez y su vecina. Era un problema estético menor cuya reparación no implicaba mayor gasto. Se trataba de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. Y con esa propuesta como disculpa, Rodríguez se dirigió al apartamento de abajo.

La atención fue rápida, pero con una variante inesperada. En vez de la vecina apareció un caballero, afrodescendiente él, de enorme estatura y cara de pocos amigos. No, la vecina no estaba y no sabía a qué horas regresaría, pero él también vivía ahí, así que si le podía colaborar en algo... Como era evidente que la segunda intención ya no tenía vigencia, Rodríguez aprovechó y planteó la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. 

El vecino dijo que le parecía buena idea, pero que él realmente no era dueño del apartamento así que lo mejor era esperar a “mi mujer” y apenas tuviera alguna respuesta se lo haría saber. Apretón de manos, agradecimiento mutuo y el tema quedó enneverado por algunas semanas.

Un negocio le dejó plata libre a Rodríguez, quien consideró una buena inversión solucionar los problemas del techo del garaje. Nuevamente se dirigió al apartamento de abajo, donde un gringo, mono, ojiazul y bastante simpático, se declaró ignorante del asunto. Así que Rodríguez planteó la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. El gringo respondió que eso dependía de my darling, y que él le informaría. Un nice tu meet you vecinouu  y hablaremous prountou cerraron ese capítulo, que tampoco llegó a nada.

Lo que sí llegó fue la asamblea de propietarios, donde la Junta hizo una propuesta para ahorrarse la pintura total del garaje. Como solo había deterioros menores, el edificio correría con el 50 % de los costos si los propietarios asumían la reparación. Rodríguez consideró que era una buena oportunidad así que pasó por el departamento de abajo apenas terminó la reunión. El militar que lo atendió no sabía de la mancha, pero fue rápidamente ilustrado acerca de la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar, con el ahorro derivado del aporte comunitario. El interlocutor tomó atenta nota y se comprometió a consultar el tema con su pareja.

Desde la primera propuesta hasta la fecha habían pasado 6 meses. En los siguientes seis, Rodríguez tuvo oportunidad de explicarle a un cocinero profesional (deducción derivada del exquisito olor a comida); a un sudoroso deportista cuyo entrenamiento acababa de finalizar; y a un caballero vestido de médico con pinta de turno recién entregado la opción de conseguir un maestro y comprar los materiales con el fin de que el experto procediera a limpiar, resanar y pintar. Fue mucho más fácil con el aficionado a la mecánica que encontró cacharreando un carro en el garaje,  porque le mostró la mancha en vivo y en directo. Él, al igual que los demás, anunció que conversaría con mi “amor”, “vieja”, “señora” , “compañera”.

A estas alturas, Rodríguez no ha podido entender por qué la vecina jamás está en casa.

Aunque le reconoce su recursividad para garantizar la vigilancia permanente del inmueble.