- Mirar a las nubes y buscarles forma.
- Jugar solitario, pero con cartas de verdad.
- Echar carisellazo con uno mismo. Más interesante cuando se tenían dados.
- Escuchar la radio cambiando de emisora, lo que a veces originaba exóticas y simpáticas combinaciones. Por ejemplo al pasar de una narración de fútbol a un programa de variedades a una canción a un noticiero con algo así: “El delantero recibe el balón y patea con toda su fuerza a... (cambio) ...la cabellera larga y sedosa resulta de la aplicación diaria de... (cambio) ...arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de la capital. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa... (cambio) …juzgar por corrupción al ministro luego de una investigación exhaustiva de la Fiscalía...”
- Contar. No era echar cuentos, sino hacer secuencias numéricas de uno para arriba con aquello que estuviera en el campo visual. Posibles, pero no únicas opciones: las personas que pasaban, las personas que pasaban con algún elemento común (gafas, ropa color zapote, bufanda), carros de determinada marca, ventanas del edificio de enfrente, edificios de enfrente, árboles del parque, árboles del andén, sillas de la sala de espera, escalones, ladrillos de la entrada, elefantes morados...
- Si el desocupado de ocasión estaba en el hogar, era momento para averiguar de una vez por todas qué se guardaba en ese misterioso recoveco de la casa.
- Si había plata, conseguir un periódico, buscar la cartelera, escoger una película, verificar el horario, desplazarse hasta el teatro, comprar algo de comer por fuera de la sala de cine, hacer fila para comprar la boleta, hacer fila para entrar, rebuscarse (pelea incluida) un puesto decente. Y ver cine (sí, así era). Cuando no había plata, siempre era posible ir a las salas de cine a ver las fotos de la película que, como mecanismo promocional, se exhibían en las afueras.
- Rebuscar alguna revista, historieta, libro, periódico, catálogo, manual de instrucciones, etiqueta de frasco, recetario o cualquier cosa para leer.
- Encender el televisor para ver si en alguno de los tres únicos canales disponibles había, en ese horario, algo que valiera la pena.
- Salir a cotizar (mediante largas caminatas por zonas comerciales y consulta en múltiples locales) algún producto o servicio que posiblemente jamás sería adquirido,
- Escuchar música en el hogar con las tecnologías disponibles. Radio, microsurcos (forma elegante de llamar a los discos de vinilo) casetes y más recientemente, CD.
- Escuchar música gratis por fuera del hogar en los almacenes especializados, que contaban con unas cabinas donde uno podía solicitar que pusieran determinado artista o canción, a manera de prueba, sin ningún compromiso. Más recientemente, una multinacional (quebrada por cuenta del streaming) trajo un sistema más sencillo (de discutible higiene, por cierto) basado en audífonos.
miércoles, 15 de octubre de 2025
Quemar tiempo en otros tiempos
miércoles, 8 de octubre de 2025
Se alargó, el tiempo se alargó
Quien protagoniza debe estar solo. Sin la compañía de seres vivientes.
Cumplido ese requisito, vienen los posibles escenarios. El de arranque puede ser una sala de espera donde los segundos pasan a ser minutos. Minutos que se cuentan primero de uno en uno, después en tandas de cinco, luego en decenas hasta que se acercan peligrosamente a, e incluso sobrepasan, la hora, las horas...
Lo mismo ocurre cuando el personal hace algún tipo de fila, con el agravante de que esta es de pie, a veces en plena calle, sometidos a la furia de los elementos. Ahí el tiempo transcurre bajo el sol inclemente, el viento gélido, la penetrante sensación de frío o el agua que cae del cielo en todas sus variantes, desde la llovizna pertinaz hasta el tremendo aguacero.
No hay que estar en un sitio fijo. Puede ocurrir en medio del desplazamiento en carro. Un accidente que no se ve, una obra que se supone va a traer beneficios algún día (pero, definitivamente, no este día), o una sobredosis de motorizados la cual rebasa la capacidad de la vía. La velocidad se reduce hasta llegar a 0 kilómetros por hora. Ya no hay forma de llegar puntual. Solo resta quedarse ahí, en la mitad del recorrido esperando un cuando incierto... cuando se normalice el paso.
En ocasiones importa el día. Es sábado, domingo o festivo. La totalidad de actividades aplazadas para el fin de semana fueron cumplidas. Las actividades recreativas de todos los fines de semana también. Se hizo —sin éxito— una ronda en busca de compañero o compañera de aventuras (o de aburrimiento) para el tiempo libre. Y al llegar la tarde (siempre es por la tarde), las horas comienzan a pasar… en cámara lenta.
Otras veces depende de los demás. De esos que cancelan lo que estaba programado para determinado lugar, día y hora. Ese no es el problema. La dificultad es enterarse exactamente (o pocos minutos antes) en ese lugar, día y hora. Hay algo peor. Cuando el implicado no se entera pero sigue ahí a la espera de ese alguien que no aparecerá y quien, sin anestesia, lo dejó plantado.
Sucede en el trabajo. Convocan con la debida anticipación a una reunión indispensable. Nadie puede faltar. Será trascendental para la organización, para la sección, para los trabajadores, para el universo. Todos los pendientes se adelantan. Hay que disponer de ese tiempo sin ninguna otra prioridad. Llega el momento, llegan los convocados. No llega el jefe. No hay reunión. ¿Podemos irnos? No. Hay que cumplir el horario.
Claro que algunos viven la misma situación en su casa, en teletrabajo. Y es exactamente igual a cuando el amigo o pariente suspende a último momento esa actividad para la que se reservó una tarde completa. Sin opciones. O cuando el técnico de turno anuncia su inminente visita a la 1, y no llega a las dos, no llega a las tres, no llega a las 4. Eso sí, cada 20 minutos llega el impajaritable mensaje de “ya voy llegando”.
Así es como, inesperadamente, disponemos de mucho tiempo libre. Lo malo es que nos coge fuera de base. Quedamos desprogramados. Y nada ralentiza más el paso de segundos, horas y minutos que la desocupación. Claro, el personal modelo 2025 puede sacar su teléfono y colgarse de alguna red social, lectura en línea, video, juego, llamada o música. Pero esos aparatos no siempre existieron. Aunque eso es otra historia.
De cualquier forma, sometidos a la implacable dictadura del tiempo muerto, sin excepción, antes de hacer cualquier cosa habrá que formularse la pregunta cuchi cuchi.
¿Y ahora qué hago?