Fernando Alfonso es un representante de ventas de diversas líneas, lo que en buen español significa que comercializa desde una aguja hasta un repuesto de computador. Es de esos personajes que se pasan la mitad de la vida recorriendo el país por tierra, con un maletín repleto de mostrarios, o algún original encargo del viejo de la tienda de San Antonio.
Fernando es usuario de intermunicipales, desde chiva hasta supervan, pasando por ejecutivo, corriente e intermedias. Ya se acostumbró a la incomodidad de algunos de estos medios, y todo sería perfecto, si no fuera por los compañeros de silla que a veces le tocan en suerte.
Por ejemplo, Fernando ha tenido que compartir ruta intermunicipal con:
1- Un viejo tacaño que compra dos puestos. En uno se acomoda él, y en otro (al lado de Fernando), ubica a su esposa embarazada, dos niños de brazos y una gallina viva encostalada.
2.- Un deportista recién fracturado con el brazo inmovilizado en cabestrillo que le clava el codo en los ojos a Fernando durante todo el viaje.
3.- Una dama de edad con una maleta más grande que la silla, la cual coloca cada rato en sus rodillas (y por extensión, en las de Fernando), para sacar una botella de jugo color zanahoria.
4.- Un borracho que se queda dormido con la boca abierta, y la cabeza mirando (o mejor, expeliendo un tufo monumental) hacia Fernando.
5.- Un niño que no se vomita, pero dura todo el viaje pálido, con los ojos perdidos y haciendo horcajadas a cada rato.
6.- Un niño que sí se vomita, a la media hora de un viaje que dura ocho, en un bus con las ventanas selladas.
7.- El alegre componente de un grupo de sardinos en plan de veraneo, que se arrodilla en el cojín de la silla y cada rato le pide disculpas a Fernando, después de colocarle soberano codazo en la cabeza.
10.- La hermosa chica que se queda dormida en el hombro de Fernando, obligándolo a quedarse quieto durante 6 horas para no despertarla.
11.- El usuario de enormes lentes que obliga a Fernando a leerle todos los letreritos de la película
12.- El gordo de la camiseta negra que en la primera parada retorna al bus con medio pollo asado, en la segunda con un pescado apanado, y en la tercera con media carne asada en una bolsa de papel.
13.- El amargado que después del primer frenazo, se pasa el resto del viaje (cuatro horas sin escalas) concientizando a Fernando sobre la grave irresponsabilidad de los conductores colombianos.
14.- La chica joven, hermosa, coqueta y sexy que… (esto amerita otra historia, asì que... Continuará)
martes, 11 de octubre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Desventuras de una promotora con aspiraciones
Comenzó con la televisión. Con esas mujeres –mujeres no, niñas– de largas piernas, siluetas perfectas y rostros angelicales. Esas que iban a los mejores sitios. Esas que tenían dinero, salían en revistas, y pasaban cada instante de su existencia en medio de todo lo que tenía de bueno la vida: la fortuna, el éxito, y, sobre todo, la fama.
Cada fiesta, cada inauguración, cada desfile, cada evento social, cada concierto, contaba con su presencia. Siempre sonrientes, a la última moda, siempre protagonistas. Por eso, cuando en el cerebro de la pequeña Lorena las imágenes predominantes dejaron de ser mamá y comida, supo con absoluta certeza que ese era su destino.
El entorno ayudó. Un coro de padres, tías, vecinas y amigas familiares que elogiaban constantemente su precoz belleza. Unas primas y hermanas mayores que la instruyeron en rituales para reemplazar, a punta de creatividad, la belleza fabricada por asesores de imágenes, entrenadores personales, preparadores de reinas, diseñadores internacionales y peluqueros de cita previa.
Ella aguantó hambre en estado preanoréxico, se bronceó con agua en el parque, planchó su cabello haciendo contorsiones sobre la mesa de planchar. Aprendió a cubrir sus facciones con el color adecuado según la ocasión, combinando productos de tienda y preparaciones hogareñas. A falta de gimnasio existían Internet y las amigas para conocer y aplicar rutinas de las famosas. Y con una voluntad digna de mejor causa se acercó al mítico 90 60 90, rematado en un rostro angelical hasta que la edad y la evolución física sumaron méritos para subirse al bus de la fama.
El problema era que se trataba de un vehículo escaso de puertas, y la gran mayoría estaban cerradas para ella. Por estrato y recursos solo podía aspirar a ser la reina del bazar del barrio, de hecho lo había sido en tres ocasiones. Ocasión apta para cometer algún pecadillo por cuenta de una ración gratis de lechona, pero nada más.
Pasó por las academias de modelaje conocidas, de visita, porque los precios sencillamente no estaban a su alcance. Intentó algunos castings de eternas filas frente a jurados famosos, pero ni siquiera tuvo el dudoso placer de ver su fracaso televisado. Fiel seguidora de las narco-telenovelas, descartó de plano ser juguete de mafioso (algo que, por cierto, nunca nadie le propuso). Pero si fue un "Don" el que le planteó una opción. Don Genaro, el dueño de la tienda, a quien un proveedor de jabones le había pedido el favor de averiguar por unas niñas del barrio para que le sirvieran de promotoras.
A estas alturas el problema también era de plata, porque en su camino hacia la doble FF de fama y fortuna la E de estudio se había quedado en 11 y la T de trabajo nada que aparecía. Así que Lorena ingresó al gremio de las promotoras en punto de venta. Primero fueron jabones, luego galletas, quesos, productos de belleza, cremas dentales, salchichas, helados, aceites, café, productos light y hasta frutas enlatadas.
El trabajo era relativamente sencillo. Estar ahí, sonreír, a veces destacar las cualidades de su producto frente a la competencia. Fue allí donde supo de la convocatoria para algo que encarnaba todo lo que había soñado desde niña. Ser la imagen de una conocida marca de cerveza.
Ellas, las Nenas Cóndor, sí estaban a las puertas del cielo. Su paso por el grupo implicaba un año de televisión, viajes, presencia en lugares importantes, Después venían los contratos de modelaje, la presentación de programas, los reinados, la fama más allá de las fronteras. Eran el grupo élite, y como tal, a él solo se llegaba tras un estricto filtro.
Como el general que se anticipa a la batalla, Lorena preparó desde la madrugada su estrategia, su táctica y su arsenal. Cabello acondicionado, maquillaje adecuado, hidratación precisa, depilación masoquista, uñas artísticas y guardarropa rigurosamente escogido, prenda por prenda, para destacar sin pasarse al gremio de las mostronas. Evitó meticulosamente cualquier exposición a elementos, alimentos, sustancias, circunstancias o compañías que pudieran afectar su imagen. Incluso leyó lo que pudo sobre la empresa productora, la historia y, lo más importante, el mercado de la cerveza.
Ya en las pruebas coqueteó sutil pero eficientemente mientras fue productivo, mintió si lo vio necesario y fue descaradamente honesta cuando eso le generó punto. Finalmente logró… no un cupo entre las Nenas Cóndor, pero si uno en lo que podía denominarse las divisiones inferiores, es decir de promotora de la misma marca
Esa era una buena noticia, porque decían las historias que muchas Nenas Condor habían pasado por ahí, a manera de curso previo. Y además implicaba estar en sitios de moda, en lugares donde la gente bella se tomaba una cerveza. En los carnavales, en los festivales, en las ferias, en los conciertos, en las grandes fiestas del país.
Tras un entrenamiento y la dotación del respectivo uniforme que le encajó como guante, resaltando sus bien cuidadas curvas, finalmente llegó el día en el cual le informaron cual sería su campo de trabajo.
Lorena no sabia si ponerse a llorar, maldecir, insultar al jefe de ventas o simplemente renunciar. No hizo nada de eso, porque necesitaba la plata, pero entendió que ese mundo maravilloso de allá afuera no era para ella.
Cada fiesta, cada inauguración, cada desfile, cada evento social, cada concierto, contaba con su presencia. Siempre sonrientes, a la última moda, siempre protagonistas. Por eso, cuando en el cerebro de la pequeña Lorena las imágenes predominantes dejaron de ser mamá y comida, supo con absoluta certeza que ese era su destino.
El entorno ayudó. Un coro de padres, tías, vecinas y amigas familiares que elogiaban constantemente su precoz belleza. Unas primas y hermanas mayores que la instruyeron en rituales para reemplazar, a punta de creatividad, la belleza fabricada por asesores de imágenes, entrenadores personales, preparadores de reinas, diseñadores internacionales y peluqueros de cita previa.
Ella aguantó hambre en estado preanoréxico, se bronceó con agua en el parque, planchó su cabello haciendo contorsiones sobre la mesa de planchar. Aprendió a cubrir sus facciones con el color adecuado según la ocasión, combinando productos de tienda y preparaciones hogareñas. A falta de gimnasio existían Internet y las amigas para conocer y aplicar rutinas de las famosas. Y con una voluntad digna de mejor causa se acercó al mítico 90 60 90, rematado en un rostro angelical hasta que la edad y la evolución física sumaron méritos para subirse al bus de la fama.
El problema era que se trataba de un vehículo escaso de puertas, y la gran mayoría estaban cerradas para ella. Por estrato y recursos solo podía aspirar a ser la reina del bazar del barrio, de hecho lo había sido en tres ocasiones. Ocasión apta para cometer algún pecadillo por cuenta de una ración gratis de lechona, pero nada más.
Pasó por las academias de modelaje conocidas, de visita, porque los precios sencillamente no estaban a su alcance. Intentó algunos castings de eternas filas frente a jurados famosos, pero ni siquiera tuvo el dudoso placer de ver su fracaso televisado. Fiel seguidora de las narco-telenovelas, descartó de plano ser juguete de mafioso (algo que, por cierto, nunca nadie le propuso). Pero si fue un "Don" el que le planteó una opción. Don Genaro, el dueño de la tienda, a quien un proveedor de jabones le había pedido el favor de averiguar por unas niñas del barrio para que le sirvieran de promotoras.
A estas alturas el problema también era de plata, porque en su camino hacia la doble FF de fama y fortuna la E de estudio se había quedado en 11 y la T de trabajo nada que aparecía. Así que Lorena ingresó al gremio de las promotoras en punto de venta. Primero fueron jabones, luego galletas, quesos, productos de belleza, cremas dentales, salchichas, helados, aceites, café, productos light y hasta frutas enlatadas.
El trabajo era relativamente sencillo. Estar ahí, sonreír, a veces destacar las cualidades de su producto frente a la competencia. Fue allí donde supo de la convocatoria para algo que encarnaba todo lo que había soñado desde niña. Ser la imagen de una conocida marca de cerveza.
Ellas, las Nenas Cóndor, sí estaban a las puertas del cielo. Su paso por el grupo implicaba un año de televisión, viajes, presencia en lugares importantes, Después venían los contratos de modelaje, la presentación de programas, los reinados, la fama más allá de las fronteras. Eran el grupo élite, y como tal, a él solo se llegaba tras un estricto filtro.
Como el general que se anticipa a la batalla, Lorena preparó desde la madrugada su estrategia, su táctica y su arsenal. Cabello acondicionado, maquillaje adecuado, hidratación precisa, depilación masoquista, uñas artísticas y guardarropa rigurosamente escogido, prenda por prenda, para destacar sin pasarse al gremio de las mostronas. Evitó meticulosamente cualquier exposición a elementos, alimentos, sustancias, circunstancias o compañías que pudieran afectar su imagen. Incluso leyó lo que pudo sobre la empresa productora, la historia y, lo más importante, el mercado de la cerveza.
Ya en las pruebas coqueteó sutil pero eficientemente mientras fue productivo, mintió si lo vio necesario y fue descaradamente honesta cuando eso le generó punto. Finalmente logró… no un cupo entre las Nenas Cóndor, pero si uno en lo que podía denominarse las divisiones inferiores, es decir de promotora de la misma marca
Esa era una buena noticia, porque decían las historias que muchas Nenas Condor habían pasado por ahí, a manera de curso previo. Y además implicaba estar en sitios de moda, en lugares donde la gente bella se tomaba una cerveza. En los carnavales, en los festivales, en las ferias, en los conciertos, en las grandes fiestas del país.
Tras un entrenamiento y la dotación del respectivo uniforme que le encajó como guante, resaltando sus bien cuidadas curvas, finalmente llegó el día en el cual le informaron cual sería su campo de trabajo.
Lorena no sabia si ponerse a llorar, maldecir, insultar al jefe de ventas o simplemente renunciar. No hizo nada de eso, porque necesitaba la plata, pero entendió que ese mundo maravilloso de allá afuera no era para ella.
No podía ser para la encargada de promocionar la cerveza Cóndor en la plaza de mercado del barrio más popular de su ciudad.
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