martes, 10 de noviembre de 2015

El deber cívico de orientar al turista


Visitante.– Buenos días, quisiera pedirle…
Local.– ¡No tengo plata!
Visitante.– No no, es que yo no soy de aquí y…
Local.– ¡Ya le dije que no tengo plata!
Visitante.– …y era para ver si usted me dice donde queda el museo.
Local.– Aaahh, claro.
Visitante.– Sí, el  museo.
Local.– El museo…
Visitante. – ¿El museo?
Local.– Eeeh, ¿cuál museo?
Visitante.– Usted sabe, el museo famoso de acá, el que promocionan en todo lado, el que tiene la colección esa de, de esas cosas históricas y muy importantes
Local.– Ah, ¡ese museo!
Visitante.– Sí, es que un amigo que es de acá me dijo que no me podía ir sin conocerlo.
Local.– ¿A su amigo?
Visitante.– No, al museo.
Local.– Pero por supuesto. Un visita por acá sin ir al museo es como si no hubiera venido.
Visitante.– Sí…
Local.– …, ¿Qué?
Visitante.– ¿Cómo llego?
Local.– ¿A dónde?
Visitante.– ¡Al museo!
Local.– Me hubiera dicho desde el principio. Présteme atención. Camine cuatro cuadras por esta misma hasta llegar a una plazoleta donde hay una estatua.
Visitante.– ¿De quien es la estatua?
Local.– … del tipo este, el de los libros de historia
Visitante.– Ah claro, ese tipo.
Local.–…bueno, en la plazoleta voltea a la izquierda. Al fondo va ver un edificio grande de colores, Camina  hacia allá y…
Local.– ¿Cuáles son los colores?
Visitante.– Colores de esos que tienen los edificios,
Visitante.– ¿Ahí queda?
Local.– …ahí no es. Tiene que voltear de nuevo a la izquierda y seguir caminando hasta encontrar una iglesia que tiene la estatua de un ángel en la puerta, justo al frente…
Visitante.– ¿Está el museo?
Local.– No, venden unas empanadas buenísimas, Se las recomiendo. Después de comerse su empanada camina tres cuadras más hacia el Norte y ahí sí.
Visitante.– Como sé cual es el Norte
Local.– El Norte es a la derecha
Visitante.– La derecha suya o la derecha mía.
Local.– La derecha mía o sea la suya cuando esté mirando para donde yo estoy mirando
Visitante.– Entonces voy tres cuadras a la derecha y ahí sí.
Local.–  Sí.
Visitante.– Llego al museo.
Local.– No, ahí encuentra una estación de Policía dónde puede preguntar, porque para decirle  la verdad, no tengo ni idea cuál es ese museo del que estamos hablando.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Caballeros en retiro


Con justicia, hay que decirlo, el personal femenino ha ido ganando batallas en la lucha por igualdad de derechos frente al personal masculino. Sin embargo, hasta la feminista más recalcitrante tiene que reconocer que, en algunos casos, se les fue la mano. Y es que en la lucha por acabar con el machismo, arrasaron de paso su faceta positiva, la caballerosidad.

Por eso las mujeres de hoy pagan cuentas, cargan cajas, mueven muebles, abren las puertas, arreglan electrodomésticos, pintan mesas y destapan frascos. Claro, las de antes también hacían lo mismo, siempre y cuando no hubiera un caballero en la línea de fuego. Esas eran cosas de hombres, si los había.

Hoy en día, los tipos se descararon. Así, no es extraño ver un par de damas cargando 30 kilos de sofá de un lado a otro de la casa mientras el personal masculino las ignora, o en un caso de extrema generosidad les ayuda ...a abrir la puerta.

En defensa de los portadores de testosterona habría que decir que no es que no puedan o no quieran. Simplemente no se les ocurre. Una adecuada - y conveniente - combinación de respeto por sus semejantes femeninos y pereza bien administrada hacen que no hagan nada, a menos que se les pida.

En el otro lado, la mezcla es de sensibilidad y orgullo. El eterno femenino presupone que los hombre deben entender las cosas sin necesidad de que se las digan.

El resultado de esto suele ser una pareja incomunicada, y una mujer subiendo cajas al segundo piso mientras él ve fútbol en la televisión, o en el mejor de los casos vuelve a acomodar el tapete.
Existe otra situación. La típica es así. Un domingo cualquiera ella decide reorganizar los muebles del cuarto. Mientras el marido toma cerveza con sus amigos en la tienda, ella mueve mesas de noche, escritorios, tocadores y hasta la cama.

Cuando la esposa está empujando el tocador de guayacán hacia la ventana aparece él, quien se queda mirando a esa dama sudorosa y cansada, cuya musculatura se encuentra tensa como consecuencia del esfuerzo físico. Ella lo mira a los ojos y ve en ellos el brillo de un ayudante en potencia

Entonces él se acerca y le dice, con tono autosuficiente.

“Mi amor, mejor pon el tocador al lado del baño.”

Y arranca para el televisor.