miércoles, 5 de junio de 2024

(Más) dificultad ante todo

Hace mucho rato existen las tarjetas de crédito y hace menos rato aparecieron las débito. En tiempos lejanos, para hacer compras con la primera pedían cédula. Con las segundas su uso (retiros y compras) implicaba teclear una clave. Para la de crédito, un día dejaron de pedir la cédula, aunque todavía había que teclear la clave (a veces). Otro día se inventaron una tecnología sin clave, simplemente se pone cualquiera de los dos medios de pago encima del datáfono y ya. La vida se hizo más fácil para todos. O para casi todos.

Oliverio es uno de los representantes del “casi”. Forma parte de quienes se consideran víctima potencial de múltiples estrategias para despojarlos de su capital. Desde un sobreprecio derivado del  estudio facial encaminado a detectar rasgos porcinos (que le vean cara de marrano y le cobren más cara la fruta); hasta el uso de avanzadas tecnologías dirigidas a mover el dinero de sus cuentas a destinos desconocidos. Eso le puede pasar a cualquiera. La diferencia es que Oliverio está seguro de que le va a pasar a él. 

El tipo es ahorrativo al extremo (al extremo de que todos le dicen tacaño).  Sus medidas de seguridad diarias son dignas de banco central. Solo sale a la calle con exactamente lo que piensa gastar. En la billetera carga un billete (como todo el mundo) de la más baja denominación posible (como poco mundo) para despistar en caso de atraco o minimizar la pérdida si le hacen algún cosquilleo. La plata real para gastos inmediatos va en algún bolsillo secreto de la chaqueta. El resto, si se requiere, está debidamente encaletado en una bolsa plástica en el zapato misterioso. Misterioso porque solo decide si será el derecho o el izquierdo mientras se viste, y porque es un misterio cómo va a sacar esa bolsita cuando llegue el momento de pagar. La bolsita, por cierto, también aplica para tarjetas débito y crédito. Una especie de pecuecash. 

Así que la llegada de los sistemas de pago sin contacto fue una especie de tragedia en su lucha personal para proteger la parte líquida de su patrimonio. Porque la facilidad implícita aplica no solo para el titular y conocedor de la clave, sino para cualquiera que tenga la tarjeta. Y cualquiera puede ser algún pariente con exceso de confianza, alguien sin lazos de sangre pero con acceso al sitio donde se guarda la tarjeta e intenciones poco católicas, o simplemente un delincuente que en ejercicio de su oficio se apoderó del implemento y lo puede utilizar fácilmente mientras no esté bloqueado. 

Son solo tarjetas. Pero qué tal que no fuera únicamente eso. Qué tal que fuera acceso a todas las cuentas, y a una billetera que en vez de cuero y papel moneda, tuviera gigas y bytes. Que con un solo dispositivo lo puedan, literalmente y sin mayor esfuerzo, dejar en ceros. 

¿Quién correría un riesgo tan evidente? Mucha gente. ¿Y es que acaso ya ha pasado? Unas cuantas veces. Trasciende cuando la víctima es un “famoso”. Los detalles varían pero son tres actos. Acto uno, perdí el celular. Acto dos, cuando me di cuenta inmediatamente fui a ver. Acto tres, vi que me habían robado en… y arranca la lista de billeteras digitales, cuentas bancarias, servicios con pago en línea y demás aplicaciones diseñadas para facilitarle la vida a los usuarios, y de carambola a los delincuentes.

Sobra decir que Oliverio no tiene en su teléfono ninguna aplicación de esas. Y alcanzó a hacer un par de compras en línea desde el computador  hasta que supo que obtener certificados de seguridad (el candadito y el https) puede ser un proceso complejo y exigente, que demanda identificación y requisitos exhaustivos, de trámite largo y difícil; … pero también algo gratuito y fácil de tramitar, que demanda pocos minutos y es completamente en línea, como alardean sus emisores.

Mientras escoge zapato para esconder la plata del día, el hombre la tiene clara. Ciertas compras, pagos y transacciones deben ser difíciles. O por lo menos, no tan fáciles.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Ergonomía para cuatro patas


Como la casa tenía patio y los papás eran modernos pero no tanto, apenas Paquito creció lo suficiente le organizaron cama en ese lugar. Hablo de tiempos pasados, cuando animales y humanos compartían vida, pero no cama, ni habitación. Es bueno precisar que parte del patio disponía de una marquesina, la cual protegería a su residente oficial de la lluvia y de otros fenómenos climáticos.

El morador, por cierto, era una combinación genética digna de tesis de doctorado. Cuando llegó a la casa familiar, Paquito parecía una especie de cruce entre pastor collie, bulldog, pequinés, huskie y perro de taller. De su origen solo se conocía la llamada anónima que advirtió sobre la camada dejada en un basurero, donde fueron rescatados por voluntarios de cierta ONG que salvaba perritos abandonados.

Una donación en efectivo le permitió a la familia pasar de cero a uno en su componente canino. Como solía pasar  —y creo que aún pasa— los hijos pidieron mascota y se comprometieron a cuidarla. Cumplieron su promesa… unas dos semanas. A la tercera empezaron a delegar responsabilidades y más o menos a la quinta era problema de los papás, con algún aporte ocasional de los pequeños, sobre todo para juegos.

En ese contexto vino el trasteo al patio. Una vieja caja de madera, y una selección de cobijas igualmente viejas pasaron a ser casa y cama para el can. Este tomó posesión de sus dominios, acomodó las cobijas a su conveniencia y pronto definió hora fija para acostarse y para levantarse.

El final feliz vino a dañarse por cuenta de la naturaleza. El animal comenzó a crecer, con una particularidad. Al parecer tenía algún gen de salchicha (la raza, no el alimento), porque si bien su lomo no se alejó mucho del suelo, la distancia entre cabeza y cola aumentaba día tras día.

Pronto se evidenció que la caja de madera no tenía espacio suficiente para el alargado personaje. Y entonces intervino tío multitarea. Ese pariente poseía taller propio y, más importante, la habilidad de reparar, construir, desbaratar y volver a armar una enorme gama de objetos. Y aunque nunca había hecho algo parecido, se ofreció para fabricarle a Paquito una casa acorde con su nueva anatomía.

Cuando vieron que la mascota había alcanzado su máxima extensión, el hombre puso manos a la obra. Quince días después se apareció con una especie de vagón sin ruedas ni ventanas, techo a dos aguas y una sola entrada. Un “hábitat” con espacio suficiente para que el perro se acomodará cuan largo era (literalmente). El problema no era la longitud, ni la altura, sino el ancho. Porque el constructor dejó en esa dimensión el espacio justo para que el ocupante entrara pero, una vez dentro, no tenía como cambiar de posición. De ahí en adelante Paquito pasaría sus noches viendo una pared oscura y dándole la espalda al mundo exterior.

Multitarea y Padre se dedicaron a tremenda discusión —eran hermanos, así que no era ni la primera ni la última—. El más sensible de los niños se puso a llorar y pronto fue seguido por sus hermanos. Mamá no sabía a quien tratar de calmar primero y pensó, como estrategia, que los pequeños sacaran a la mascota al parque. Así que buscó a Paquito y lo encontró estrenando domicilio, observando el mundo con su cabeza justo a la entrada de la casa.

El misterio solo se vino a resolver por la noche, porque después de su paseo diario el perro no volvió a ocupar su nueva habitación. Pero ya con la oscuridad, al acercarse la hora fija en la que siempre pasaba al mundo de los sueños repitió el ritual inventado horas antes. Ese que mantendría hasta el final de sus días. 

Paquito se ubicó frente a su casa, giró con las cuatro patas 180 grados y entró, en reversa, hasta quedar perfectamente acomodado.