miércoles, 22 de octubre de 2025

El misterio de los recovecos inalcanzables

Nadie recordaba haberlo visto antes. Era un objeto pequeño, redondo, desarmable y con partes móviles. Ni papá ni mamá Rodríguez, ni sus hijos e hijas sabían qué era o para qué servía. El conductor del camión y los ayudantes del trasteo tampoco pudieron aportar información sobre la naturaleza y finalidad del artefacto. 

La familia Rodríguez conoció mejores tiempos. Sin entrar en detalles, una serie de malos negocios comprometió su patrimonio. Tanto, que debieron cambiar su casa por un apartamento moderno, o sea, de espacio mínimo.  Vender, ceder o almacenar en otro lugar la mayor parte del mobiliario parecía inevitable. 

Los Rodríguez tal vez no sean buenos negociantes, pero recursivos sí son. Asumieron el reto de explotar al máximo el área disponible. Cero desperdicio. Casi todo el menaje doméstico fue apretado, apiñado y apilado en cada punto, rincón o recoveco de la vivienda. Los “ados” más importantes fueron dos: acomodado y utilizado. Encajaron de techo a piso, como jugando tetris, sillas, mesas, camas, estanterías, armarios, electrodomésticos y demás. Dejaron apenas el espacio necesario para circular (muchas veces de lado). Aunque hubo que salir de unos cuantos objetos,  el porcentaje “salvado” superó los cálculos más pesimistas.

Después vino el ajuste de las rutinas. Caminar de izquierda a derecha y viceversa. Asegurarse de que dos personas jamás compitieran por el mismo espacio (o que por lo menos una de ellas estuviera sentada o recostada). Entrenar cuerpo y cerebro con el fin de salir automáticamente de determinados sitios cuando otro entrara. Programar horarios y actividades para minimizar las coincidencias de tiempo y lugar.

La cosa funcionó bastante bien hasta que a la hija menor se le cayó un esfero. El artefacto rebotó varias veces y fue a dar debajo de ese mueble con cajones sobre el cual había una estantería donde se guardaban implementos de cocina. El conjunto se apoyaba en una poltrona que a la vez se sostenía contra la pared.

La niña intentó agacharse a recoger su esfero. El espacio libre apenas alcanzaba para que circulara una persona de pie. Puso la silla del comedor encima de la mesa y así logró  llegar al piso… a perder el tiempo. En efecto, si bien su brazo era delgado, no cupo debajo del mueble.  Tampoco cupo un palo de escoba, un viejo plumero, un paraguas, un bastón y demás artefactos aportados por el resto de la familia que se sumó a la búsqueda. Sí cupo un pedazo de cartulina doblado, pero no sirvió de nada. Mover los muebles era imposible. Tarde en la noche se dieron por vencidos. La niña hizo su tarea con otro esfero y al otro día sacó mala nota.

El utensilio para escribir fue solo el comienzo. Historias similares pasaron con cucharas, cepillos de dientes, peinillas, afeitadoras, pinzas, joyas (de fantasía y de las otras), llaves, puntillas, pastillas, monedas y muchas cosas más con tres elementos comunes: pequeñas, resistentes a los golpes y con la disposición a rebotar. Caían al piso, iban a dar a algún recoveco inalcanzable y desaparecían del inventario familiar.

Un día hubo recursos suficientes para trastearse a un espacio más amplio. Mientras desbarataban el rompecabezas de bienes muebles los objetos perdidos resurgieron. Algunos (previa limpieza de una enorme capa de polvo) aún servían. Otros ya eran basura como restos de comida momificados o petrificados. 

Cierto grupo jamás regresó. Alguien recordaba claramente haberlos perdido pero, aunque los buscaron con lupa, nunca reaparecieron. En cambio, encontraron elementos (no muchos) que nadie en la familia reconoció haber tenido, utilizado o perdido. Todos juraron nunca haber visto ese arete, ese circuito integrado, esa moneda de país extraño o esa cosita redonda y desarmable con partes móviles de uso desconocido. 

En el anecdotario familiar, la historia quedó como el misterio de los recovecos inalcanzables.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Quemar tiempo en otros tiempos


Hace unos días en las Amilcaradas hablamos de ese tiempo libre no programado que deja al personal desprogramado. En 2025 muchos solucionan ese problema a punta de teléfono. Pero esos versátiles aparatos no siempre existieron. A manera de recuerdo para algunos y de revelación para otros, van algunos ejemplos de cómo se quemaba tiempo en solitario antes de las pantallitas individuales. 

- Mirar a las nubes y buscarles forma. 

- Jugar solitario, pero con cartas de verdad.

- Echar carisellazo con uno mismo. Más interesante cuando se tenían dados.

- Escuchar la radio cambiando de emisora, lo que a veces originaba exóticas y simpáticas combinaciones. Por ejemplo al pasar de una narración de fútbol a un programa de variedades a una canción a un noticiero con algo así: “El delantero recibe el balón y patea con toda su fuerza a... (cambio) ...la cabellera larga y sedosa resulta de la aplicación diaria de... (cambio) ...arroz con leche, me quiero casar, con una señorita de la capital. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa... (cambio)  …juzgar por corrupción al ministro luego de una investigación exhaustiva de la Fiscalía...” 

- Contar. No era echar cuentos, sino hacer secuencias numéricas de uno para arriba con aquello que estuviera en el campo visual. Posibles, pero no únicas opciones: las personas que pasaban, las personas que pasaban con algún elemento común (gafas, ropa color zapote, bufanda), carros de determinada marca, ventanas del edificio de enfrente, edificios de enfrente, árboles del parque, árboles del andén, sillas de la sala de espera, escalones, ladrillos de la entrada, elefantes morados... 

- Si el desocupado de ocasión estaba en el hogar, era momento para averiguar de una vez por todas qué se guardaba en ese misterioso recoveco de la casa.

- Si había plata, conseguir un periódico, buscar la cartelera, escoger una película, verificar el horario, desplazarse hasta el teatro, comprar algo de comer por fuera de la sala de cine, hacer fila para comprar la boleta, hacer fila para entrar, rebuscarse (pelea incluida) un puesto decente. Y ver cine (sí, así era). Cuando no había plata, siempre era posible ir a las salas de cine a ver las fotos de la película que, como mecanismo promocional, se exhibían en las afueras.

- Rebuscar alguna revista, historieta, libro, periódico, catálogo, manual de instrucciones, etiqueta de frasco, recetario o cualquier cosa para leer.

- Encender el televisor para ver si en alguno de los tres únicos canales disponibles había, en ese horario, algo que valiera la pena.  

- Salir a  cotizar (mediante largas caminatas por zonas comerciales y consulta en múltiples locales) algún producto o servicio que posiblemente jamás sería adquirido, 

- Escuchar música en el hogar con las tecnologías disponibles. Radio, microsurcos (forma elegante de llamar a los discos de vinilo) casetes y más recientemente, CD.

- Escuchar música gratis por fuera del hogar en los almacenes especializados, que contaban con unas cabinas donde uno podía solicitar que pusieran determinado artista o canción, a manera de prueba, sin ningún compromiso. Más recientemente, una multinacional (quebrada por cuenta del streaming) trajo un sistema más sencillo (de discutible higiene, por cierto) basado en audífonos.