lunes, 7 de marzo de 2011

El tiempo contra Abel Antonio

Abel Antonio tiene nombre de vallenato, no tiene enemigos y el tiempo lo odia. Los calendarios, relojes y demás instrumentos destinados por el ingenio humano a medir el paso de las horas, los días, los meses y los años conspiran para hacerle la vida miserable.

El concepto puntualidad no existe para él. Llega tarde o llega temprano, pero nunca coincide con la hora prevista.

Y no es falta de voluntad. Es que, reiteramos, Cronos, el padre tiempo, le tiene ojeriza. No importa cuántas veces cambie de reloj, siempre dará con uno empeñado en diferenciarse del resto de sus congéneres. A veces la maquinaria es como esas personas que escogieron andar por la vida a un ritmo lento y pausado, otras se trata de un feroz competidor decidido a ocupar siempre el primer lugar. Pero nunca tiene en su muñeca un aparato que señale la hora correcta.

Y esa es la parte sencilla. Finalmente siempre se puede preguntar la hora. Lo difícil es que el tiempo coincida. ¿Coincida con qué? Con todo lo previsto. Abel le calcula media hora al desayuno y lo despacha en cinco minutos. Toma un transporte público cuya ruta siempre gasta veinte minutos, a excepción de ese día, que por cualquier cadena de razones llega a las dos horas. Asume que demorará la tarde completa en un complejísimo trabajo que termina en 45 minutos, después de, como no, cancelar todas las demás actividades pendientes.

Y en el momento en que la magnitud pasa de minutos y horas a fechas, se pone peor. Cuando cinco personas lo requieren para algo urgente, cuatro solo disponen del mismo día en la mañana, y viven en los 4 extremos de la ciudad. El quinto, el que puede por la tarde, lo llamará a primera hora a anticiparle la cita. Y solo en ese momento él recordará que las otras cuatro citas no son el próximo viernes, sino ese viernes.

Cuando deja para el martes algo previsto para el lunes, se le anticipa todo lo del miércoles. Hace una reserva para viajar en Semana Santa y cuando ya pagó, se da cuenta que estaba mirando el calendario del año pasado. Siempre que escoge un lunes al azar para algo relacionado con trabajo, resulta ser el único festivo del mes.

Es verdad que alcanza sus metas, pero cuando ya no se usa. Llega al banco 5 segundos después de que el implacable celador conjugó el verbo cerrar. Aparece en la cita médica justo cuando el doctor, que lleva un retraso de media hora en su jornada del día, llamó al paciente siguiente. Entra al teatro tarde cinco minutos, y no ve esos 300 segundos claves para entender la película. Solo alcanza puntualmente aviones y buses cuando estos sufrirán retrasos de horas asntes de despegar

Cómo puede sobrevivir un personaje así… Ni él mismo lo sabe. Hay algo. Es bueno en lo que hace. Incumplido pero bueno. Y poco a poco ha aprendido a pensar y actuar a largo plazo para poder sobrevivir en el corto. O algo así. Lo cierto es que todos los vacíos de su existencia se han ido llenando. Bueno, casi todos.

Porque en una primera versión ante autoridad eclesiástica, y en una segunda ante notario público, las fuerzas del tiempo conspiraron. La boda estaba programada con la debida anticipación, la fecha verificada y el viaje de negocios que coincidió daba margen... pero por allá en el otro extremo del mundo alguien que debía actualizar un antivirus lo deja para el otro día. Justo esa noche algo se filtra y se cae el sistema. Comienza una reacción en cadena que atrasa uno tras otro vuelos en todo el mundo. Al aeropuerto donde está Abel Antonio, un ejecutivo llega en avioneta contratada para enfrentar la emergencia. Esta no había sido sometida a su mantenimiento semestral y tiene una falla al tomar la pista. No hay heridos, pero sí una pista bloqueada. No hay transporte aéreo. Toca por tierra.

Resultado: a la iglesia no se pudo llegar a tiempo. Entonces se pidió cita en Notaría. Adivinen quien llegó tarde —la novia. Tarde es 45 minutos justo el día en que el Notario tenía más turnos y la obligación de cerrar a la hora en punto para atender una cita programada a las boda + 20 minutos p.m.

Ella, la novia, se sintió mal, muy mal. Y optó por alejarse a rumiar su culpabilidad. Ella, hay que decirlo, no era particularmente brillante, ni especialmente bella. Pero era la mujer de su vida. Abel la buscó sin éxito. Pero ella se negaba a ponerle la cara. Consideraba su comportamiento el día de la frustrada ceremonia nupcial algo inexcusable.

Por eso no contestaba llamadas, correos ni cualquier otro tipo de mensaje. Pero un día, Abel la vio en la distancia. Se le acercó de forma que fuera imposible ignorarlo. Y con el ánimo de no ofuscarla, optó por un abordaje casual.

“Hola”, dijo él. Dubitativo.

“Hola”, dijo ella. Tímidamente.

Nada, ninguno dijo nada hasta que él optó por tratar de limitar la cosa por el lado de su viejo rival, el tiempo. “Tranquila, solo te pido que me regales un minuto”.

Ella lo miró extrañado

Él insistió “¿Tienes un minuto?”

Ella respondió en tono sorprendido “¡Nooo! Claro que no”. Luego salió corriendo enjugando lágrimas mientras Abel no sabía que hacer

Tampoco sabía dos cosas.

Que años de planes con diferentes operadores celulares, de compras a vendedores callejeros y de intercambio de favores con amigos y parientes habían puesto en el subconsciente de ella que cuando alguien pedía un minuto, se refería a tiempo... de celular.

Y que a ella el plan del mes ya se le había vencido.

lunes, 21 de febrero de 2011

Pantallazos improductivos

Ojos fijos en la pantalla. El movimiento de las pupilas revela interés. El rostro se ve serio, algo tenso. De vez en cuando una ceja se arquea en señal de preocupación. Es posible que golpee furiosamente el teclado, o que mueva el mouse sin quitar la vista del monitor. Periódicamente mira una libreta de notas, una hoja suelta y hace alguna anotación.
 
Los que pasan frente a él –o ella- solo ven la cabeza que sobresale detrás del monitor. Y el cabello, desordenado. Resultado lógico porque a veces pasa la mano por la testa de manera inconsciente, como señal de trascendencia. Tras ella -¿él?- hay pared, a veces ventana. Su concentración solo se ve interrumpida por el teléfono, el celular, el blackberry, el avantel. Sea cual sea tiene que sonar dos o tres veces para llamar su atención, y cuatro o cinco para merecer contestación.

Los conocemos. Claro que sí. Los hemos visto. No importa su profesión. No importa si manejan un portátil de esos que casi cabe en un bolsillo, un aparatoso equipo de escritorio con su maraña de cables, o un práctico mac de última generación. No sabemos qué hace, pero es claro que está ocupado. Es el trabajador productivo del siglo XXXI. El que integra cerebro y máquina. El sistema nervioso unido al chip para generar respuestas a las necesidades empresariales…

O el vago que se aprovecha de la tecnología para parecer ocupado.

Porque se la concedo. Aunque la tecnología es un asco. Aunque nos complica la vida. Aunque cada vez que creemos haberla dominado se inventan una versión más compleja. Aunque convirtió el trabajo en una maldición portátil tiene una ventaja incuestionable. Permite, como nunca en la historia, ese estado ideal para el empleado y satisfactorio para el jefe. Parecer ocupado trabajando.

Parecer ocupado trabajando. Maravillosa trilogía. Veamos. Si decimos parecer, puede ser o no ser, pero a primera vista el observador desprevenido dice: ese está haciendo algo. Y sabemos que el jefe nunca le dedica a uno más de una vista a menos que le vaya a poner más trabajo o lo vaya a regañar. Pero si uno se ve ocupado, tal vez el jefe le ponga el trabajo a otro. Más cuando la ocupación aparente tiene suficientes características para ser considerada trabajo.

Y ahí es cuando entra en juego la tecnología. Ubíquese detrás de una pantalla de computador. Qué ve al otro lado. Un hombre o mujer teclean furiosamente, mueven el mouse y ponen cara de circunstancia frente a la pantalla. Se colocan el índice derecho bajo la nariz e inclinan ligeramente el hombro ídem mientras apoyan el codo en el descansa brazos. De vez en cuando, miran un cuaderno o una hoja suelta sobre el escritorio.

En esa pantalla puede haber cualquier cosa. Una foto de la familia, un video musical, alguna animación, una red social, un trino, un correo con chismes. nada... Gracias a todo ese cuento de la multimedia y la teleconferencia incluso es admisible –y a veces obligatorio- portar una diadema con micrófono y audífonos.

Así, detrás de la parodia laboral es altamente probable la presencia de una actividad tan gratificante a nivel personal como improductiva para propósitos corporativos.

El jefe de turno de repente cree que a punta de arquitectura se soluciona el problema, De hecho, en el planeta de los cubículos la intimidad laboral escasea. Las pantallas están a la vista de todos. Problema solucionado.

¿Problema solucionado? No. La tecnología, bendita sea, ofrece todas las opciones improductivas para llenar el monitor. Una página de Excel en la que vean filas y columnas de cualquier cosa. Unos gráficos. Incluso el mismo correo electrónico. O un texto con letra lo suficientemente pequeña para que el lector de paso no alcance a captar su contenido.

Y si el empleado de turno tiene suficientes reflejos, solo se trata de rotar ventanas. Viene el jefe, paso a excel, se va el jefe, paso a youtube, messenger, juegos gratis. O al último power point de chistes verdes, reflexiones espirituales, recomendaciones saludables, paisajes espectaculares, fotos turísticas, fotos prohibidas y esa interminable lista de etcéteras que conforman las cadenas de correo.

Nos tocó un mundo donde el trabajo persigue al hombre –y a la mujer– a través de una inacabable colección de dispositivos. Donde gracias a celulares aislarse es una utopía, y gracias a portátiles y blacberrys las tareas viajan por el ciberespacio. Donde el derecho a alegar desconocimiento se perdió porque siempre te habrán mandado un correo electrónico. Pero aún así, siempre existen opciones.

La improductividad tiene sus pantallazos.