miércoles, 29 de octubre de 2025

Crónica de un encuestador fracasado (1980)


Por cuenta de una feria de arte en las calles bogotanas, el autor de las Amilcaradas fue interceptado por dos jóvenes, estudiantes, él y ella, quienes le hicieron par preguntas acerca del tema. Luego de responder alguna barbaridad,  el sujeto evocó la poco exitosa experiencia que tuvo en su lejana juventud cuando le asignaron un ejercicio similar con fines académicos. Abajo, la crónica escrita en su momento.

Esto de ser estudiante de periodismo es algo de locos. Nos metemos a una carrera que no es rentable, donde nos presionan constantemente y fuera de eso nos toca salir a hacer el ridículo. Pero vamos por partes. Mi profesora de redacción es una mujer muy simpática a la que le fascina ponerlo a sufrir a uno. Por ejemplo, cuando le dio por enviarnos a hacer una encuesta. El día era maravilloso. El Sol brillaba y los buses pitaban (en Bogotá los pájaros no cantan). 

Acabábamos de llegar cuando mi maestra (con una curiosa sonrisa) nos ordenó dividirnos por equipos “Busquen un tema de actualidad, preparen una encuesta y aplíquensela a 20 personas”. Deseosos de lograr la máxima originalidad posible escogimos el tema de las elecciones. Hasta ese momento todo iba bien. Lo único fue que (tal vez por telepatía) todos los demás tuvieron la misma idea. Íbamos a poner una demanda por plagio cuando descubrimos el pequeño detalle: cinco grupos habían tenido la idea antes que nosotros. 

Frente a los hechos, nos quedaban dos posibilidades: cambiar el tema o buscar un enfoque original. La cara de apúrenle o se rajan de mi profesora nos hizo optar por la segunda. De manera que pensamos “bueno, no les preguntemos por quién sino por qué”. Mi maestra se nos acercó, escuchó, (siempre con esa sonrisa) y nos dijo “muy bien, público femenino, 20 por cabeza”. En ese momento yo me sentía digno de reemplazar al jefe del DANE. Salí y con tono grandilocuente y casi que despectivo le dije a mis compañeros: “Bueno, de aquí en adelante cada uno verá cómo se defiende”.

El primer sitio adonde entré fue a una agencia de servicio doméstico (*). Cuando asomé vi un grupo de mujeres sentadas con cara de yo no contesto encuestas, pero aun así opté por la más cercana. Era una señora de muchos años y no pocos kilos la cual reaccionó con sorpresa cuando hice la consabida introducción:

“Soy estudiante etc, etc, etc.., ¿podría contestarme unas preguntas?” “Yo no me meto en eso”, respondió, y me miró de tal manera que consideré prudente retirarme. Como la originalidad siempre ha sido mi obsesión, traté de meterme por calles donde no hubiera más encuestadores. Calles donde, por cierto, tampoco había gente. Opté por entrar a los almacenes y en el primero una niña muy simpática manifestó tanto su disposición como su imposibilidad de atenderme.

Al fin abordé a dos señoras, las cuales escucharon y respondieron muy bien. Animado por estos nuevos ánimos me sentí futuro ganador de premios de periodismo y me dirigí sonriente hacia una dama de pelo rubio. Ni siquiera pude saludarla, porque salió corriendo al verme.

Deduje que debía alejarme de ese lugar, ya que al parecer había exceso de encuestadores y encaminé mis pasos hacia otra calle. Encontré dos tipos de mujeres: quienes no tenían tiempo y quienes me vieron cara de hampón. Comencé a pensar seriamente en estudiar agronomía cuando vi venir par damas de aspecto muy educado. Y era verdad. Muy educadamente respondieron que estaban de afán. En ese momento mi cara asemejaba la de un esqueleto con dientes, debido a su gran alegría. Entonces decidí declararme derrotado y volver (con 3 encuestas) a enfrentar la triste realidad.

Yo pensaba que mis compañeros estaban en las mismas, pero pronto noté que por lo menos en eso iba a ser original. Cuando después de pensarlo 247 veces entre al salón y narré mi experiencia vi una conocida sonrisa retratada en la cara de mi maestra y, por primera vez, la entendí.

Traductor intergeneracional

(*)  En aquellos tiempos, las agencias de empleo especializadas en servicio doméstico funcionaban en vivo y en directo. Las aspirantes llegaban  a una casa u oficina y se sentaban a esperar. Las amas de casa y futuras patronas también iban al mismo sitio, escogían de acuerdo con sus intereses particulares, supongo que pagaban alguna tarifa y salían con la nueva empleada para la casa.


miércoles, 22 de octubre de 2025

El misterio de los recovecos inalcanzables

Nadie recordaba haberlo visto antes. Era un objeto pequeño, redondo, desarmable y con partes móviles. Ni papá ni mamá Rodríguez, ni sus hijos e hijas sabían qué era o para qué servía. El conductor del camión y los ayudantes del trasteo tampoco pudieron aportar información sobre la naturaleza y finalidad del artefacto. 

La familia Rodríguez conoció mejores tiempos. Sin entrar en detalles, una serie de malos negocios comprometió su patrimonio. Tanto, que debieron cambiar su casa por un apartamento moderno, o sea, de espacio mínimo.  Vender, ceder o almacenar en otro lugar la mayor parte del mobiliario parecía inevitable. 

Los Rodríguez tal vez no sean buenos negociantes, pero recursivos sí son. Asumieron el reto de explotar al máximo el área disponible. Cero desperdicio. Casi todo el menaje doméstico fue apretado, apiñado y apilado en cada punto, rincón o recoveco de la vivienda. Los “ados” más importantes fueron dos: acomodado y utilizado. Encajaron de techo a piso, como jugando tetris, sillas, mesas, camas, estanterías, armarios, electrodomésticos y demás. Dejaron apenas el espacio necesario para circular (muchas veces de lado). Aunque hubo que salir de unos cuantos objetos,  el porcentaje “salvado” superó los cálculos más pesimistas.

Después vino el ajuste de las rutinas. Caminar de izquierda a derecha y viceversa. Asegurarse de que dos personas jamás compitieran por el mismo espacio (o que por lo menos una de ellas estuviera sentada o recostada). Entrenar cuerpo y cerebro con el fin de salir automáticamente de determinados sitios cuando otro entrara. Programar horarios y actividades para minimizar las coincidencias de tiempo y lugar.

La cosa funcionó bastante bien hasta que a la hija menor se le cayó un esfero. El artefacto rebotó varias veces y fue a dar debajo de ese mueble con cajones sobre el cual había una estantería donde se guardaban implementos de cocina. El conjunto se apoyaba en una poltrona que a la vez se sostenía contra la pared.

La niña intentó agacharse a recoger su esfero. El espacio libre apenas alcanzaba para que circulara una persona de pie. Puso la silla del comedor encima de la mesa y así logró  llegar al piso… a perder el tiempo. En efecto, si bien su brazo era delgado, no cupo debajo del mueble.  Tampoco cupo un palo de escoba, un viejo plumero, un paraguas, un bastón y demás artefactos aportados por el resto de la familia que se sumó a la búsqueda. Sí cupo un pedazo de cartulina doblado, pero no sirvió de nada. Mover los muebles era imposible. Tarde en la noche se dieron por vencidos. La niña hizo su tarea con otro esfero y al otro día sacó mala nota.

El utensilio para escribir fue solo el comienzo. Historias similares pasaron con cucharas, cepillos de dientes, peinillas, afeitadoras, pinzas, joyas (de fantasía y de las otras), llaves, puntillas, pastillas, monedas y muchas cosas más con tres elementos comunes: pequeñas, resistentes a los golpes y con la disposición a rebotar. Caían al piso, iban a dar a algún recoveco inalcanzable y desaparecían del inventario familiar.

Un día hubo recursos suficientes para trastearse a un espacio más amplio. Mientras desbarataban el rompecabezas de bienes muebles los objetos perdidos resurgieron. Algunos (previa limpieza de una enorme capa de polvo) aún servían. Otros ya eran basura como restos de comida momificados o petrificados. 

Cierto grupo jamás regresó. Alguien recordaba claramente haberlos perdido pero, aunque los buscaron con lupa, nunca reaparecieron. En cambio, encontraron elementos (no muchos) que nadie en la familia reconoció haber tenido, utilizado o perdido. Todos juraron nunca haber visto ese arete, ese circuito integrado, esa moneda de país extraño o esa cosita redonda y desarmable con partes móviles de uso desconocido. 

En el anecdotario familiar, la historia quedó como el misterio de los recovecos inalcanzables.