miércoles, 2 de abril de 2008

Basura a prueba de canecas

La basura del pasado era eso: basura. Sucia, maloliente, asquerosa, desechable. Pero gracias a los diseñadores, parte de lo que se debe desechar porque no sirve se volvió simpático, estético, tierno y agradable. Ya hasta da remordimiento botar algunas cosas a la caneca porque... ¿y cómo voy a botar eso tan bonito?
Si no, miremos los empaques. Su uso debía ser sencillo. Sirven para guardar algo, y después van a la basura. O al reciclaje, que es una forma ecológica de disponer de los desechos.
Pues no. Ejemplo: los CD. Los que no traen música traen información o programas de computador. Y muchos se usan y después deben desecharse. Pero es que son tan redonditos. Y tan brillantes. Y tan coloreados. Así que el respectivo usuario ensaya portavasos gigantes, llaveros descomunales y adornos para árbol de Navidad hasta que descubre que si tuvo plata para comprar un computador y un equipo de sonido, la tiene para comprar portavasos, llaveros, y adornos. Pero da un remordimiento botar esos discos.
El síndrome de la basura bonita no es exclusivo de los empaques electrónicos. De hecho, se le puede atribuir a los frascos de perfume. A esos recipientes exquisitamente tallados diseñados para unas pocas gotas. Cuando eran pequeños se podían guardar. Pero crecieron, y siguieron siendo bonitos. Y gabinetes de baño repletos de frascos vacíos evidencian que cada mañana alguien piensa que debe botar eso pero... es que son tan bonitos.
Ni siquiera el áspero cartón se ha salvado. Ciertas empresas que venden pizza diseñaron unas cajas especiales que sirven, obviamente, para cargar pizzas. Quienes compran pizzas en esas cajas, después de comer miran los empaques y los ven tan bien diseñados, tan firmes, tan herméticos que algo en su interior les dice que algún día servirán. Y de hecho sirven para... llenar garajes, cocinas, e incluso comedores de cartón inútil. Pero bonito.
Dentro de los archivadores compulsivos de empaques existe una categoría antiética por definición. El “chiviador”. Dícese de aquel que guarda recipientes finos para utilizarlos en el mediano, corto o largo plazo con objetos ordinarios. Este traficante de dádivas mantiene en su closet cajas vacías para esferos y chocolates, estuches de joyas forrados en terciopelo, bolsas de almacenes internacionales, frascos lavados de conservas importadas, uno que otro recipiente para perfume fino e incluso botellas de los más exclusivos licores.
Dicho de otra forma, tiene el closet lleno de basura.
Pero de la bonita.

lunes, 31 de marzo de 2008

Ñapa familiar

De entrada hay que aceptarlo. En todas las familias existen bichos raros. Personajes exóticos con comportamientos - en el mejor de los casos - socialmente inaceptables, o - en el peor - bordeando la frontera de la irracionalidad y el Código Penal.
Pero a fuerza de convivir con ellos, el núcleo familiar termina por aceptarlos, acostumbrarse e ignorar sus particularidades. Quienes realmente deben sufrir a los parientes extraños son los que ingresan al clan por la vía política.
Así, en las reuniones, las visitas, a horas inesperadas o en cualquier momento del día el esposo o esposa de turno se ve sorprendido y desconcertado por parientes de su cónyugue, con manías como las siguientes:
- La adolescente dramática que improvisa una sonora escena de despecho con amenaza de suicidio cada vez que la deja un novio.
- El solterón que llega a cualquier hora con una garrafa de aguardiente y ganas de conversar.
- La rezandera que considera que donde hay dos personas o más es obligatorio empezar un rosario.
- Los parientes de origen campesino que reciben todas las visitas a todas las horas con tamales, chocolate, almojábanas y un insistente “pero coma, mijito”.
- El conversador de malas ideas al que todos ignoran.
- El muerto de hambre que llega directo a la nevera y selecciona lo más caro.
- La viuda que se emborracha con dos tragos y se dedica a evocar durante toda la noche a su marido, muerto cuatro décadas atrás.
- El joven con algún tornillo suelto que habla por horas, y horas, y horas, algo que solo él entiende.
- El pequeño malcriado que por cualquier cosa se tira al piso, llora, se revuelca, aúlla y patalea.
- El anciano que en todas las reuniones repite las mismas 17 anécdotas sobre su único viaje a Europa.
- El comerciante que compra al por mayor y regala enormes cantidades de productos perecederos a punto de perecer.
- El caballero de antecedentes penales que periódicamente desaparece y aparece pidiendo - con aire de película de misterio - plata para un pasaje porque tiene que desaparecer por unos días.
- Los parientes prolíficos que andan a todas partes con su camada de ocho hijos.
- La hipocondriaca que se autodeclara en estado terminal cada media hora.
- El fanático político que desvía cualquier conversación a la defensa de su partido.