miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ojos en el cielo de agosto

Comenzó en agosto de un año que ya pasó. Esteban vio un video en alguna red social. Cometas de diferentes tamaños, formas y colores engalanaban el cielo de la ciudad, aprovechando el fenómeno climático que caracteriza al octavo mes del año.

El espectáculo se alzaba por encima del parque público al que este caballero había dejado de asistir años atrás, cuando sus actividades recreativas y deportivas cambiaron escenarios, horarios y preferencias. Una de sus aficiones del pasado había sido, precisamente, elevar cometas. La visión disparó la nostalgia y trajo el propósito de revivir, por lo menos una vez, las alegres jornadas de infancia. adolescencia y juventud.

Lo primero fue convocar a su esposa e hijos adolescentes para que lo acompañaran ese domingo a decorar el firmamento con un volantín. Aunque ella lo quería mucho, sus sentimientos hacia pasar tiempo al aire libre en ambientes cuasirurales eran muy diferentes, así que lo despachó con un este domingo no puedo mi amor.

Con respecto a los descendientes, estaban en esa edad donde uno, el peor compañero posible para cualquier actividad eran los padres. Dos, cualquier actividad que propusieran los padres era por definición anacrónica, aburridora y vergonzosa. Y tres, elevar una figura 2D de plástico o tela jalando un hilo de nailon a la intemperie, era confirmación inobjetable de los puntos uno y dos. Si por lo menos fuera un dron... 

Esteban no insistió para ahorrarse conflictos familiares. Total, el sí tenía donde buscar compañeros. Su hermano y los amigos con los que solían volar cometas. Las fabricaban ellos mismos, guiados por un vecino con gran habilidad para las artes manuales. Ese que le contestó que ya no tenía tiempo de hacer esas cosas. Cosas que, por cierto, no eran tan fáciles, lo que descubrió Esteban en medio del mazacote de plástico, varillas y piolas que resultó del intentó fallido (trasnochada incluida) de manufacturar su propia cometa.

Fue el hermano quien le dijo que dejara de complicarse la vida, que él ya tenía suficiente plata para comprar un papalote. Que alrededor del parque se instalaban en esta temporada los vendedores de barriletes. Y que él lamentaba no poder acompañarlo pero debía seguir viajando por países como México y Argentina, donde asesoraba empresas y aprendía formas diferentes de llamar a las cometas.

Todos los contemporáneos que el hombre buscó tuvieron una excelente razón para declinar la invitación. Agendas previas, salud, compromisos familiares, viajes. Todos igualmente lamentaron profundamente perderse un programa tan bonito, interesante, agradable y adecuado. Y todos se comprometieron a contactarse de nuevo para alguna otra actividad (nota, no ha vuelto a hablar con ninguno).

Llegó el domingo con los vientos en plena temporada. Esteban simplemente se despidió de su familia, tomó el carro y lo dejó en un parqueadero cercano. Mientras caminaba definía mentalmente con cual vendedor adquiriría el juguete aerodinámico para pasar unos minutos (u horas, quien sabe) de placer solitario.

El ambiente no podía ser más propicio. Levantó la mirada y vio el cielo surcado por aves bidimensionales, figuras varias, superhéroes estampados en formas geométricas, personajes de moda, hexágonos, combinaciones multicolores; todos sujetados por hilos invisibles a la distancia

Avanzó a pie con los ojos en el cielo admirando las cometas de agosto. No llegó. Lo interrumpió la repentina sensación de caída, la oscuridad y el golpe. Luego vino el rescate, la hospitalización y la incapacidad. 

La alcantarilla estaba sin tapa desde julio.