martes, 22 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (3 de 5 partes)


Situación. Son poco más de las 2 de la tarde. Pasada la curiosidad inicial por “El Peludo”, el siguiente espectáculo son los dos rolos que discuten la forma más adecuada de trasladar al animal. Realmente no era eso lo que discutíamos, sino la forma más adecuada de acercarnos al animal. Una mezcla adecuada de regaño y soborno había alejado a los pequeños que torturaban a la bestia con gritos y piedritas. Pero seguía viéndose amenazante. Y cuando intenté arrimarme al poste para desatarlo trató de embestirme. Yo le caía mal.

Fuimos cobardes pero prácticos, y le pagamos a un campesino para que se acercara a la bestia, la desamarrara y la atara al carro. Una coz en sus partes nobles garantizó la devolución de nuestro dinero sin ninguna satisfacción, y la reducción inmediata de voluntarios para desatar al peludo.

Y entonces pasó. No sé como, no sé a que horas, pero Pedrito estaba ahí a mi lado con una extremo del lazo en la mano. Al otro, mansamente, con su trote corto venía el peludo.

- Me arrimé y lo desamarré papá, yo creo que es mejor que nos vayamos antes de que la noche nos agarre por acá.

Bien, acepto que era un poco raro. Pero recibí el lazo. Grave error. El manso rumiante se transformó en bestia peluda y arrancó a correr arrastrando un bulto que apenas pudo mantenerse en pie tres minutos. Entre risas y fiestas lo agarraron mientras el bulto - yo - limpiaba sus ropas y miraba con odio al bicho al que, definitivamente, le caía mal.

Por lo menos no era personal. A excepción de Pedrito, el animal parecía tener un problema venadal con el género humano. La solución final fue contratar un camión de esos que usan para mover ganado. Pedrito subió a Rodolfo -insistía en llamarlo así- a cabestrillo y él y yo lo acompañamos en el recorrido de regreso a la finca acomodados en la plancha. No sé de donde sacó la idea de la nariz roja mi hijo, pues lo único escarlata que veía en el Peludo eran sus ojos inyectados de sangre, cada vez que me miraba.

Una vez en la finca, el animal se adaptó fácilmente. Le acomodaron un sitio en el granero con pasto del que se le daba al ganado, sal y agua. Los niños se peleaban por alimentarlo y debo reconocer que se le mejoró el genio. Se volvió más sociable con todos. Bueno, casí con todos, porque a mí me seguía detestando. En alguna parte de sus genes debía existir un toro de lidia. porque cada vez que me veía empezaba a patear el piso y bajaba la cabeza dispuesto a conjugar el verbo embestir.

Pedrito impuso su concepto y todos comenzamos a llamarlo Rodolfo. Un baño a punta de balde reveló una pelambre fina y suave bajo la capa de mugre, con tonos que combinaban el marrón con el blanco. El animal se hizo dueño y señor de su rincón del granero, de donde solo salía parte del día a tomar algo de sol. De resto dormitaba, comía y volvía a dormitar. Dicen que de noche miraba las estrellas. Eso me lo contaban los demás, porque apenas percibía mi presencia lo único que miraba era alguna manera de agredirme.

El espectáculo nocturno se le dañó muy pronto, porque el cielo pasó de despejado a encapotado. Como una situación inusual en esa época del año se vino un aguacero. Yo no sé si ustedes saben lo que es un aguacero en el llano. Llueve dos, tres días seguidos. Y los caminos se vuelven ríos. Así como suena. Nosotros no teníamos problema. La finca estaba bien dotada de comida, y era una construcción resistente a las lluvias. El ganado sabía donde guarecerse y el mismo Rodolfo tenía su granero. Sería una Navidad bajo techo, pero tranquila.

Como el 21 el niño empezó a sentirse desalentado. No quiso desayunar, y se quedó acostado. A mediodía ya estaba comenzando a ponerse verde. Yo ya me conocía los síntomas de memoria. Era un ataque. Así que fui a buscar la intravenosa que había comprado desde hacía dos años... y que tenía la fecha vencida.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad (2 de 5 partes)


El apunte puso a reír a todos los presentes. A Leonardo y su esposa, porque ellos se reían de cualquier cosa. A los llaneros por lo de la nariz roja, ya que para ellos la palabra reno no figuraba en su lista de conocimientos. Ni falta les hacía. Y a los pocos que entendimos la alusión porque...

Eso de tener un hijo enfermo y medio genio que ve demasiada televisión lo convierte a uno en psicólogo empírico. El médico me lo advirtió alguna vez, había que establecerle constantemente fronteras entre realidad y fantasía al pequeño. Explicó algo relacionada con sociabilidad y procesos de adaptación al mundo. No le entendí muy bien hasta el día que me pidió que fuéramos de vacaciones a la ciudad de Saltadilla, la de las Chicas Superpoderosas. Y tanto en ese como en otros casos, he tenido que desarrollar una metodología psicológica encaminada a demostrarle, sin traumatizarlo, que eso no existe.

- No puede ser mijo.

- Claro que sí papá.

- Los renos viven en el Polo Norte -realmente no estaba seguro de esto, pero sabía que era por allá cerquita- y Rudolph es un personaje de cuentos y de televisión. Ya sabe que eso es para divertirse, pero no más. Además, si viven en el Polo Norte... ¿Como llegó hasta aquí? Ni siquiera sabemos si es un reno. Puede ser un venado peludo (si, yo sé que no existen los venados peludos, pero lo importante era sonar lógico. Pero mi lógica iba por un lado, y la de mi hijo por otra. Así que su respuesta fue tan absurda como contundente).

- No sea bruto papá, pues volando. Los renos de Santa Claus vuelan.

- (Me la puso difícil. Una cosa es trazar fronteras entre realidad y fantasía, y otra es destruir ilusiones. Creer en el Niño Dios, en los Reyes Magos o en Papá Noel no tiene nada de malo. Dudé un rato antes de decir) Humm, no sabemos si en verdad el viejo vive en el Polo Norte. Pero viva donde viva debe cuidar a sus renos, y este se ve muy descuidado. (Punto en contra, acababa de aceptar que era un reno).

- Sí papá, por eso tenemos que llevarlo y cuidarlo para que esté listo el Día de Navidad.

El problema no fue que, sin proponérmelo, había llevado la conversación al punto donde el verbo amenazaba peligrosamente en convertirse en hechos. Sino que el cazador, que no veía como sacarle plata al “Peludo” oyó al pequeño y se le alborotó su instinto comercial.

- Pero señor, yo se lo vendo solo por...((aquí una cifra absurda))

- Le doy ...((aquí una cifra racional y hasta baratera.))

Era Mariela. Junto con Leonardo, su esposa, los tres hijos de esta pareja, Pedrito y yo, completaba el paseo. Es mucho lo que le debo a mi suegra, y solo le reprocho una cosa. No se mide en gastos cuando se trata de complacer a mi pequeño. Ella me lo ayudó a criar después de que Adriana murió. ¿Les conté que le regaló televisión satelital al niño? Bueno, así son los presentes de la vieja.

En resumen, el cazador y ella regatearon un rato. Hasta que la doña consiguió el animal por una cifra inferior incluso a la que ella misma había planteado como propuesta inicial. Buena para negociar sí es. Pero el cazador anunció que la mercancía se entregaba allí mismo. Es decir, que nos tocaba a Leonardo y a mí llevarlo hasta la finca, que queda a hora y media del pueblo en verano.