jueves, 29 de diciembre de 2016

Citatorio

Norberto N. llega al edificio. El celador, como siempre, lo recibe en la puerta. Hay algo extraño en su actuar. Subrepticiamente se la entrega. Es media hoja impresa, sin sobre, con un lenguaje escueto y directo: Sírvase comparecer el día tal a la Fiscalía tal. No da más datos, salvo una advertencia de tres palabras; Incumplimiento acarreará sanciones.

El recién llegado mira en silencio al vigilante. “No hay duda, lo sabe. Me di cuenta en su manera de mover el cabello al entregarme la notificación. Ya no puedo seguir escondiéndome. La justicia ya lo sabe. Yo... un momento ¿Yo qué? Si yo no he hecho nada.”

Tras sentirse una especie de extraditable, Norberto cae en cuenta que sus relaciones con el Código Penal han sido de mutuo respeto. Y aunque no puede decir lo mismo de los 10 mandamientos (sobre todo el 6, el 3 y el 9 ) no hay ninguna razón por la cual el fiscal y sus muchachos estén interesados en él.

¿O sí? Sí, claro. Su mente evoca todo el proceso. La planeación minuciosa, la espera del momento propicio, la movilización sigilosa en la oscuridad, la apertura del recipiente, el robo. Solo queda una duda ¿Cómo hizo la Fiscalía para saber que cuando tenía cinco años, se había robado el postre de papayuela de la nevera?

Tal vez fue algo más reciente. “¿Será que tengo derecho a rebaja de penas si confieso? Porque es verdad. Las vueltas eran dos monedas de mil y dos de 200, pero la niña de la caja me dio dos de mil y dos de 500. Y yo me quedé callado.”

O será por esa noche en la que le echó la madre al Policía. “Estaba borracho, creo que eso es un atenuante. Claro que tengo que admirar a la autoridad. Primero porque fue hace 10 años. Segundo porque ocurrió a las 3 a.m. Tercero, porque era un policía acostado.”

A medida que se acercan los días, el prontuario crece. “¿Haber estado en una fiesta en la que un tipo se encerró en el baño a fumar mariguana será causal de extradición? ¿Cómo descubrieron que yo había comprado junto con otros compañeros de colegio una Playboy? ¿Como supieron que yo me había robado el afiche de páginas centrales, rompiendo el convenio previo de rifarlo?”

Llega el día tal. El hombre arriba a la oficina donde la fiscal espera.

Fiscal: ¡Es usted Norberto N, con cédula de ciudadanía xxxxyyyy.

Nova: No, Yo soy Norberto N, con cédula xxxxyyyx

Fiscal: Permítame su cédula. No era usted. Muchas gracias. Adiós.

martes, 27 de diciembre de 2016

Por supuesto que tenemos espacio para atender sus reclamos

No voy a decir el nombre, solo anotaré que se trata de una de esas organizaciones que depende de una relación directa empresa - cliente. Dispone de múltiples instalaciones ubicadas a lo largo de la ciudad destinadas a la venta de sus productos o servicios.

Esas áreas comerciales se caracterizan por ser amplias, iluminadas, con abundante personal.  Manejan jornada continua desde temprano en la mañana hasta tarde  en la noche, fines de semana incluidos. En pocos minutos, los consumidores acceden a “soluciones”, mediante el pago de módicos –o de los otros–  contados y cuotas.

Desafortunadamente, no siempre la relación se mueve en esos románticos e idílicos escenarios. A  veces –bastantes– una cosa es el servicio prometido y otra la realidad. O acceder a servicios especiales que se salen del producto básico requiere autorizaciones adicionales. En ese caso, el cliente –yo, el optimista– hace lo lógico: dirigirse al lugar donde adquirió su producto.  Y entonces lo remiten a…

No recuerdo el nombre exacto. Pero sonaba importante. “Centro de atención al usuario”. “Sala de casos especiales”, “Punto de respuesta”. Además de la dirección, le anexan a uno varios números telefónicos para comunicarse previamente y agendar una cita. Esos números tienen un elemento común. A veces están ocupados, a veces nadie contesta. O mejor. Cuando no están ocupados, nadie contesta. Y viceversa. Así que el siguiente paso es ir. Como uno trabaja en horarios de oficina, la movilización debe hacerse por fuera de esos horarios, después de las 5 p.m., por ejemplo.

La  buena noticia es que al llegar al lugar este se ve libre y despejado. La mala es que no hay nadie. Solo un letrero –pequeño y medio escondido – que señala los horarios. Lunes a viernes de 8 a 12 y de 2 a 4. Es decir, las horas en las que los asalariados trabajamos, Conclusión, hay que pedir permiso. Eso hicimos. Y digo hicimos porque cuando, un par de días después, llegué (a las tres de la tarde) encontré un montón de gente con intenciones similares.

Resignado, indagué por el orden de atención. “¿No tiene ficha?” Entonces indagué sobre la ficha. “Las reparten a las ocho de la mañana”.

Conclusión: viaje perdido. Como el que se hizo un par de días después con llegada a las 8 a.m., cuando encontré una fila de esas que le dan la vuelta a la cuadra a la espera de  las fichas. Tres intentos después  (cada uno más temprano que el anterior) y finalmente logré obtener el pase para ser atendido. Ahora solo tenía que esperar.

Como soy malo para cálculos mentales, no me arriesgo con cifras y medidas. Me limito a los hechos: sitio pequeño, escasos lugares para sentarse. Mucha gente. Estábamos estrechos, apretados e  incómodos. Y aunque se le veía buena voluntad a los dependientes, eran solo 3. La mañana pasó y mi turno no llegó. A las 12 en punto cerraron el chuzo. Tocó por la tarde. Y pedir permiso adicional.

Eran como las tres cuando finalmente me atendieron. La primera vez. Porque lo que parecía un reclamo sencillo se fue enredando por cuenta de papeles adicionales y plazos que me convirtieron en cliente habitual de la pequeña, incómoda, estrecha y asfixiante locación. Supongo que esa es a la que se refieren en la publicidad de  la empresa cuando dicen “y por supuesto que disponemos de espacio para atender sus reclamos”.