domingo, 1 de septiembre de 2024

El escritor que soy


Faltaba, digamos, solucionar algunos problemas administrativos. 

Superado este asunto podemos decir que ahora sí va en serio.

Soy un escritor.

Lo cual no significa que sea un escritor exitoso, o un escritor productivo.

Pero ese es otro cuento.

Así que retomemos. Como toca comenzar de alguna manera, ajusté alguno perfiles públicos en redes sociales.

Destaco, en cada uno de las estaciones de mi recorrido laboral, lo que hice en materia de producción de textos. 

Pero eso es el pasado. Lo que importa es el presente y lo que quede de futuro.

Listo, soy un escritor. ¿Y eso qué es?

A partir de este momento, una descomunal concesión al ego.

Así que ahí vamos

Yo y lo que escribo*  

*Sí, el burro adelante, pero es que lo del ego va en serio.

1. Yo no soy un tipo serio. Por eso lamento, en serio, desilusionar a quienes busquen trascendencia, profundidad o mensajes relevantes en mis textos.

2. Escribo lo que quiero. No por obligaciones laborales. No por tendencias de moda que favorecen un éxito comercial.  

3. Es lo que yo quiero escribir.

4. Eso no significa originalidad, ni vanguardismo (casi me hernio buscando la palabra adecuada, de ahí el enlace). 

5. Muchos han hecho, hacen y harán algo parecido, mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo.

6. Mi objetivo es brindar una pequeña alternativa que enfrente desde el aburrimiento hasta la angustia cotidiana, al inducir una sonrisa y, de ahí para arriba, toda la escala de expresiones alegres que ojala coronaran en la escandalosa carcajada.

7. No voy a tratar esos temas dolorosos y tristes que conforman nuestra realidad. Escojo el escapismo. 

8. Ya hay bastantes personas que abordan esos tópicos y muchos lo hacen realmente bien. Yo voy por otro lado.

9. Eso sí, mi punto de partida es la vida. Es lo que somos. Lo que hacemos. 

10. Cuento historias basadas, parcial o casi que totalmente, en hechos reales, de esos que le pueden ocurrir a cualquiera y de hecho pasan (nos pasan, dice la tarjeta). 

11. O simplemente los comento, desde mi punto de vista, con la advertencia implícita de que no hay que tomarse muy en serio lo que este sujeto dice.

12. Los cuentos se refieren a esas anécdotas que tienen su lado risible, el cual es notado de inmediato por los demás y a veces, (normalmente a posteriori) por el protagonista.

13. No estoy inventando nada. Solamente trato de exprimir el lado divertido de la faceta laboral, familiar, sentimental, saludable, deportiva, recreativa y todos los etcéteras posibles de ese recorrido que nos lleva de la cuna a la tumba.

Yo y cómo escribo*  

*Por si quedaba alguna duda de la condición narcisista de este ladrillo.

14. Intentaré siempre aplicar normas básicas de lenguaje escrito. Ortografía, gramática, sintaxis y toda esa terminología que cincelaron en el subconsciente las clases de español. 

15. Creo que es la responsabilidad mínima de quien escribe para un público, por pequeño que este sea. Es la manera de respetar a quien lee.

16. Creo en el ingenio y en la creatividad para describir situaciones incómodas, para adultos o desagradables sin caer en textos incómodos, para adultos o desagradables. 

17. Aunque en mi expresión oral cotidiana soy un tipo grosero, considero que el uso de los hijueputazos a la hora de escribir debe ser excepción, no regla. 

18. En un idioma con tantas opciones como el español se puede decir lo mismo sin acudir a palabras que pueden molestar a ciertas personas —cada vez menos, pero existen—. Esas palabras deben reservarse para cuando no haya otra forma de expresar la idea (véase el numeral anterior y el reiterativo ejemplo de la última palabra en “El coronel no tiene quien le escriba).

19. Tengo un pasado de periodista y toda una trayectoria vital de escribir para los demás. 

20. Por eso, cada texto es un trabajo encaminado a combinar lo expresado en los puntos del 1 al 13 con un estilo directo, conciso, sin demasiados adornos, construido a lo largo de los años.

21. Por eso, siempre intentaré escribir “vida” o “experiencia” en vez de “trayectoria vital”.

Yo y las redes sociales*

*La inevitable alusión tecnológica también tiene su toque de egolatría.

22. Me siento feliz cada vez que alguien comenta, me recomienda, me da un ”me gusta”, se suscribe,  agrega corazones, aplausos o caritas felices o tienen otro tipo de reacción. 

23. Eso sí, considero que funcionan cuando son un acto espontáneo, no inducido. Nunca lo voy a solicitar, pero siempre lo voy a agradecer.

24. Mis publicaciones en redes sociales son para informar que hay algo nuevo.

25. No son, y pretendo que nunca lo sean, para promover directamente interacciones. Únicamente pediré opiniones o comentarios de los lectores cuando el tema realmente lo justifique.

26. No soy, ni pretendo ser, un influenciador.

27. Renuncio a conciencia a utilizar esas herramientas que recomiendan los expertos, el sentido común y los algoritmos para generar tráfico y seguidores.

28. Creo que mis textos deben defenderse solos.

29. Por eso, reitero, solo utilizo las redes para informar sobre la publicación semanal de Amilcaradas. Y si en un futuro se da el caso,  para informar sobre otro tipo de publicaciones.

Yo y un cierre adecuado*

*Concedamos este último momento de arrogancia al autor.

30. Esta declaración de principios, texto guía, proclama o lo que sea no está cerrada. 

31. En cualquier momento puede crecer, cambiar, evolucionar y demás infinitivos.

32. Por ejemplo, cuando se me ocurra un cierre adecuado.

33. Como ese momento no ha llegado, mientras tanto “aquí va una frase espectacular que constituye un cierre adecuado”.

Bogotá, Colombia, 1 de septiembre de 2024

miércoles, 28 de agosto de 2024

Fotocopias a 100.000

En principio a Caminante le pareció interesante eso de tener su primer billete de $100.000, en vivo y en directo, entregado por un cajero automático de barrio. Pero este usuario de gastos hormiga en establecimientos de “¿no tiene más sencillo?”, pronto notó el encarte. Pese a que iba para el centro, el cajero (donde había hecho el último retiro de la quincena —saldo, 115 pesos—) era cerca de su casa. Así que optó por la droguería de cadena internacional del sector. Lo miraron feo pero le dieron vueltas por los 5.000 que costaron los pañuelos desechables. Problema solucionado.

Pagó con la última recarga disponible en su tarjeta de pasajes el viaje en transporte masivo. Su destino era esa lejana notaría donde reposaba ese documento cuya copia era un paso más en ese trámite. Así que llegó, hizo la fila, le dijo al cajero lo que requería y sacó, de entre todos los que había recibido en la droguería, ese billete.

—Es falso.

Por suerte no hubo tijeretazo, sino devolución de la pieza de papel moneda. Y sí, la condición de producción por fuera del banco emisor era algo evidente con solo fijarse un poco, lo que Caminante no había hecho. Como se veía y sentía, eso era una especie de fotocopia, pero a color y dos caras. Aplastado por la situación, revisó el resto de su efectivo. Buenas noticias. Todo parecía legal y real.  Pagó con otro y tomó la decisión inteligente. Hacer el reclamo respectivo al volver a su barrio.

Pero mientras aguardaba por el documento en sala de espera, las ideas malucas comenzaron. ¿Y sí no se acordaban? ¿Y cómo probar que es plata se la habían dado ahí? Entonces se atravesó el mango. No lo pensó. Simplemente salió y vio al vendedor callejero. Casi en automático pidió la dosis de fruta en vaso plástico —con limón y sal, por favor— y extendió el billete que sabemos a la hora de pagar.

—Huy hermanito, cámbieme esto que se ve más falso que uno de 7.000.

Más falsa fue la cara de sorpresa que Caminante puso, antes de proceder a utilizar otro papel moneda.  Mientras despachaba la ración de mango en una banca de parque sus tendencias antisociales superaron la lógica bajo una premisa sencilla. Si yo caí, algún otro caerá…

Pero no cayeron los del restaurante de combate donde almorzó, ni el que le vendió el postre, ni la de la miscelánea, ni el de la chaza donde adquirió los cigarrillos encargados por mamá, ni el del carrito de accesorios de celular que lo surtió de audífonos,  ni la viejita de los bocadillos en la mesa callejera, ni el paisa de los paraguas de la esquina ni ninguno de los demás etcéteras que no le recibieron el billete, pero sí lo surtieron de chucherías, cada una más inútil que la anterior.

Era hora de retomar el plan original: hacer el reclamo en el origen del problema. Solo debía recargar la tarjeta para tomar el transporte masivo. Hizo fila, sacó su billetera y… solo quedaba ese billete devuelto mil veces. Sumado a unas pocas e insuficientes monedas. 

Era ahora o nunca. Caminante pasó la tarjeta, pasó el dinero y…

...Un hombre avanza despacio del centro hacia su casa. En su cartera lleva dos tarjetas (débito bancaria y de transporte masivo) ambas con saldos insuficientes; y restos del papel moneda al que la cajera aplicó, sin asco ni duda, el respectivo tijeretazo después de doblarlo en cuatro al notar que era falso. Es un tipo que camina. Ustedes lo conocen como Caminante.