miércoles, 24 de septiembre de 2025

Sobredosis de creatividad

Rojas siempre fue del tipo creativo. Pintaba, escribía, se anotaba en actividades culturales, aportaba ideas. No era buen estudiante pero los docentes premiaban su entusiasmo “arrastrándolo” en las notas. Llegó a bachiller y expresó interés por bellas artes, literatura, música, actuación o algo así. Mientras se decidía lo convencieron de estudiar (algo provisional) una carrera intermedia (algo más rentable). Su familia respiró aliviada cuando aceptó, lo que alejó un futuro potencial entre muerto de hambre y mantenido oficial. La vida de Rojas tuvo giros inesperados y lo que iba a ser algo provisional se volvió trabajo e ingreso permanente. 

Pero eso de la creatividad es crónico. Algo pasaba con el tipo del quinto cubículo. Sus presentaciones eran otra cosa. Ajustes pequeños y eficientes lo diferenciaban en el trabajo. Escribía esos mensajes simpáticos para los cumpleaños. Un día el jefe de sección le pasó una presentación a ver que podía mejorar. Y la mejoró tanto que el gerente notó la mano misteriosa. Una vez identificado el innovador, las peticiones comenzaron a llegar. Hasta que se produjo el acontecimiento feliz. Traslado a gerencia general. 

En el organigrama le pusieron asistente de gerencia. Su asistencia consistía en darle ideas al jefe, pulir las ideas del jefe, convertir cualquier delirio del jefe en una idea concreta y, lo más importante, jamás aparecer como autor de las iniciativas que se derivaban de su trabajo. Un buen sueldo terminó por acallar a la vocecita interna que pedía derechos de autor. El jefe se llevaba los créditos, a él le pagaban. Además la complicidad con el que mandaba se hizo cada vez más cercana. De hecho, manejaban reuniones diarias. 

En una de esas Rojas se arriesgó y soltó una idea medio loca. Vamos a vender felicidad. Es importante precisar que la empresa prestaba servicios técnicos especializados a sectores del comercio, la industria y otras actividades económicas. Sus clientes eran institucionales, de esos que toman sus decisiones basados en criterios estrictos de costo/beneficio. Todos querían ganar plata. La felicidad era algo colateral.

Pero el hombre tenía argumentos. Factor diferenciador frente a la competencia. Ser más que fríos consultores. Enfocarse en elementos secundarios pero claves. Énfasis en esos detalles que mejoran el día a día de clientes y trabajadores. Calidad de vida. Experiencias satisfactorias. Y, por supuesto, ganar plata.

A punta de reuniones el concepto evolucionó a propuesta de servicio. Faltaba ensayarla con un cliente real. Entonces apareció ese poeta —publicado y laureado— que invirtió parte de sus ganancias literarias en un restaurante y buscaba proveedor para los servicios que ofrecía la empresa. El sujeto de prueba perfecto. 

Nadie lo conocía en persona pero el día de la cita llegó justo a la hora. El gerente entró a la sala, lo saludó por su apellido y procedió a presentar su portafolio con el enfoque de Rojas. El visitante sí había puesto cara rara cuando le dijeron maestro. Pero el rostro realmente desconcertado apareció cuando el eje de la felicidad se tomó la exposición. Cada palabra le generaba evidente incomodidad y confusión. Inesperadamente interrumpió al expositor, dijo que debía ir al baño y salió. No ha vuelto todavía.

A primera hora, un poeta había cancelado su cita. De acuerdo con los protocolos, el administrador de la agenda buscó algún otro cliente para el mismo horario. Encontró uno. Casualmente, con el mismo apellido del poeta. El protocolo, por supuesto, incluía informar al gerente del cambio, pero justo ese día se reventó un tubo en casa del de la agenda. Al salir a toda carrera notificó la novedad por correo electrónico y dejó encargado a alguien. El gerente no revisó correo, el encargado se embolató y nunca avisó.

Y así fue como la primera persona a quien intentaron venderle felicidad para su organización, sus empleados y clientes fue al representante legal del gremio donde confluían las funerarias más importantes del país.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Cara de pasear al perro

Que ahora en vez de niños la gente tiene perros. Que los animales son seres sintientes, no propiedad. Que en los divorcios la custodia de la mascota importa más que el carro. Y podríamos seguir indefinidamente con el tema canino en la narrativa del Siglo XXI. Pocos o ninguno, sin embargo,  han abordado un asunto clave. 

A diario, cuadrúpedos y bípedos en plan de ejercicio y otros inaplazables ocupan andenes y parques. Una industria de correas, arneses, pecheras, collares, riñoneras, cinturones, bozales y demás accesorios surte la movilización animal. Los humanos de la ecuación pueden ser rutinarios, esporádicos o profesionales. Su indumentaria va desde el deporte extremo hasta la elegancia laboral. Todos los elementos han sido analizados, clasificados y, sobre todo, monetizados (palabra de moda que significa sacarle plata a algo).

Sin embargo, hasta ahora no hemos visto investigaciones sobre un comportamiento trascendental. Pero eso se acaba hoy. Vamos a intentar una primera aproximación a la pregunta clave. A la hora del paseo ¿Cuál es la cara que debe poner el sujeto o la sujeta que acompaña al perro, a la perra o a la manada? Van opciones.

  • Cara de felicidad. Expresión inequívoca en el rostro de que la actividad realizada no solo es voluntaria, sino que produce sensaciones como satisfacción, gozo o placer. 
  • Cara de resignación. Imagen facial que evidencia dos mensajes: 1. Le tocó (aunque intentó evitarlo, pero no pudo) hacer el recorrido con canino incorporado y 2. Preferiría estar en otra parte.
  • Cara de arrastrado.  Rostro nervioso y tenso, igual que el resto del cuerpo, mientras mide fuerzas con una bestia que quiere ir más rápido, hacia otro lugar o simplemente hace lo que le da la gana.
  • Cara de animalista. Semblante que proclama superioridad moral de quien maneja del discurso de la igualdad entre las especies.
  • Cara coqueta. Facciones organizadas para generar simpatía en el sexo opuesto (admite variantes según gustos personales). 
  • Cara de alerta. Basada en antecedentes conflictivos, escandalosos o incómodamente juguetones, evidencia preocupación por reacciones del paseado al cruzarse con otros de su misma especie.
  • Cara de encartado. Rasgos que mezclan la preocupación, la ignorancia y la incertidumbre de quien es novato o novata en eso de pasear perro. Se nota más cuando son perros (de dos para arriba).
  • Cara de pareja. Fisonomía intencionalmente indescifrable de quien está acompañando al paseador o a la paseadora solo por ganar puntos en sus relaciones erótico-afectivas.
  • Cara de estresado. Rostro donde se reflejan preocupaciones y tensiones de la vida diaria que, se supone, iban a reducirse por medio del efecto relajante de la caminata humano-canina. 
  • Cara de angustia. Lo mismo que la anterior pero cuando ya se ha perdido la esperanza.
  • Cara de ponqué. Dulzura facial que genera ternura, complementando (o compitiendo con) una mascotas de esas que parece fugitiva de una fábrica de peluches administrada por ángeles. 
  • Cara de cuál perro. Expresión despreocupada con un toque de despiste de quien ha olvidado, o sencillamente no le importa el destino del ser viviente ubicado al otro lado de la correa. 
  • Caras de llamada. Aparecen cuando el paseador o la paseadora combina su movilización con una conversación telefónica. Depende, por supuesto, del contenido de la comunicación así:
    • La laboral.  Es la misma que se utiliza en juntas, reuniones de trabajo, coordinaciones de equipo y demás escenarios corporativos como el que tocó improvisar en medio de la salida canina.
    • La chismosa. Ojos abiertos y sonrisa maliciosa mientras el conocimiento sobre actividades o historias ajenas se enriquece  gracias a algún interlocutor excesivamente comunicativo.
    • La preocupada. Se oscurece el semblante y el ceño se arruga mientras el paseante inicia el retorno a la base, porque recibió una mala noticia y se requiere reacción inmediata.
  • Cara misteriosa. Con tapabocas.