lunes, 9 de mayo de 2011

Diatriba por el derecho a la amargura.

A ver. Cómo le digo. Es que… yo soy así.

Yo no veo el brillo en la más oscura de las superficies. En medio de la fría y tenebrosa noche tirito y me asusto, no mantengo la esperanza del amanecer. Yo no miro al porvenir pensando que siempre habrá un mañana. Mi problema se llama hoy. Yo no inició mi día con una actitud positiva, pensando que soy el dueño de mi destino.

Cuando estoy mal no estoy bien, ni pretendo modificar mi condición mediante algún juego de palabras. Si digo varias veces en voz alta cosa como “soy el mejor”, “hoy es el mejor día de mi vida” o “estoy bien” me siento y veo como un loco que habla solo. Si las grito, me veo y siento como un loco que grita incoherencias.

Yo creo que no existen fórmulas mágicas para salir adelante en cualquier circunstancia, por negativa que esta sea. Yo veo fracasos en los fracasos, no oportunidades. Cuando digo no puedo, es porque ya traté y no pude. Sé que el más duro de los esfuerzos muchas veces no lleva a ninguna parte. Envejezco cada vez que cumplo años. Los problemas me generan más problemas. Cuando llueve me mojó. Cuando pierdo un empleo me convierto en desempleado y cuando sueño, es porque estoy dormido.

Las situaciones complejas genera dificultades, no retos. No necesito amar mi trabajo para hacerlo bien. De hecho, ni siquiera me tiene que gustar. De hecho, es perfectamente factible que lo odie. El sol va a salir mañana y eso no hace ninguna diferencia en nada.

Los aparatos con los que trabajo y manejo mis actividades diarias son solo máquinas, pero cuando se dañan afectan mi rutina, rendimiento y humor. Aunque no puedo controlar los factores externos, estos sí generan consecuencias sobre mi rendimiento laboral, mi salud y mi calidad de vida.

Asumir una actitud no cambia los hechos. La plata no es esencial pero sin ella no se puede vivir. De hecho, con ella se vive mucho mejor. Las parábolas e historias ejemplares suenan bonito, pero no tienen utilidad real. Cuando me enfermo me siento mal. Si me levanto temprano paso el día bostezando. Al terminar un trabajo duro la única satisfacción que siento es haber salido de eso.

Yo no escojo mis batallas, ellas me escogen a mí. Sé que el jefe siempre tiene la razón aunque esté equivocado, y que la independencia laboral equivale a que cada cliente es un jefe. Y, sobre todo, sé que nadie “es” feliz. Uno está feliz algunas veces, otras está triste y otras se decide a hablar con usted.

Porque sí, ya sé. Ya sé que usted siempre tiene a la mano un creativo y estimulante discurso. Ya sé que dispone de un disco duro repleto de historias de superación. Ya sé que no cree en los límites de la capacidad humana. Ya sé que ha aprendido a dar gracias por cada día que tiene el privilegio de vivir, y que siempre está muy, pero muy, pero muy bien.

Pero es en serio. No. No me compare con otros para darme razones de gratitud con la existencia. No me inste a buscar en mi interior la fuerza que me permitirá superar cualquier obstáculo, no me invite a participar en una rutina de actuaciones simbólicas para demostrar lo lejos que puedo llegar.

No me hable de lo bonita que es la vida, de que hoy puede ser un gran día, de la fuerza que nace del corazón, de las segundas oportunidades, de la actitud positiva ante la existencia, del valor de las cosas pequeñas, de las anécdotas que mostraron la grandeza de los hombres, de levantarse de nuevo, de sonreírle a la adversidad.

Déjeme solo en mis momentos de desengaño, depresión, abatimiento, amargura, desánimo y aburrimiento. Déjeme equilibrar mi existencia entre triunfos y fracasos, entre momentos duros y estimulantes, entre el blanco y el negro. Déjeme llorar mis derrotas para sentir diferencia cuando celebro mis victorias. Déjeme lamentarme en la desgracia para poder regocijarme en la fortuna. Déjeme andar por el mundo con cara de escopeta para poder saborear los momentos en que hago mutación a cara de ponqué.

Aunque yo soy consciente de que este tipo de afirmaciones produce en usted el mismo efecto del agitar del trapo rojo en el toro de lidia, de que su discurso optimista es una especie de apostolado ad honorem, de que considera una obligación moral levantarle la ídem al resto del universo quiero pedirle; mejor, rogarle; no, mejor exigirle una sola cosa.

Por favor. No me motive.

lunes, 4 de abril de 2011

No existe pero me estresa

A Miguel le preocupa el futuro. Normal. ¿A quien no? Lo raro está en el futuro específico que genera inquietud a sus días. Tratemos de describirlo. Nace de posibles ramificaciones de grandes eventos, con escasa posibilidad de ocurrencia en el corto y mediano plazo.

Con un ejemplo es más fácil. El tipo vive preocupado por que si se gana el premio mayor de la lotería (y ni siquiera la ha comprado), va a tener que irse a vivir a los Estados Unidos… y a él no le gustan las hamburguesa.

Ahora imaginen alguien para quien cualquier nueva experiencia es el punto de partida de historias que parten su vida en dos. Para ponerlo sobre ruedas, la vida real de Miguel anda en bicicleta y su imaginación en Ferrari. Y además es un modelo automático. Ante cualquier estímulo se dispara. Pero siempre pincha.

Cada vez que conoce a una mujer por la que se siente ligeramente atraído esta se convierte en el futuro amor de su vida. Y arma tremendos videos que incluyen noviazgo zanahorio, pasión desenfrenada, boda espectacular, convivencia conflictiva, viudez prematura y todas las variables que se le ocurran porque a todo señor todo honor, creatividad no le falta.

Pero no son los grandes sucesos que jamás ocurrirán los que le ponen la vida presente a cuadritos por cuenta del futuro. Son los, llamémoslos así, efectos secundarios. Ejemplo, acaba de conocer una joven con una hija, madre soltera que llaman. La pequeña apenas inicia su edad escolar. Él arma su video y de repente siente un nudo que le oprime el corazón. ¿Cómo habrá de pronunciarse cuando la hija de su mujer se quiera ir de la casa?

Rebobinemos. ¿Cuál mujer? Ninguna, la acaba de conocer. ¿Cuál casa? No existe. ¿Quien dijo que la niña – a la que, por cierto, le faltan bastantes años para tener ese tipo de ideas- se va ir de esa casa que no existe? Nadie. ¿Por qué tendría que pronunciarse? Pero mientras le dura el trauma, pasa horas pegado a Internet leyendo páginas especializadas en la relación entre padres e hijos en familias no tradicionales, hasta que…

Estrategia de supervivencia. El cambio. Miguel arma sus complejos videos pero cambia de canal constantemente y vuelve a empezar. Entonces un día ve una oferta laboral en el periódico. Piensa en presentarse. Es una multinacional. No da muchos detalles, pero puede inferirse que el trabajo es en el extranjero. En cuestión de minutos se ve viviendo en otro país, aprendiendo otro idioma, asimilando otra cultura, Un sudor frío recorre sus manos al preguntarse… ¿Y como voy a conseguir panela por allá?

La panela le recuerda la natilla, la natilla la Navidad, la Navidad, las fiestas de fin de año, las fiestas de fin de año el licor, el licor los borrachos, los borrachos los accidentes de tránsito. Aprieta el puño ante una idea repentina: Cuando tenga 90 años, ¿será que el bastón es lo suficientemente firma para no caerme mientras cruzo la calle?

A duras penas completó un pregrado, pero lo inquieta la ropa que va ponerse cuando reciba su doctorado. Es asalariado, pero uno de sus dilemas favoritos es el color que usarán en el uniforme los empleados de su empresa. A duras penas vota, más sabe que va a ser muy complejo cogerle el paso a los militares cuando sea presidente.

Si ha considerado la posibilidad de comprar vivienda siempre termina en batallas imaginarias con vecinos escandalosos, exóticos triangulos amorosos que involucran una tendera y la señora que pasea un chihuahua, inundaciones ante llaves que quedaron mal cerradas y arrendatarios incumplidos. Porque en su compulsiva anticipación ve a la familia –que no tiene- dejar la casa grande –que no existe- para vivir en un sitio más pequeño que será insuficiente para albergar el mobiliario -que tampoco existe- y otros bienes hipotéticos acumulados en los años que todavía no han llegado.

En toda esta historia, solo algo es real.

Esas vainas estresan al pobre Miguel.