miércoles, 12 de noviembre de 2025

La polémica del ecologista tardío

Las camisetas de Arturo, el pensionado, reflejan el paso de los años gracias a su sistema de ventilación. Desde pequeñas perforaciones hasta tremendas troneras repartidas estratégicamente del cuello para abajo. Adicionalmente, acusan curiosas combinaciones cromáticas derivadas de la influencias de los elementos. El otrora blanco está en algún punto entre gris y caqui, los que fueran colores vivos parecen capando cementerio y los estampados se han convertido en imágenes borrosas, recortadas e indescifrables. 

El deterioro de las prendas obedece al tiempo transcurrido desde la última adquisición. Se cuenta en años, nadie sabe con exactitud cuantos. Con el resto del guardarropa ocurre algo similar. El hombre aplica la moda de los yines gaminosos, es decir desteñidos, deshilachados y rotos. No como resultado de lijas, tijeras. piedra pómez o procesos industriales, sino del paso inexorable de años de uso, abuso y lavada.

Otros pantalones son plataformas creativas para remiendos y parches de todos los colores, formas y tamaños. Lo mismo pasa con suéteres, chaquetas, camisas, chalecos y demás prendas de vestir (circulan historias terroríficas no confirmadas sobre la ropa interior). Los zapatos muestran desgaste evidente en la suela (lo evidente es el zipote hueco) y libertad en las costuras. Se entiende por libertad la falta de unión de piezas de cuero u otro material que, teóricamente, deberían estar cosidas o por lo menos pegadas. 

Las particularidades trascienden el guardarropa. Hace rato cambio su sistema de transporte. Ya no se mueve en vehículos emisores de gases contaminantes. Usa una destartalada bicicleta con el mejor sistema de seguridad posible. Ningún ladrón se va a robar esa porquería. 

Arturo solo se baña cuando debe reunirse con otros seres humanos (y a veces ni así, lo que ha reducido radicalmente ese tipo de encuentros). Su casa abunda en recipientes donde se recoge el agua utilizada en ducha, lavado de platos y otros, la cual es utilizada para descargar el sanitario.  Hace tanto que no baja la cisterna que se rumora la existencia de un ecosistema en el tanque. 

Al estilo de las madres de otras generaciones, reutiliza hasta su desintegración todo lo que puede reutilizar. Cual abuelo con taller almacena concienzudamente objetos metálicas en desuso (oxidados y de las otros), así como cualquier pieza cambiada en procesos de reparación o reemplazo del menaje doméstico y de la infraestructura residencial. Incluye tornillos, tuercas, clavos, empaques, roscas, resortes, grapas, pedazos de tubo, perillas, cables de diversos calibres y materiales. 

También guarda, hasta el último cuncho, cualquier producto no alimenticio en su empaque original. La lista abarca pegantes, aceites, cemento, jabón, alcohol, desinfectantes. Cuando finalmente desaparece la última gota, el respectivo recipiente pasa a engrosar una interminable colección de envases vacíos.

Arturo tiene justificaciones tajantes para su particular forma de asumir las conductas descritas y otras. “Eso todavía sirve” o “Eso algún día sirve” o “Eso no hay que botarlo todavía”.

Hace años, algunos conocidos recuerdan que el hombre entró en la onda ambiental, con un discurso de mochilas ecológicas, huellas de carbono y reciclaje. Pero esos mismos conocidos saben que cuando necesitan un préstamo Arturo NO es el tipo, que a la hora de pedir la cuota (de lo que sea) es duro para soltar su aporte y que siempre está ocupado cuando lo convocan a actividades que demandan algún tipo de copago.

A estas alturas, lo que nadie sabe es si el hombre es un ecologista coherente que en la última etapa de su vida modificó sus hábitos en beneficio del planeta ...o un viejo tacaño. 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Esquivando bichos y demás fauna

Arriba, de izquierda a derecha: Columbia livia, Turdus
fuscaster 
y Zenaida auriculata. Abajo: Canis lupus
familiaris, Bos taurus y Felis catus.

El hombre pedalea por alguna ciclorruta rodeada de pasto cuando aparece el primer bicho. Es un cucarrón volador, pequeño, color café claro. En segundos, los escarabajos se multiplican y durante algunos metros una nube de insectos se atraviesa en el camino. La colisión con algunos es inevitable. 

El Ciclonauta toma la única medida de seguridad posible, cierra la boca. Ya se ha encontrado antes con Clavipalpus ursinus. Ese insecto que durante ciertas temporadas se materializa en patota por las zonas verdes de la ciudad. Invasor anacrónico de la vía en octubre. Anacrónico porque le dicen cucarrón de mayo. Debe ser por el cambio climático, supone. 

No son los únicos representantes de la fauna local en plan de ocupar vías destinadas a biciusuarios (y, por cuenta de ley reciente, a ciclomotores y patinetas). Es bastante común encontrarse con Zenaida auriculata, Columbia livia y, ocasionalmente,Turdus fuscaster

A Zenaida la conocen mejor como torcaza o abuelita. Se ven como palomas cuando eran chiquitas con un característico color marrón. Pequeñas y ágiles, reaccionan rápido y despejan la vía, bien sea emprendiendo vuelo o pasándose a zona segura. Comportamiento similar es el de de Turdus o mirla patinaranja, más grande que la paloma. La paloma, por cierto, es otro cuento. La que los científicos llaman Columbia livia. Viene la bicicleta, no le importa. El Ciclonauta grita, no le importa. Se mueven con pasos torpes, sin dirección fija. Solo cuando el atropellamiento es inminente, se corren perezosamente para un lado (a veces).

Ellas lo tienen claro, el problema es del de la bicicleta.

Su comportamiento emula a otro invasor, prácticamente exclusivo de zonas rurales o semirrurales. La Bos taurus. No es solo con los ciclistas, sino con cualquier cosa que se mueva (desde patineta hasta tractomula) o ser viviente. Ella no se quita hasta cuando le da la gana. La diferencia es que una cosa es la media tonelada de carne, piel y huesos de la vaca, frente al frágil y ligero cuerpo cubierto de plumas de la paloma.

De vuelta a los entornos urbanos, el Ciclonauta vive encuentros recurrentes con el Canis lupus familiaris. Bien sea por su condición de callejero, o porque el humano encargado de cuidarlo ignora que ese cuidado incluye alejar al perro de calzadas, carreteras, ciclorrutas y similares, más de una vez se le han atravesado cuatro patas con cola batiente. Por suerte, lo que le falta de inteligencia al humano le sobra en reflejos y alerta al canino. Solo es cuestión de gritar o pitar para que se quite de en medio. De hecho, a veces ni siquiera hay que avisar.

Otros mamíferos urbanos, Rattus rattus y Felis catus, poco se ven en las ciclorrutas. Tanto ratas como gatos pasan a toda velocidad, las primeras en busca de algún recoveco oscuro donde ocultarse; y los segundos en busca de las primeras, de algún ave con mala suerte (con la que desahogarán sus instintos de cazador), o del humano que tienen y que los mantiene. Aquí el Ciclonauta es el encargado de los reflejos, necesarios para frenar, esquivar o cualquier otra reacción de emergencia.

La especie con la que es más complicado lidiar en la vía exclusiva para bicicletas (y similares) es una cuya capacidad de reacción da vergüenza. No escucha gritos, pitidos, advertencias amistosas o palabras neutrales. Y si oye,  muchas veces no le importa. En vez de despejar o, por lo menos, abrir paso, tiende a ignorar las advertencias o responder con sonidos que van desde la indolencia hasta la amenaza. 

Su nombre científico es homo sapiens.