miércoles, 21 de mayo de 2025

El intocable señor Barreto

Si usted ve al señor Barreto por la calle lo más probable es que ni siquiera perciba su presencia. Y si por alguna razón lo nota, solo es cuestión de tiempo para que forme parte (Barreto) del inventario de asuntos olvidados. Razones sobran. La ropa del tipo es genérica, se comporta con discreción casi invisible, el rostro carece de particularidades y anda como uno más en la marea humana que transita a diario por la vida.

Pero los omnipotentes, los que tienen la autoridad en escenarios específicos, los que rigen el destino de organizaciones o personas por elección, delegación o herencia poco o nada pueden hacer para ejercer su máximo poder frente a este caballero.

No existe dueño, administrador o empleado que pueda sacarlo de una larga lista de locales. Se incluyen meseros, chefs y metres de restaurantes. Cantineros, barmans y vigilantes de bares. Canchero o tendero de canchas de tejo. Artista principal, guardia o acomodador de concierto. La inmunidad de Barreto alcanza los clubes sociales, donde ni siquiera la junta directiva tiene la capacidad de expulsarlo de las instalaciones.

Tampoco es factible retirarlo de catedral, capilla, templo, sinagoga,  iglesia de garaje o ermita, sin importar lo que hagan obispo, sacerdote, rabino, pastor o monja (incluye madre superiora). Lo mismo ocurre con esos medios de transporte donde regulaciones aceptadas por todos los países le otorgan autoridad absoluta al comandante de la nave. No hay piloto capaz de bajarlo de un avión o capitán que pueda desembarcarlo de yate, crucero o barco de carga.  

Para dar algunos ejemplos con nombre propio, el gran Elon Musk no puede eliminarlo de X (antes Twitter), el insigne Mark Zuckerberg es incapaz de sacarlo de Facebook, Instagram, WhatsApp o Threads y, por increíble que parezca, ni siquiera el todopoderoso Donald Trump tiene como expulsarlo de Estados Unidos.

No existe árbitro con la capacidad de excluirlo de actividades deportivas, gerente calificado para prescindir de sus servicios, funcionario de alto nivel (superintendente, viceministro, ministro, presidente) que pueda removerlo de la nómina.

No siempre fue así. Hubo épocas en las que el señor Barreto salió por la puerta de atrás y no siempre en los mejores términos de lugares físicos y organizaciones. Pero cuando cumplió los requisitos y se pensionó supo que nunca podrían volver a echarlo de ningún trabajo, oficial o privado, ya que nunca volvería a trabajar.

También decidió (con ayuda del calendario y las recomendaciones médicas) restringir el consumo de alcohol a una que otra copita en casa, lo que lo alejó para siempre de bares y similares. Y como ya vivió bastante y sabe la diferencia entre lo que debe hacer y lo que es opcional, empezó a quitarle escenarios a la vida.

El señor Barreto no va a restaurantes (existen domicilios y comida casera). No juega tejo. No asiste a conciertos. No es socio de clubes. Maneja su relación con el omnipresente ser superior en la intimidad de su casa. Limita sus traslados intermunicipales a zonas cercanas que no requieren aviones o barcos. No hace deporte en plan competitivo y no tiene redes sociales. 

Por eso es imposible que lo saquen, retiren, expulsen o eliminen de múltiples espacios, físicos, organizacionales o virtuales. Porque él no está ahí. Y no importa que tanto poder tenga alguien para decidir sobre la presencia de otros en su jurisdicción. Es imposible sacar al que no está adentro.

Como al Señor Barreto. Quien, por cierto, es un tipo feliz.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Llamen a Charles

Charles es un pisco eficaz y eficiente. Su función en la vida es solucionar problemas, lo cual logra (eficacia) con relativo poco esfuerzo (eficiencia). Eso sí, su particular forma de trabajar suele generar efectos colaterales. Pero eso es otro cuento.

Al sujeto lo conocimos en tiempos estudiantiles, junto a un tal Baldor. Fue cuando pasamos de la tradicional aritmética a la compleja álgebra. Cuando noches y fines de semana se convirtieron en campo de batalla contra ecuaciones de primer y segundo grado, factorización, logaritmos y otras pesadillas.

Apenas empezaba. Vendrían luego la trigonometría, el cálculo, la química, la física. Brochazos de conocimiento que para la mayoría de nosotros solo fueron problemas. Literalmente. Eran materias que demandaron solucionar listas interminables de desafíos intelectuales con fórmulas cada vez más complejas. 

Lo bueno era que la solución, normalmente, ya estaba publicada en el libro respectivo. Lo malo era que, después de una juiciosa aplicación del paso a paso especificado en esa fórmula explicada al detalle y escrita en todos los textos relacionados, llegábamos a una respuesta… que no coincidía con la oficial. Entonces repetíamos todo el proceso hasta alcanzar otro resultado… que tampoco coincidía. Y tras reiterar las acciones cuantas veces fuera necesario, de acuerdo con la paciencia del protagonista, quedaban dos opciones: reconocer la derrota o llamar a Charles.

No se crea que el caballero en mención únicamente sirve para propósitos académicos. El paso del tiempo mostró su idoneidad en otros quehaceres. Solo citaré algunos: labores de costura, de esas que requieren la paciencia y destreza de las abuelas para reparar un daño o ajustar medidas; manualidades cuyo resultado final está ligado a habilidades dignas del mejor artesano, como la maqueta para la tarea de nuestro hijo; decoración de interiores, mediante la aplicación profesional de bases y acabado de pintura; preparación de alimentos mediante largos y complejos procesos de sazón y cocción; o reparaciones locativas a nivel hogar de daños que involucran, por ejemplo, plomería.

Quien esto escribe no sabe coser ni posee rasgos de abuela, es torpe para los trabajos manuales, carece del tiempo y la perseverancia que demandan pintar por capas, tiene demasiada hambre para pasarse horas cocinando y le faltan tanto herramientas como conocimientos de plomería. Pero no se vara. Así que…

Como puede,  arma un remiendo deforme y chambón o sale del paso con esparadrapo de tela;  a punta de silicona y cartón construye una maqueta estilo terremoto y despacha a su hijo al colegio con ese desastre estético; combinando pintura en aerosol y cuadros tapa los daños de la pared; soluciona sus requerimientos alimenticios aplicando a los productos crudos aceite en cantidades industriales o agua hirviendo; y “sella” la gotera usando una bolsa plástica sujetada a la salida de la llave con bandas elásticas (cauchitos, que llaman).

Es lo mismo que hacía en sus tiempos de estudiante. Derrotado por los problemas algebraicos, físicos, químicos y trigonométricos, simplemente ajustaba los pasos para que —sin importar lógica, coherencia o exactitud del proceso­— la solución coincidiera con la planteada en el libro. (Y a rezar para que el profesor no mirara el proceso, solo los resultados).

El corte preciso y quirúrgico del bisturí requerido en los casos mencionados se cambiaba por el golpe seco, destructor y chambón del machete. Dicho de otra forma, esto lo solucionamos, así sea a machetazos.

Ahí es cuando llamamos a Charles, el de la Ley de Charles. El de e… de “E´Charles machete”.