A Miguel le preocupa el futuro. Normal. ¿A quien no? Lo raro está en el futuro específico que genera inquietud a sus días. Tratemos de describirlo. Nace de posibles ramificaciones de grandes eventos, con escasa posibilidad de ocurrencia en el corto y mediano plazo.
Con un ejemplo es más fácil. El tipo vive preocupado por que si se gana el premio mayor de la lotería (y ni siquiera la ha comprado), va a tener que irse a vivir a los Estados Unidos… y a él no le gustan las hamburguesa.
Ahora imaginen alguien para quien cualquier nueva experiencia es el punto de partida de historias que parten su vida en dos. Para ponerlo sobre ruedas, la vida real de Miguel anda en bicicleta y su imaginación en Ferrari. Y además es un modelo automático. Ante cualquier estímulo se dispara. Pero siempre pincha.
Cada vez que conoce a una mujer por la que se siente ligeramente atraído esta se convierte en el futuro amor de su vida. Y arma tremendos videos que incluyen noviazgo zanahorio, pasión desenfrenada, boda espectacular, convivencia conflictiva, viudez prematura y todas las variables que se le ocurran porque a todo señor todo honor, creatividad no le falta.
Pero no son los grandes sucesos que jamás ocurrirán los que le ponen la vida presente a cuadritos por cuenta del futuro. Son los, llamémoslos así, efectos secundarios. Ejemplo, acaba de conocer una joven con una hija, madre soltera que llaman. La pequeña apenas inicia su edad escolar. Él arma su video y de repente siente un nudo que le oprime el corazón. ¿Cómo habrá de pronunciarse cuando la hija de su mujer se quiera ir de la casa?
Rebobinemos. ¿Cuál mujer? Ninguna, la acaba de conocer. ¿Cuál casa? No existe. ¿Quien dijo que la niña – a la que, por cierto, le faltan bastantes años para tener ese tipo de ideas- se va ir de esa casa que no existe? Nadie. ¿Por qué tendría que pronunciarse? Pero mientras le dura el trauma, pasa horas pegado a Internet leyendo páginas especializadas en la relación entre padres e hijos en familias no tradicionales, hasta que…
Estrategia de supervivencia. El cambio. Miguel arma sus complejos videos pero cambia de canal constantemente y vuelve a empezar. Entonces un día ve una oferta laboral en el periódico. Piensa en presentarse. Es una multinacional. No da muchos detalles, pero puede inferirse que el trabajo es en el extranjero. En cuestión de minutos se ve viviendo en otro país, aprendiendo otro idioma, asimilando otra cultura, Un sudor frío recorre sus manos al preguntarse… ¿Y como voy a conseguir panela por allá?
La panela le recuerda la natilla, la natilla la Navidad, la Navidad, las fiestas de fin de año, las fiestas de fin de año el licor, el licor los borrachos, los borrachos los accidentes de tránsito. Aprieta el puño ante una idea repentina: Cuando tenga 90 años, ¿será que el bastón es lo suficientemente firma para no caerme mientras cruzo la calle?
A duras penas completó un pregrado, pero lo inquieta la ropa que va ponerse cuando reciba su doctorado. Es asalariado, pero uno de sus dilemas favoritos es el color que usarán en el uniforme los empleados de su empresa. A duras penas vota, más sabe que va a ser muy complejo cogerle el paso a los militares cuando sea presidente.
Si ha considerado la posibilidad de comprar vivienda siempre termina en batallas imaginarias con vecinos escandalosos, exóticos triangulos amorosos que involucran una tendera y la señora que pasea un chihuahua, inundaciones ante llaves que quedaron mal cerradas y arrendatarios incumplidos. Porque en su compulsiva anticipación ve a la familia –que no tiene- dejar la casa grande –que no existe- para vivir en un sitio más pequeño que será insuficiente para albergar el mobiliario -que tampoco existe- y otros bienes hipotéticos acumulados en los años que todavía no han llegado.
En toda esta historia, solo algo es real.
Esas vainas estresan al pobre Miguel.
lunes, 4 de abril de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
Un puesto en los 50
Fanor tiene una curiosa colección de documentos. Incluye su tarjeta de identidad, las diferentes identificaciones laborales, todas las versiones de su cédula, todas las versiones de su pase, todas las versiones de su libreta militar. Y en casi todas ellas el año figura como impreso en piedra. 49 años atrás, el coleccionista llegaba al mundo con el fin de alegrar el hogar de sus padres… es decir que este es el año 50. Su año 50.
Desde que se inventaron los psicoanalistas, la angustia existencial se volvió industria. Y lo que antes era problema individual se encuentra detectado, catalogado, sistematizado, publicado y cobrado. Entonces ya es casi una obligación pasar por la crisis de los 30, la de los 40, y la de los 50. Parece que no existe la de los 60, aunque faltan datos de otros municipios.
Fanor sobrevivió a la de los 30, pasó agachado por la de los 40 pero optó por ponerle el pecho a la brisa al llegar al quinto piso. Y desde hace rató está organizando todas y cada una de las facetas de su vida.
Tipo serio, desde los 37 dispone de un fondo económico de reserva invertido en atractivo y rentable portafolio.Ya los hijos han crecido lo suficiente para no requerir tanta atención, pero dispone de medios para cualquier emergencia.
Tipo sano, pasó de bebedor de fin de semana a bebedor social, y desde hace cinco años soluciona sus compromisos etílicos con par whiskys y mucha labia. Salvo un par de deslices juveniles, no consume otro tipo de sustancias alucinógenas. Se trasteó del café al té verde y su plato de comida equilibra los tres grupos alimenticios, con prioridad para la fibra y consumo moderado de grasa y carbohidratos.
Tipo previsivo, pasa con honores el impajaritable examen médico semestral. Se matriculó en un gimnasio y contra toda evidencia lo visita con periodicidad constante. Si bien en el pasado la bragueta a veces se bajó en sitios no oficiales, hoy en día se conforma con admirar las otras mujeres y calmar la líbido a punta de deberes conyugales.
Tipo eficiente, en el trabajo se encuentra ubicado en una posición acorde con su edad, formación y experiencia. En sus cuentas la palabra jubilación es un cálculo matemático, posible pero no urgente. Nada puede quitarle esa sonrisa de la boca con dientes renovados a punta de implantes. Su rostro ya muestra algunas arrugas, rematadas por ese cabello gris pero abundante y bien peinado.
Ni siquiera la primera etapa del día tres del segundo mes le causó más perturbaciones de las reglamentarias. Sí, el carro se varó inesperadamente. Sí, hubo que llevarlo empujado a un parqueadero cercano, de confianza, donde quedaron a la espera del mecánico. Sí, debió competar su trayecto en taxi…
Pero no había afán así que primero caminó un rato, y de repente vio venir una buseta. Llevaba años sin montar en buseta. Tipo espontáneo, la paró, subió, pagó el pasaje y vio que no había puesto, así que se agarró de la barra y esperó.
Primer arrancón, sacudida inesperada. Casi termina en el suelo. La memoria lo llevo a otros tiempos cuando era usuario permanente del transporte público, pero mientras se activaban músculos dormidos vino un frenazo. Nuevamente trastabilleo. Arrancón. Frenazo. Curva cerrada. Rutina normal para pasajeros de bus urbano, pero incómoda –por decirlo suavemente- para Fanor.
De hecho se sacudía como plumero ante la aerodinámica del chofer, Y entonces pasó. Y como los ladrillos que se yerguen formando una pared, cayeron ante él sus cinco decada años, generándole una crisis que le va dar de comer al siquiatra durante todo lo que resta del año 50 y mucho más
No fue la pérdida del equilibrio, no fueron las maromas que debía hacer para que no se le cayera el maletín, ni siquiera el dolor muscular generado por el irregular movimiento del vehiculo.
Fue la señora, (¡Una señora, ni siquiera un joven o por lo menos una joven!) de edad indefinida, quien se levantó con firmeza, lo miró a los ojos y lo sentenció a cincuentón con esa frase que creía exclusiva de mujeres embarazadas, niños y…ancianos
“¿Se quiere sentar?”
Tipo llevado.
Desde que se inventaron los psicoanalistas, la angustia existencial se volvió industria. Y lo que antes era problema individual se encuentra detectado, catalogado, sistematizado, publicado y cobrado. Entonces ya es casi una obligación pasar por la crisis de los 30, la de los 40, y la de los 50. Parece que no existe la de los 60, aunque faltan datos de otros municipios.
Fanor sobrevivió a la de los 30, pasó agachado por la de los 40 pero optó por ponerle el pecho a la brisa al llegar al quinto piso. Y desde hace rató está organizando todas y cada una de las facetas de su vida.
Tipo serio, desde los 37 dispone de un fondo económico de reserva invertido en atractivo y rentable portafolio.Ya los hijos han crecido lo suficiente para no requerir tanta atención, pero dispone de medios para cualquier emergencia.
Tipo sano, pasó de bebedor de fin de semana a bebedor social, y desde hace cinco años soluciona sus compromisos etílicos con par whiskys y mucha labia. Salvo un par de deslices juveniles, no consume otro tipo de sustancias alucinógenas. Se trasteó del café al té verde y su plato de comida equilibra los tres grupos alimenticios, con prioridad para la fibra y consumo moderado de grasa y carbohidratos.
Tipo previsivo, pasa con honores el impajaritable examen médico semestral. Se matriculó en un gimnasio y contra toda evidencia lo visita con periodicidad constante. Si bien en el pasado la bragueta a veces se bajó en sitios no oficiales, hoy en día se conforma con admirar las otras mujeres y calmar la líbido a punta de deberes conyugales.
Tipo eficiente, en el trabajo se encuentra ubicado en una posición acorde con su edad, formación y experiencia. En sus cuentas la palabra jubilación es un cálculo matemático, posible pero no urgente. Nada puede quitarle esa sonrisa de la boca con dientes renovados a punta de implantes. Su rostro ya muestra algunas arrugas, rematadas por ese cabello gris pero abundante y bien peinado.
Ni siquiera la primera etapa del día tres del segundo mes le causó más perturbaciones de las reglamentarias. Sí, el carro se varó inesperadamente. Sí, hubo que llevarlo empujado a un parqueadero cercano, de confianza, donde quedaron a la espera del mecánico. Sí, debió competar su trayecto en taxi…
Pero no había afán así que primero caminó un rato, y de repente vio venir una buseta. Llevaba años sin montar en buseta. Tipo espontáneo, la paró, subió, pagó el pasaje y vio que no había puesto, así que se agarró de la barra y esperó.
Primer arrancón, sacudida inesperada. Casi termina en el suelo. La memoria lo llevo a otros tiempos cuando era usuario permanente del transporte público, pero mientras se activaban músculos dormidos vino un frenazo. Nuevamente trastabilleo. Arrancón. Frenazo. Curva cerrada. Rutina normal para pasajeros de bus urbano, pero incómoda –por decirlo suavemente- para Fanor.
De hecho se sacudía como plumero ante la aerodinámica del chofer, Y entonces pasó. Y como los ladrillos que se yerguen formando una pared, cayeron ante él sus cinco decada años, generándole una crisis que le va dar de comer al siquiatra durante todo lo que resta del año 50 y mucho más
No fue la pérdida del equilibrio, no fueron las maromas que debía hacer para que no se le cayera el maletín, ni siquiera el dolor muscular generado por el irregular movimiento del vehiculo.
Fue la señora, (¡Una señora, ni siquiera un joven o por lo menos una joven!) de edad indefinida, quien se levantó con firmeza, lo miró a los ojos y lo sentenció a cincuentón con esa frase que creía exclusiva de mujeres embarazadas, niños y…ancianos
“¿Se quiere sentar?”
Tipo llevado.
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