miércoles, 28 de marzo de 2012

El fin del mundo y Jonás


Esta vaina del fin del mundo tiene preocupado a Jonás. No porque el mundo se vaya a terminar –al fin y al cabo, él qué puede hacer- sino porque al tener fecha y hora determinada le afecta la agenda. Entonces resulta que no sabe cómo organizarse ese día. Si a veces es complicado manejar la rutina de una jornada rutinaria, para él es mucho más complejo con un evento especial y –literalmente- irrepetible.

¿Habrá que trabajar ese día? Porque cae viernes, así que si uno se lo toma el jefe puede pensar que lo hizo injustificadamente solo para descansar el puente completo. No importa que al lunes siguiente no haya mundo, los jefes son los jefes. Además como es semana de Navidad es posible que haya sido necesario manejar cierta flexibilidad de horarios, por aquello de las novenas y las compras (¿A propósito, cuando se van entregar los regalos?)

Jonás tiene una imagen de su jefe diciendo “A ver, ya le di permiso para que fuera a hacer las compras, lo dejé salir temprano para que asistiera a las novena y ahora quiera irse solo porque el mundo se va a acabar. ¿Así va a ser siempre que llegue el Apocalipsis? ¡No abuse Jonás!”

La jornada del día final no es la única inquietud laboral. En un mundo de objetivos empresariales e hitos individuales con evaluaciones de desempeño la pregunta es inevitable. ¿Cómo afectará ese día las metas del periodo? En diciembre, sobre todo antes del 24 es época de corre corre, porque se vencen los términos y hay que cerrar proyectos, concluir metas, todas esas cosas, o generar plazos adicionales y reprogramar pero Jonás teme que cualquier plazo quedará obligatoriamente cumplido ese día. Su inquietud es ¿Será que alcanzamos a terminar todo, o nos cogerá la noche cuadrando un presupuesto mientras afuera se nos acaba el mundo?

Claro que en el fondo él prefiere el dilema laboral, porque es relativamente claro. Lo que es un enredo son las implicaciones sociales del último de los días. De entrada, hombre juicioso, su vida gira alrededor de dos mujeres. Su mamá (la de él) y su señora (también la de él). Aunque las relaciones entre ambas son buenas, de vez en cuando a una de las dos se le sale un sutil vainazo. Por ejemplo la mamá no pregunta “cómo está Pilar”, sino “Y como está LA Pilar”. O Pilar también hace consultas con cambios breves pero contundentes en las oraciones, así que en vez de "¿Viene de donde su mamá? El interrogantes es ¿Viene OTRA VEZ de donde su mamá?"

Cerrado el paréntesis aclaratorio lingüística viene el trauma. Escoja a quien escoja para pasar la jornada, ya escucha a la mamá diciendo que cómo prefiere a esa aparecida, y a su mujer señalando que si la madre, pero la de sus hijos no es algo mas importante. En realidad no se trata de una situación novedosa, desde cuando se casó el trauma se repite en cada fin de año, pero existen Navidad y año Nuevo para equilibrar. ¿No habrá manera de que el mundo se acabe dos veces?

(Yepez, un amigo huérfano y solterón de Jonás tiene otros problemas. En medio de unos tragos confesó que en su plan de ese día es llamar a todos sus amores platónicos, fracasados y “es complicado” –son como 50, por eso sigue soltero- y va a tratar de cerrar el tema. El encargado de dañarle la fiesta fue Jonás cuando le dijo… “bueno, y si alguna le dice que existen opciones reales…¿Qué hace?" Desde ese el tipo no le habla, y por las ojeras que tiene parece que tampoco duerme.

Jonás ha analizado la opción fácil. Quedarse en casa viendo televisión ¿Pero que pondrán? ¿Películas viejas? ¿Noticieros con balances de la existencia del mundo? Un especial de Jorge Barón (¿La última gran fiesta de los hogares colombianos?) Otra opción, es alquilar, comprar o ir a ver una película. La última película. Como escoge uno la última película o el último libro que va leer en su vida.

La otra duda tiene que ver con la pinta del día. Cuál es la indumentaria adecuada para el fin del mundo. Se supone que se trata de una ocasión especial pero… ¿amerita corbata? O más bien casual. Si ese día tiene más de una prenda sin estrenar… a cual le da prioridad. Y los zapatos: elegantes o tenis. Por si toca correr, aunque Jonás no sabe porque tendría que correr, si corra adonde corra todo se va a acabar pero si se está acabando como se va estar quieto..

Es algo confuso. Como esa vaina del fin del mundo.

martes, 28 de febrero de 2012

Importancia de la entomología en relaciones de pareja

Padilla mide cerca de dos metros, tiene cara de malo, parpadea poco y es lento para reaccionar. Su falta de reflejos proyecta una falsa imagen de imperturbabilidad ante eventos inesperados. Por eso le dicen Carepalo.

En tiempos de clima frío, la vida de “Carepalo” era mucho sencilla. Pero el destino le puso ingresos adicionales un par de pisos térmicos más abajo, lo que terminó reubicándolo en tierra de calentanos y calentanas. Calentanas como ella: Lucero.

Y sin que Padilla entendiera el cómo ni el porqué, Lucero empezó a coger cara de pareja. En el sentido del tanteo inicial, cuando ciertas actitudes coquetas rompen la rutina del encuentro casual. En compartir una invitación donde la conversación se interrumpe para comunicar por medio de un silencio más expresivo que cualquier palabra.

Suena bonito y hasta romántico… pero seamos honestos, la cosa no ocurrió así.

Hasta la parte de la invitación los hechos más o menos corresponden. Estaban en un sitio de esos con música suave pero no comprometedora, en medio de una iluminación tenue pero no peligrosa. Un paseador de perros que pasaba por ahí generó una pregunta inocente sobre el tema de las mascotas. Y la reacción de Padilla rompió esquemas.

Ella vio el rostro crispado y sintió una especie de grito ahogado antes del suspiro. Jamás pensó que Carepalo podría albergar un sentimiento tan tierno por el recuerdo de algún compañero de 4 patas. Luego vino el silencio, ese silencio largo y expresivo. Y la mirada. Los ojos avergonzados y esquivos. Lucero supo que tenía que dar el primer paso, y fue ahí cuando le tomó la mano.

Insistimos, las apariencias engañan.

Es oficial: Padilla y Lucero son pareja. Comparten invitaciones a lugares románticos, culturales, sociales y de los otros. También le sacan tiempo a sus espacios personales. La casa familiar de ella, el apartamento de soltero de él. Como ese día.

Situación. Una comida preparada y disfrutada entre dos acaba de terminar. Vienen los oficios compartidos. Ella lava, él seca. Ella comenta algo sobre los sabores de la infancia. Deja Vu. El grito ahogado, la mirada esquiva, el suspiro. Lucero no duda. Nunca lo hace. Abraza su hombre. Este corresponde, (de hecho, casi la aplasta) Dos cuerpos se funden y… pasa lo que tiene que pasar.

Lamento ser tan reiterativo, pero no siempre todo es lo que parece.

Es final de la noche o comienzo de la madrugada. Lucero ronronea un sueño plácido con la cabeza sobre el regazo de Padilla. Él no duerme. Su actitud engañosamente serena ante la vida tiene una excepción para consumo interno. El hombre sufre de entomofobia leve con reacciones histéricas ante la presencia de una Blatta Orientalis. Para ser un poco más precisos, grita como nena cuando, en determinadas circunstancias, ve una cucaracha.

Como este comportamiento califica como inaceptable ante la potencial conquista hubo que improvisar. El día que el pequeño acorazado cruzo raudo por la pared en el bebedero de cerveza, a duras penas alcanzó a reprimir el grito. Como qué pena con esa señora, mientras buscaba una mentira ni modo de mirarla a los ojos. Y sabrá el que sabemos por qué le cogieron la mano.

Bueno, él cogió la caña. Y todo iba bien. Pero en plena lavada de trastes la inoportuna de seis patas apareció bajo la estufa en ruta hacia debajo de la nevera. Otro grito para adentro. Otro momento crítico de “ahora qué digo”. Pero nada, lo abrazan. Por obligación toca responder cuando el invertebrado de turno hace su recorrido inverso. Otro grito reprimido y casi dos metros de susto se cierran con fuerzas sobre el cuerpo de Lucero. (De hecho, casi la aplasta).

“¿Qué te pasa?” La voz soñolienta viene de una cara angelical que mira desde abajo. Padilla sabe que le llegó el turno a la sinceridad. Pero hasta el día de hoy, ese momento está aplazado. Todo porque mientras buscaba las palabras precisas para ser cobarde con dignidad Lucero desvió la mirada hasta enfocarla en algo detrás del entomofóbico. Se levantó rápidamente y puso la mano, ahuecada, sobre la pared. Agarró, abrió la ventana y lanzó lo que acababa de coger con furia. La banda sonora del corto pero significativo evento incluyó frases medio incoherentes. Algo acerca de odiar y bichos, de la profesión de la madre del bicho y de no tirarse la pared aplastando, y de estar mamada de esas (censurado) cucarachas…