miércoles, 6 de diciembre de 2023

Los amores crepusculares no se peinan


A través de la vida Laura ha afrontado diversos desafíos profesionales, todos superados. En temas más personales tuvo un par de relaciones estables que luego de algunos años culminaron en buenos términos. Esa faceta de su vida pasó a un segundo plano, opacada por su carrera.

El tiempo pasó, las metas se lograron y llegó el momento de tomarse la vida con calma y dedicar los recursos acumulados a conocer el mundo. Parientes cercanos y amigos, desafortunadamente, todavía no estaban en capacidad de darse esos lujos. Laura quería viajar, pero no sola. Así que decidió buscar en sus redes sociales antiguas conocidas que podían clasificar como compañeras de aventuras.

Encontró,  como era de esperarse, un poco de todo. Una tendencia curiosa y tal vez más abundante de lo esperado fue la segunda (tercera, cuarta, etc) oportunidad o el romance crepuscular. Mujeres que al superar el cuarto o quinto piso conocieron un sujeto del mismo rango de edad o superior, una especie de galán otoñal, formalizaron  una relación (de unión libre para arriba) y se dedicaron a compartir vida.

Múltiples imágenes publicadas en redes sociales evidenciaban el éxito de la experiencia sentimental tardía. Actividades en pareja o familiares,  viajes nacionales e internacionales, incluso ceremonias matrimoniales religiosas o civiles. También evidenciaban un detalle, —menor, si se quiere— pero curiosamente reiterativo.  Los tipos siempre, en diferentes grados eran, o estaban en camino de ser, calvos. 

Los sujetos podían ser atléticos, gordos, altos, bajitos, nacionales o globalizados. Los había con pinta de gringos o rasgos de galán de novela turca, así como aquellos que parecían recién salidos del aguinaldo boyacense o de una parranda vallenata. Pero más allá de orígenes y aspectos,  de las patillas para arriba el asunto se despejaba. A estos no se les podía regalar champú. O sí se podía, pero esa platica se perdió.

Las testas respectivas terminaban en diversos grados de peladez. Brillante, estilo bosque deforestado, con complejos tejidos que fracasaban en su intento de disimilar la migración capilar. Desde alopecia natural hasta aquella apoyada por el trabajo de algún peluquero, cuando el propietario de la coronilla respectiva se resigna a perder la batalla, coronaban a los compañeros de las antiguas conocidas.

Sin entrar en detalles, hay que decir que el destino le atravesó a Laura un potencial compañero. Este, por cierto, era el propietario de una perfecta cabellera. La relación se fortaleció con las ventajas que dan la edad, la experiencia y la solvencia económica de las dos partes. Y el pelo del tipo seguía siendo perfecto.

Demasiado perfecto. Pasaban las semanas y la parte superior de la cabeza se veía exactamente igual. Como si no creciera, no encanara, ni fuera necesario cortarla de vez en cuando. El peinado siempre era el mismo. Cada cabello ubicado en sitio fijo, sin ningún efecto visible de elementos naturales  como viento o lluvia.

La curiosidad pudo más y un día Laura cruzó, vía internet, la imagen del sujeto con imágenes de pelucas y peluquines. Encontró cierto parecido, casi una coincidencia absoluta, entre la cabellera del sujeto y el producto de un catálogo en línea.

Encarado el hombre, no le quedó más remedio que aceptar su condición de usuario de prótesis capilares.  Pero la historia no terminó ahí. Para demostrar la sinceridad de su interés, él realizó un acto inusualmente romántico en el restaurante lleno de gente donde se habían reunido.

Sí, se quitó la peluca. 

Epílogo: Dicen que la edad no tiene nada que ver con el amor.

Y los hechos demuestran que, en ciertos casos, el cabello tampoco. 

miércoles, 29 de noviembre de 2023

¡Pica huevo duro! ¡Pica!


Los  visitantes a la casa de Pardo a veces divisan, en un rincón de la cocina, la desordenada acumulación de cortadores de huevos duros. Los hay metálicos, plásticos, en combinación de materiales, artesanales, industriales, con diseño para tajadas, cuadritos y julianas. La gran mayoría son manuales, pero por lo menos dos funcionan con energía eléctrica.  Incluso existen algunos con formas particularmente creativas, como la silueta de una gallina o una especie de juego de cuchillos acanalados pero de plástico.  

Lo curioso es que Pardo no ha invertido un peso en estos utensilios de cocina, los cuales tampoco utiliza.  En materia de huevos, su gusto y los de su familia van más por el lado de los pericos, los fritos y las tortillas. Tampoco tiene ningún negocio de venta, distribución o almacenaje. Entonces, ¿de dónde salieron?

Recapitulemos. Pardo es un buen tipo. Eficiente, buen compañero, responsable con sus resultados y siempre presto a colaborar donde se le requiera. Por eso, cuando iba a cumplir sus primeros 20 años de servicio en la organización, la directiva propuso un homenaje, al que sus colegas adhirieron gustosamente.

Primero iba a ser un acto sencillo, al cierre de la jornada del viernes. En la misma oficina, discurso del jefe, ponqué, vino y una placa o un pergamino. Los que quisieran seguirla lo harían bajo su propia cuenta y riesgo. Pero eran buenos tiempos así que la gerencia se metió la mano al dril, arrendó un espacio e invirtió en comida y licores. Alguien propuso la idea de darle regalos al reconocido. Los convocados acogieron la propuesta discretamente, por mucho en complicidad con dos o tres compañeros, acudiendo a almacenes especializados, distribuidores en línea, vendedores callejeros y plazas artesanales.

A última hora, hasta la gerencia optó por complementar la placa destinada a Pardo con algo más útil. El día del evento el primer regalo en la fila fue el de Martina, secretaria eterna. Para silenciar el coro de “que lo abra, que lo abra” el festejado rasgo el papel, lo que reveló un picador plástico de huevos.

Y al destapar el segundo regalo, había un instrumento metálico diseñado con el mismo objetivo. Y el tercero fue una versión artesanal. Así, uno tras otro, comenzaron a materializarse implementos nacionales, importados o de origen incierto creados para reducir a pequeñas formas el alimento de origen avícola después de pasarlo por agua hirviendo. Un silencio cada vez más incómodo se escuchó en su máxima expresión al llegar al obsequio mayor, el de la gerencia, un complicado y modernísimo aparato eléctrico para… rebanar huevos duros.

Unos días antes del homenaje, durante la pausa cafetera de la tarde, alguien puso el tema de aquellos objetos del pasado que hoy en día son solo recuerdos. Pardo, inocentemente, solo por participar de la conversación, evocó algo de su casa familiar. Unos artefactos acanalados donde se ponían los huevos duros para luego aplicarles una rejilla y convertir la tradicional forma oval en picadillos varios.

El comentario no duró más de 20 segundos. Y lo escucharon unas tres personas. Pero ya era tarde. Cuando el teléfono roto se conecta no lo apaga nadie. Algún interlocutor —o todos— comentó que Pardo recordaba los picadores de huevos. Quienes retransmitieron cambiaron la palabra recordar por añorar, término que en una nueva versión se convirtió en desear. Llegó un momento en el que toda la organización “sabía” que el futuro homenajeado necesitaba urgentemente un picador de huevos, que llevaba años intentando infructuosamente conseguirlo y que el sencillo implemento evocaba un recuerdo de su difunta madre.

El resto de la historia ya lo conocemos. La mamá de Pardo, por cierto, está más saludable que nunca. 

Y tampoco le gustan los huevos duros.